Día: 10 marzo, 2014

Por neblinosos territorios

Hago exactamente lo que me han dicho: me zambullo sin pensarlo mucho y allá voy pero casi me ahogo. Entre nieblas avanzo, dando bandazos, no veo nada, no sé dónde estoy pero sigo. Con miedo a veces, con desesperación otras, intrigada también, aburrida a ratos.

Sigo adelante tanteando el terreno, un paisaje escondido tras las brumas que no consigo descifrar. De vez en cuando se abre la niebla y veo un árbol, una piedra o una flor. Ah, bueno, no estoy en otro mundo entonces, es el de siempre, escondido, desdibujado, confuso pero éste.

Y así, desbrozando el terreno, a tientas y a ciegas he llegado hasta el capítulo cuatro del hito señero, del Ulises, vamos. No puedo decir, y ya me gustaría, que me haya enterado de mucho. Sí, aparecen unos muchachos, uno se llama Buck Mulligan y se supone que lo que dice tiene gracia aunque a mí me ha caído mal desde el principio. El otro se llama Stephen Dédalus y tengo la sensación de que tiene algún problema aunque no se cúal. Se afeitan, desayunan pan con miel, se hacen bromas, hablan (ellos sabrán de qué). También aparece un profesor que les pregunta cosas y otros compañeros, piensan, hablan más, van a la playa.

Dédalus pega un  moco seco en una roca y con esto y la descripción de un barco de vela que navega silencioso he llegado al final de la primera parte. Ahora ya no me extraña el releído de la Patricia, seguro que la primera vez no se enteró de nada, la mujer.

Pero no me desanimo, sigo y leo el inicio del capítulo cuatro que dice: “El señor Leopold Bloon comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa espesa de menudillos, las mollejas de sabor a nuez, el corazón relleno asado, tajadas de hígado rebozadas con migas de corteza, huevas de bacalo fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que daban a  su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa.”

Aunque este tal señor Bloom come muchas guarrerías y me da un poco de asco, por lo menos y por el momento, se entiende sin sudar, lo que es de agradecer. Y hasta aquí he llegado sin saber qué pensar de ti ni de tu Ulises, James, Joyce.