La pasiones de doña Margarita

Margarita la inmortal dormita en su sillón, Margarito el olvidadizo se pelea con un cuaderno de sudokus, los tiroleses ejecutan su danza cada cuarto de hora, el polvo da vueltas en una franja de sol, los cristales de la lámpara se mecen y entrechocan con un tintineo que invita al sueño. Invita tanto que acepto la invitación y me duermo.

Un bastón se clava en mi muslo y me despierta. Eh, tú, dama de compañía chapucera, despierta, ¿dónde se ha visto que la vieja vele el sueño de la joven?, me reprende la anciana-niña apuntándome con su arma.

Don Margarito arroja con rabia el libro de sudokus sobre la mesa, creo que viene a regañarme él también por haberme dormido o a echarme directamente pero no, sólo dice: este libro está lleno de erratas, me voy a la oficina a resolver unos asuntos.

Qué bien que todavía siga en activo, comento yo observando cómo intenta salir por la puerta del armario.

No va a ninguna oficina, se queda abajo en la portería dando la lata a Jacinto, el portero. Que se aguante que para eso le damos sus buenos billetes todos los meses. Hay cosas que una madre no debería ver nunca, nunca, nunca, dice negando con la cabeza y agitando la trenza de colegiala marchita. Bueno, vamos a distraernos con algo, ¿qué llevas en ese agujero negro? Y con su bastón multiusos señala mi bolso.

Pues llevo mis cosas, algún alimento, libros…

¿No tendrás algo de Henry Miller, alguno de los dos trópicos, por ejemplo? O los escritos de un viejo indecente, de Bukowski, algo que me anime.

No, de esos no, pero tengo el Ulises de Joyce.

Me sorprende usted, queridísima y robusta dama.

Si no me llama gorda no descansa pero me hago la sorda y sigo a mi papel. ¿Quiere que se lo lea?

Nunca he podido con ese libro pero, en fin, peor es el Kempis. Lee.

Y me pongo a leer el Ulises por el capítulo 13 donde dice: ” El atardecer estival había comenzado a envolver el mundo en su misterioso abrazo. Allá lejos, al oeste, se ponía el sol y el último fulgor del, ay, demasiado fugaz día se demoraba amorosamente sobre el sol y la playa, sobre el altivo promontorio del querido y viejo Howth…”

Pues, mira, me interrumpe doña Margarita, ese párrafo es bonito, habla de atardeceres, de las pocas cosas que no me canso yo de contemplar. Tengo verdadera pasión por los ocasos. Me gusta cómo se va deshaciendo el día, sobre todo cuando hay nubes y se forman esos jirones rosas, rojos, morados…el día se  desangra antes de extinguirse, los días saben morirse con gran belleza.

Es usted muy poeta, doña Margarita.

Ojalá pudiera yo morirme igual que los días: limpia y bellamente. Un puro y esplendoroso desangramiento y de ahí a la oscuridad total.

¿Te gusta Rafa Nadal?, me pregunta a continuación sin venir a cuento.

Sí, claro, es un muchacho muy majo.

Yo lo adoro, es un titán, pon la tele a ver si sale. Me da a mí que él también es inmortal, no estaría mal que nos pudiéramos encontrar en un futuro sin la Xisca de por medio. ¿Lo ves factible, querida dama?

Pudiera ser, contesto yo forzada por ese bastón que me apunta sin piedad, ¿estará cargado?

 

 

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4 comentarios en “La pasiones de doña Margarita

      1. Jajaja, no especialmente. Me gusta más doña Margarita. Nadal dudo que sea inmortal, ese ritmo de vida no ayuda nada…

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