El husband

Pues sí, el marido de la Patricia existe. Ese que sonríe tan moreno y deportista desde las fotos de la estantería no venía con el marco, como ya empezaba yo a sospechar. La imagen corresponde a su marido verdadero y se ha hecho carne. Vamos, que está en casa, en la suya me refiero, a causa de una lesión de rodilla. Y ahí que me lo he encontrado esta mañana arrepollinado en su sofá de gama alta, con su apolínea pierna extendida sobre mullidos almohadones y todo rodeado de aparatejos tecnológicos para poder seguir desarrollando su trabajo (que no sé cuál será) sin perder ni un minuto.

No pases por aquí la aspiradora que está mi marido en casa y tiene que trabajar, me advierte la Patricia y, a continuación, me presenta al marido así como sin ganas y él me alarga la mano derecha y me da un apretón que casi me la deja inutilizada para su más primordial función: la de barajar arcanos. Después me concede una sonrisa de lo más apañá. Qué dientes tan relucientes y bien alineados, qué pelo rubio tan suavemente ondulado, qué ojos tan verdes y que cuerpo tan bien formado. Vamos, que de los de la hora punta en el metro no es, el tal Pelayo. Ahora bien, no es mi tipo y el motivo está bien claro: ese hombre es un pelmazo.

Dice la Esme que como todos los maridos, que el sustantivo marido y el adjetivo pesado deberían ir unidos en el diccionario. Que ella no es que tenga mucha experiencia directa en el asunto porque solo ha tenido uno y por muy poco tiempo pero que ha hecho un estudio entre los de sus amigas y enemigas y puede confirmar que prácticamente no hay ninguno que no lo sea. Digamos, concluye, que es inherente a la condición de marido y no entiende de razas ni clases sociales. No sé qué base científica tendrá ese estudio suyo, pero lo que sí os puedo decir es que este ejemplar tan rebonico no va a ser la excepción que confirme la regla. Jesús, qué mañana me ha dado el apuesto varón, venga a llamarme a cada momento para pedirme tontás: que si me puedes traer un vaso de agua con unas gotitas de limón, que si acerques/alejes la mesa, que si ahora me tomaría un café, que si te lleves la taza que puede caerse, que si que venga el niño que le quiero dar un beso, que si se vaya ya que no me deja concentrarme en el informe, que si corre la cortina que me da la luz de pleno pero no tanto que no puedo ver la calle.

Santa María madre de Dios, si me llama otra vez le aderezo la próxima bebida con el salfumán pero, por suerte para mí y para él, la siguiente en ser molestada no he sido yo. Pato, patooo, le oigo que grita como un descosido. ¿Pato?, ¿dónde habrá visto este hombre un pato? pero no se trataba de un ánade sino de su mujer porque entonces la Patri va y contesta desde el cuarto de sus menesteres: ya voy, husband. O sea, que él a ella le ha transformado ese nombre tan bonito que tiene en la irrisión de Pato y ella a él, supongo que por no quedarse atrás, en vez de llamarle Pelayo o marido, va y le llama husband, así, en anglosajón. Qué fino, ¿verdad? y digo yo, ¿un husband será menos pelmazo que un marido? Todos los datos apuntan a que no.

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4 comentarios en “El husband

  1. No me extraña que le llame “husband”. Le viene bien porque parece una raza de perro.
    ¿Qué prefieres el husband siberiano o, tal vez, te decantas más por el husband persa de pelo largo?
    Me tengo que ir. Ya seguiré otro rato. 🙂

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