Día: 10 enero, 2014

Lecciones de aburrimiento

Llevamos varias mañanas de bajón empresarial. No se nos acerca nadie y eso que, como dice la Esme, estamos en temporada alta porque es al inicio del año cuando a la gente le da por preocuparse de sus futuros. Qué tontería, como si el tiempo se pudiera cortar como un salchichón, como si el tiempo no fuera un continuo y la división en años una forma de organización meramente artificial que no sirve más que para…ya me he embrollado, con lo bien que iba. El caso es que , y esto no se lo revelo a mi amiga y socia fundadora, me está sentando muy bien este parón en los emprendimientos y este no hacer nada más que mirar al Jacobín para que no peligre su integridad física, charlar, masticar bocadillos y trasegar refrescos gratis. De vez en cuando, me gusta mucho aburrirme, lo disfruto plenamente. En realidad, mi actividad preferida es ninguna actividad. Qué bien se está sin hacer nada mirando las nubes pasar. La Esme, la pobre, no sabe aburrirse. Toda la santa mañana sin dejar de interrumpir mis bostezos con sus ¿y ahora qué hacemos?, ¿elaboramos una estrategia de negocio?, ¿nos echamos las cartas mutuamente?, ¿practicamos yoga? y todo ello mordiéndose las uñas de la desesperación. Si hasta ha llegado a increpar a los viandantes. Eh, guapa, ¿te adivino el porvenir?, le ha gritado a una chica que pasaba con su perro. Cállate, Esme que pareces la gitana de la rama de romero, ese no es nuestro estilo. Sí, claro, tienes razón, es que me aburro.

Digo yo, a modo de reflexión e íntimo pensamiento que en los colegios, donde tantas materias se imparten , deberían enseñar a aburrirse con dignidad y aprovechamiento. Con lo sano que es pegarse unas buenas sesiones de aburrimientos supremos. Se sale renovado y como con más ganas de vivir y, a veces, que no siempre, brotan de ese tedioso abono, nuevas y refrescantes ideas.