Día: 17 noviembre, 2013

Cada cosa en su lugar

Por fin escribo sobre una mesa normal y corriente, sin aguas que circulen por debajo arrastrando detritus. Se debe, claro está, a que el Toni ha vuelto al trabajo. Le ha dicho su médica de familia que le va a venir bien estar activo, distraerse y salir de casa, que no es bueno que un hombre joven esté todo el día encerrado dándole vueltas a sus problemas. Cómo se ha puesto, que si esa doctora era medio lela y no tenía ni idea de nada, que si menuda incompetente, que si él lo que necesitaba era retirarse a un monte, en soledad, y vivir como un salvaje y a lo mejor hasta escribir un libro narrando sus experiencias. Pues lo siento, Toni, le advertí, pero ese libro ya está escrito que se le ocurrió a un tal Thoreau, que ese libro me lo he leído yo por prescripción escolar y era bastante aburrido, desde mi personal e intransferible punto de vista. Que si me creo miembro de la Real Academia de la Lengua o algo parecido, se pone. Qué hombre más intratable.

Me da lo mismo, el caso es que ya está de vuelta en el bar y el libro de la Patricia de vuelta en la estantería. He aprovechado que le tocaba sesión de rugimiento y aullamiento, es decir, meditación, y cuando estaban todas encerradas en ese cuarto en el que se meten con los ojos entrecerraos que da pena de verlas, he ido sigilosamente a colocarlo en su lugar. Qué alivio más grande he sentido, casi igual que cuando  he vuelto a casa y el sofá no estaba ocupado por mi querido oso-amoroso. Para celebrarlo me he tumbado todo lo ancha que soy (bastante) sobre su mullida superficie y he practicado con suma concentración el asana de la siesta que,si no existe,algún yogui debería inventarla por el gran bien que produciría en toda la humanidad.