Día: 5 mayo, 2014

Oído en el autobús

 

El trayecto de un hombre que viaja en el mismo autobús que yo, el 52 para más señas, se altera cuando ve por la ventanilla a otro hombre tirado en la calle, sucio y desarrapado. El primer hombre se indigna ante la visión del segundo, su tranquilo panorama de calles, casas y transeúntes acaba de estropearse.

El hombre tirado no sólo ha utilizado la acera de todos para dormir sino que además se ha quitado los zapatos y los ha lanzado sin ningún miramiento, uno por un lado, junto al semáforo, otro debajo de la papelera. En este momento una paloma lo está picoteando, a saber qué clase de mugre comestible habrá encontrado dentro. Hay cada paloma….

Pero, mira, no te lo pierdas, es increíble, le dice el bombre indignado a su acompañante -una mujer de labios abombados por la silicona- como si estuviera en un cuarto de su casa, dormido como un tronco y con los zapatos de cualquier manera, desperdigados por el suelo.

Y es verdad que el hombre tirado duerme muy profundamente,con los brazos por encima de la cabeza en total abandono.

Entonces al  indignado se le ocurre una idea que solucionaría lo que él considera un problema de desagradables vistas y la expresa bien en alto para que la oiga la de los labios de trucha y el autobús entero: casetas, deberían de hacer unas casetas baratas pero bonitas por fuera, como las de la playa, por ejemplo, y que se metan ahí. Así estaría la calle más recogida y no tendriamos que contemplar ese espectáculo tan degradante.

El caso es que lo de las casetas está bien pero tiene sus fallos, toda la ciudad llena de esas casetas, ocuparían demasiado espacio y siempre cabría la posibilidad de que los pobres no quisieran meterse dentro, hay cada pobre….

Pues un pueblo, dice entonces muy convencido mirando a su alrededor para ver si obtiene la aprobación general, un pueblo donde los lleven a todos y los encierren ahí y el que quiera ver pobres sucios, tirados por el suelo, descalzos, borrachos, malolientes y andrajosos pues que vaya de excursión. Eso. Eso, vuelve a decir para reafirmar su idea tan buena y tan poco apreciada.

Nadie le hace caso en el autobús, casi todos llevan puestos auriculares y los que no, miran para otro lado, hacia el pobre que duerme como un niño en su cuna de asfalto, hacia el cielo que comienza a amoratarse, hacia el territorio neutral de los botones de sus camisas.

El hombre indignado y su inexpresiva acompañante se bajan en el auditorio abanicándose con los programas de lo que van a escuchar dejando a su paso una densa estela de perfume y estupidez.

La que te espera, Johann Sebastian.