Día: 15 febrero, 2014

No sé qué tendrá este patio

Eso dice mi padre colocándose en el centro y observando sus dominios con suma satisfacción.

No sé qué tendrá este patio que a todo el mundo le gusta. Yo nunca he oído decir a nadie que le guste el patio pero él, seguramente, sí.

No sé que tendrá, repite con un poco menos de fuerza.

Pues os lo voy a decir. El patio tiene: un castaño de indias donde viven muchos gorriones. Justo antes del amanecer hay uno que canta dando el aviso de que empieza el día pero los demás se esperan a que haya luz para unírsele y armar mucho lío. A última hora de la tarde también regresan a la copa y montan su rato de jaleo antes de dormir, se pelean por las mejores ramas y se cuentan sus cosas, supongo yo.

Es la hora de los pájaros, anuncia mi padre por si no nos habíamos dado cuenta y se  sienta en su silla verde a mirar el espectáculo.

Además del castaño y sus gorriones, el patio tiene también muebles diversos que perdieron su utilidad inicial y que ahora pasan su jubilación junto a otros enseres fuera de lugar. Sobre la mesa de oficina que sirve para castigar al perro hay dos armarios de cocina rotos, cada uno de un color porque no pertenecieron a la misma cocina, y sobre ellos una lata oxidada con monedas dentro, una maceta de geranios y una imagen de plástico de la Virgen del Pilar. Debajo de la mesa hay una cacerola con la comida del perro, los gorriones se meten con todo el descaro y se la comen sin que él proteste ni se enfade. Está demasiado ocupado vigilando la puerta por la que planea escapar.

En el lado de la derecha está la caseta del perro donde jamás entra  porque no hay sitio, todo el espacio está ocupado por botes de pintura, ladrillos, tejas, bolsas con cemento, leña y palos.

Medio muertas en la otra esquina hay tres bicicletas rotas que ni se tiran ni se arreglan. A veces, como por piedad, mi padre las tapa con un hule azul y entonces sí que parecen cadáveres.

Dos cuerdas para tender hechas con un alambre gordo cruzan el lateral izquierdo, por detrás de ellas se ve uno de los picos del monte, gris y verde.

Muchas mañanas se cuela una urraca que hace callar a los gorriones y atemoriza al perro y luego se pasea toda ufana como la verdadera dueña del lugar. A lo mejor ella también piensa: no sé qué tendrá este patio, no sé qué tendrá.