Día: 11 febrero, 2014

Pessoa va al médico

Iba yo en el autobús leyendo un poco de aquí y otro poco de allá del Libro del desasosiego que alguien que sabe me ha dicho que así es como hay que leerlo, a picotazos. Pues iba yo picoteando entre sus páginas y levantando luego la vista para ver la lluvia y la nieve caer cuando, no sé por qué, me ha dado por imaginarme a Pessoa como si viviera en este momento y tampoco sé por qué, me lo he representado en la sala de espera de un centro de salud.

Le he visto ahí sentado, en esas sillas de plástico tan feas con su sombrero entre las manos y la tarjeta de la seguridad social encima del sombrero, esperando entre otros seres dolientes. Hasta que ha salido el médico y ha dicho como medio preguntando ¿Bernardo Soares? y Bernardo/Fernando se ha levantado, el corazón latiéndole muy fuerte porque le ha costado mucho decidirse a ir a  esa consulta y aún está tentado de salir corriendo pero, finalmente, ha entrado y se ha sentado.

A ver, ¿qué le ocurre?, indaga el médico sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador donde, supuestamente, está la ficha de Bernardo/Fernando.

Bueno, contesta él nerviosamente retorciendo el sombrero entre las manos, siento un profundo malestar, un frío de enfermedad repentina en el alma.

Ahí el médico sí le mira porque no son palabras que suela oir en la consulta, y eso que oye muchas y variadas, se fija en su cara y ve a un hombre de unos treinta años, delgado y encorvado sobre la silla aunque no le pareció encorvado cuando lo vio entrar, va vestido con cierto desaliño no del todo descuidado. Está muy pálido y en su cara se aprecia un aire de sufrimiento pero no sabe definir qué clase de sufrimiento. Al fin y al cabo solo es un médico. Vuelve la vista a la pantalla en busca de datos a los que agarrarse y comprueba que el hombre fuma y tiene elevadas las transaminasas.

-¿Se encuentra cansado?

-Todo me cansa, revela Bernardo, incluso lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.

Le voy a mandar una analítica completa, dice el médico por decir algo ,¿qué tal duerme?

-Hoy me he despertado muy temprano y enseguida me levanté de la cama bajo el ahogo de un tedio incomprensible. Una naúsea física de la vida entera nació con mi despertar, un horror a tener que vivir se levantó conmigo de la cama, todo me pareció hueco y tuve la impresión de que no hay solución para ningún problema, le larga entre avergonzado y aliviado.

-No se crea que esto es infrecuente, lo consuela el médico, de depresiones y ansiedades tengo la consulta llena, de hecho le derivaría a psiquiatría pero tenemos mucha lista de espera y tardarían mucho en darle cita. Le voy a mandar unas pastillas, son derivados del Prozac, apenas tienen efectos secundarios pero tardan como unos quince días en funcionar. Si nota que le duele el estómago vuelva y probamos con otras. Le hago la receta.

Escitalopram, va leyendo Fernardo/Bernardo camino de su casa en la calle de los Doradores, no me gusta el nombre, no me voy a tomar nada que tenga ese nombre y tira la caja de pastillas en una papelera.

LCreo que has hecho bien, si te quitan los desasosiegos vas a perder tu identidad y nosotros la oportunidad de leerte, le digo mirando su retrato en la portada del libro.

Y entonces él me ha dicho a mí: “escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre he estado, solo como siempre estaré. Y pienso si mi voz, aparentemente tan poca cosa, no encarna la sustancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas, sometidas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios”.

Pues claro que sí, las de todos esos que han derivado a psiquiatría y las de otros muchos más, le respondo antes de guardármelo en el bolso  porque ya he llegado a mi parada.

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