Día: 4 abril, 2014

La Brígida

Yo creía que la Brígida había batido el record mundial de sedentarismo pero lei a Proust y encontré al personaje de la tía Leoncia que no salía de su cama y entonces vi que no. Es una de las cosas buenas de la literatura, que te amplía la visión del mundo. De todas formas, la Brígida tiene su mérito y no se lo voy a quitar: ha conseguido estar diez años – desde que se quedó viuda- sin moverse del reducido territorio formado por su casa y el patio de la misma, la panadería de la esquina y el centro de salud cuando no le queda más remedio.

Al principio, la gente pensaba que era una cuestión de duelo, que no se movía porque estaba triste y que volvería a caminar por el pueblo, a hacer compras, a salir de paseo al campo, de excursión a los pueblos vecinos o hasta a pasar unos días en la playa como hacía antes de su viudedad. Pero no, la Brígida, en realidad, cumplía con todos esos desplazamientos por obligación pero una vez que estuvo sola y fue libre tomó las riendas de su vida y se dejó llevar por su querencia: la inmovilidad.

Su casa está pegada a la de mis padres, separado su patio del nuestro por una valla metálica. Desde su patio se ve el monte y el cielo y ella no necesita ver nada más. Las personas que viajan por obligación le dan pena y a los que lo hacen por placer los considera unos desazonaos que necesitan de estímulos externos para sobrellevar la vida. Ella no. A ella le basta con salir al patio, siempre con una bata encima de la ropa sobre la que lleva prendida pinzas para acordarse de cosas tan fundamentales como apagar la olla o llamar al fontanero que gotea un grifo. Trastea de acá para allá, tiende la ropa, entra en la casa, sigue trasteando, se puede ser activo y sedentario a la vez. Sale de nuevo al patio, toca la ropa a ver si se ha secado, vuelve a entrar, vuelve a salir, charla un poco con mi madre a través de la valla y, a eso de la una, se quita el delantal y parte rumbo a la panadería con cara de aventura.

Cuando le toca acudir al centro de salud porque se ha puesto mala o necesita recetas, sufre bastante. Lo planifica con varios días de antelación, las pinzas se multiplican sobre su delantal, da vueltas y vueltas al patio como si se estuviera despidiendo y cuando regresa se tiene que meter en la cama y tomarse un analgésico, aquejada de algo parecido a un jet- lag aunque ella lo llama “el arrechucho”.

Definitivamente,no entiende el afán de moverse de un lado a otro. Cuando le hablan de alguien que se ha ido de viaje, mueve la cabeza con conmiseración y un punto de desprecio. A pasar penalidades, dice ella, pues ya son ganas…