Día: 26 marzo, 2014

Inmortalidad

Me había yo hecho ilusiones con eso del tea time. Pero nada, ni una galleta María que roer. Era solo una gracieta del don Margarito que, por cierto, muy bien de la memoria no anda. Pasa, pasa, me dice abriendo la puerta y dejando que el tufo  a polvo rancio se extienda por el descansillo. Tienes todo preparado en el cuarto de baño grande.

¿Tengo que bañar a su señora madre?, le pregunto por si acaso.

No, hija, limítate a la cabeza porque…eres la peluquera, ¿verdad?

No, soy Eva, la que vino ayer por lo del trabajo.

Ah, cae él fustigándose la frente, la dama de compañía, claro.

Ay, madre, qué risa me estaba entrando, yo dama de compañía, cuando se lo diga al Toni que ya lo de empleada doméstica le parece demasiado fino para mí…Mejor no se lo digo para que no me quite las ilusiones. Ya está decidido: por las mañanas soy institutriz y por las tardes dama de compañía.

De nuevo me conduce galantemente hasta el fondo de la casa. Madre, aquí está la dama de compañía, aprovecho para salir a estirar las piernas. Aquí tienes tu Kempis, se lo dejo a ella para que te lo lea.

¿Es una risa lo que me ha parecido que brotaba de los ajados labios de la Margarita?

Nos quedamos solas y no sé qué hacer porque la vieja-niña ha cerrado los ojos. De repente, de un reloj colgado en la pared sale un pajarito y canta. Detrás del pajarito aparece una pareja de tiroleses bailando una cancioncilla. Doña Margarita abre los ojos sobresaltada, levanta el bastón y apunta a los muñequitos musicales como si les disparara. Asquerosos, dice luego, qué harta estoy de esos dos. Me recuerdan a mí misma, día tras día, día tras día, tras día y tras día.

¿Quiere que le lea algo de este libro que me ha dejado su hijo?, le sugiero para distraerla.

No, me lo sé de memoria y además ese libro habla mucho de la muerte, cuestión que a mí, por desgracia, no me incumbe.

¿Ah, no?, le pregunto muy sorprendida porque yo la veo bastante al borde de la tumba.

No, preciosa, no. Que más quisiera, he visto morirse a los de la generación anterior a la mía, a los de mi propia generación y ahora a los de la generación siguiente. A mí me han saltado no sé por qué. Creo que soy inmortal, vamos, que estoy convencida.

Pues qué suerte tiene usted, doña Marga.

De suerte nada, es una situación muy incómoda que no le deseo a nadie, manifiesta tocándose la larga trenza blanca.

Tú en la época de Rubens hubieras triunfado mucho, me dice a continuación haciendo castañetear la dentadura y mirándome con sorna.

Ya me está llamando gorda otra vez, qué señora más maleducada, me pienso chivar al don Margarito cuando vuelva, si es que se acuerda de por dónde tiene que volver.

No seas nunca inmortal, es muy aburrido, concluye antes de quedarse dormida.

Cu-cú, canta otra vez el pajarito y bailan de nuevo los alegres tiroleses su eterna cantinela.