Día: 4 noviembre, 2013

El cuarto de los horrores

Alguno se creerá que el trabajo de cuidadora de niño es fácil y no necesita preparación especial, más bien que cuando uno no sabe qué hacer se dedica a eso pero que, vamos, que cuidar un niño lo puede hacer cualquiera. Os digo yo que no y os lo digo desde mi más reciente experiencia. Os la narro (del verbo narrar): resulta que como el Jacobín está con un virus, su madre decidió que no fuéramos al parque y nos quedáramos en casa. Qué bien, pensé yo, una mañana sin empujar la sillita arriba y abajo, una mañana tranquila intramuros de este hogar a todo lujo. Qué ilusos somos a veces los seres humanos.

Me dijo su madre: mira Evi (que así me llamo aunque no os lo hubiera dicho hasta ahora) te vas a quedar con el niño en el cuarto de juegos, hacéis actividades tranquilas hasta que yo vuelva y luego ya te pones con la casa. Traducido: métete en este cuarto lleno de trastos con el niño malo y por lo tanto más pesado de lo habitual y no salgas de ahí, que yo me piro. Las palabras de la Patricia siempre hay que traducirlas, casi nunca son lo que a primera vista parecen.

De todas formas no me arredré (del verbo arredrarse), yo no me asusto fácilmente y los niños no me dan miedo (o no me daban). Entré con el Jacobín lleno de mocos y nos sentamos en una alfombra que representa un circuito automovilístico ideada para que los niños arrastren por ahí sus cochecitos, con su gasolinera y todo. Primero opté por cantarle unas canciones con mucha mímica y sonidos onomatopéyicos, es una técnica que no me suele fallar pero el Jacobín no estaba para coros y danzas y se puso a llorar. Bueno, bueno, no te preocupes que dejo ya de cantar en la granja los animales y las espinacas se machacan, no te pongas así. Vamos a sacar los juguetes de este cesto y los empecé a sacar en orden y despacio con la intención de que fuera jugando poco a poco para no agotar posibilidades. Esa era mi intención pero la suya no. El niñito volcó todo el contenido del cesto sobre el suelo y luego se puso a remover los juguetes con la mano y a lanzarlos contra las paredes. Cuando hubo terminado con ese cesto, pasó al siguiente y al siguiente y como tiene tantas posesiones materiales no terminaba nunca de tirar y tirar.

Tenía un claro ataque de caos y destrucción. Claro que intenté poner orden, claro que traté de encauzar sus instintos y hacer esas actividades tranquilas de las que me había hablado su madre pero él no se dejaba y no estuvo contento hasta que no estuvieron absolutamente todos los juguetes esparcidos por el suelo. No nos podíamos ni mover. Como es lógico, al ver la que había armado volvió a llorar y llorar y venga a echar mocos y a toser al mismo tiempo propagando el virus por doquier.

¿Y ahora qué hago?, me indagué a mí misma. Leerle un cuento, cómo no se me habría ocurrido desde el principio. De siempre he tenido yo esa imagen tan bonita de leerle un cuento a un niño y por fin iba a a verla realizada, o eso me creía. Avancé con cuidado hasta la estantería pisando coches, camiones, pelotas de todos los tamaños, peluches, muñequitos, barcos piratas, tacos de madera, dinosaurios y otros animales ya extinguidos o en vías de extinción hasta por fin alcanzar un cuento que me pareció a mí la mar de bonito. Trataba de un topo que se iba a dormir pero no encontraba su cama y tenía que probar la de otros animales. Empecé a contarle la historia al Jacobín mientras le pasaba lentamente las páginas y le iba señalando los diferentes protagonistas pero todo su afán era pasar las páginas a toda leche para llegar al final del cuento y, una vez llegado, tirarlo al suelo con rabia aumentando el desastre que ya era ese cuarto. Probé con otras temáticas y nada, lo mismo, pasar páginas a gran velocidad y tirar al suelo el cuento, ese era su único objetivo. Cuando logró vaciar la estantería volvieron las llantinas y los arrebatos y esta vez acompañados de patadas, puñetazos y mordiscos. Ay señor qué desesperación me estaba entrando. Lo cogí en brazos y lo acuné, seguía llorando y rabiando, lo acuné más fuerte, seguía llorando y mordiendo, le puse un chupete  en la boca que encontré tirado junto a los juguetes, aunque una de las prohibiciones de su madre es que no lo use de día y, de repente, cerró los ojos bruscamente y se quedó dormido al instante. Con el pie moví unos cuantos trastos para hacer sitio en el suelo y me senté con el niño en brazos. No me atrevía ni a moverme. Qué cansada estaba, como si me hubieran dado una paliza (me la habían dado). Debí de quedarme dormida yo también porque me despertaron los gritos de la Patricia.

Pero qué es esto, decía con voz de alarma, qué hace todo tirado, qué desastre y qué hacéis los dos dormidos en el suelo y el niño con el chupete, que te tengo dicho que no lo use de día y además ese es un chupete roñoso que está sin esterilizar, y destapado, malo como está. Nunca he visto nada igual, de verdad. Estoy alucinando en colores. Mira, Evi, no te voy a echar porque Jacobo te ha cogido cariño pero lo que me acabo de encontrar es motivo más que suficiente para que te quedes sin trabajo. Te voy a dar otra oportunidad pero que sepas que no te voy a pasar ni una más.

Intenté explicarle lo que había ocurrido pero la mujer no atendía a razones. Lo que he visto ni es ético ni es profesional, me soltó. Y no quiero oir ninguna excusa más. Tal cual os lo cuento. Para que luego algunos digan que cuidar de un niño lo puede hacer cualquiera. Cualquiera con una vena masoquista, añado yo.

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