Día: 23 diciembre, 2013

Así habló el Hipólito

Resulta que además de enseñar a avistar pájaros, el Hipólito (H de aquí en adelante) también asesora y, lo que es mejor, sobre cualquier cosa que le pidas e incluso sobre las que no le pidas. Que te dispones a hacer una tortilla de patata según tu tradicional y atávica receta, pues no es así y ya te dice él cómo (por persona interpuesta), que te duele un pie, para qué vas a ir al médico si ya te diagnostica el H. y te pone el tratamiento, que dudas sobre qué ropa ponerte, pues sale la cabeza parlante del H. de dentro del armario y te indica la vestimenta más adecuada para cada momento y lugar.

Y eso, en lo que toca a los aspectos prácticos de la vida pero es que también te vale para lo más profundo y espiritual. Las angustias vitales, en el caso de que las tengas (no es el mío) te las soluciona él a base de filosofías de curtido taxista y asiduo visitante de los bares. Es como un hombre del Renacimiento, vale para todo. O eso se cree el Toni, a quién tiene abducido porque yo, y aprovecho para confesarlo desde aquí que no me oyen, estoy sintiendo enormes deseos de cometer un hipolicidio.

Por su culpa, el Toni se ha pasado todo el fin de semana tirado en el sofá, con el pijama como segunda piel y leyendo un libro de Henry David Thoreau que le ha prestado el H. Dice ese gran gurú de las barras que hasta que no lo lea no puede ser considerado un ser humano completo y que a qué espera. Y ahí sigue hoy lunes, víspera de Nochebuena, sin moverse, con el Tratado de la desobediencia civil entre sus manos, dando cabezazos de asentimiento y riéndose diabólicamente. Que no piensa hacer otra cosa en todas las vacaciones que leer a Thoreau y que luego tiene que poner en práctica todo lo que este escritor propugna en sus libros que es, según me ha resumido con gran exaltación, salir a los montes y a los bosques y triscar sin rumbo fijo y no hacer caso de nada ni de nadie y desobedecer.

Cuánta soledad se puede llegar a sentir en pareja, me he lamentado yo y, por toda respuesta me contesta que el H. dice que la soledad es muy buena compañera y que el Thoreau, por su parte, opina que no hay compañía más sociable que la propia soledad. Pues que gran consuelo.

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