Día: 13 mayo, 2014

Cajones y arte

En mi pueblo no hay mucho que ver, no tiene museos como otros pueblos que tienen el del aceite, el de la cerámica o el que se saquen de la manga con tal de atraer turistas. Tampoco cuenta con monumentos destacables. La iglesia no es fea pero no puede competir con otras dos románicas que hay por la zona aunque, de todas formas, a las lugareñas nunca se les ocurriría visitarla como objeto de interés artístico, ya la tienen muy vista de misas, bodas, bautizos y funerales.

Tampoco les da por ir de excursión a la calzada romana que se encuentra al inicio del monte, por ahí solo suben, con grave riesgo de despeñarse, turistas tarados, montañeros locos y otros especímenes de poco fiar. ¿Qué interés pueden tener esas piedras tan viejas que están que se caen? Pues ninguno. A las de mi pueblo no les gusta lo viejo y lo romano no es que sea viejo sino viejísimo. Lo bonito de ver son las cosas nuevas y relucientes, las cosas ordenadas y pulcras y entre ellas han figurado durante muchos años, a falta de mejores atracciones, los cajones del armario de mi hermana Lauri.

Era mi madre la que organizaba esas expediciones de mujeres para ver los cajones. Surgieron de manera espontánea, a medida que se iba encontrando amigas o conocidas por la calle o las tiendas. Tiene mi Lauri unos cajones que no os los podéis ni imaginar, son una preciosidad…si os pasáis luego, a eso de las cinco y media, os los enseño.

Empezaron viniendo tímidamente, de dos en dos, de tres en tres como mucho pero, poco a poco, se fue corriendo la voz de que los cajones de la Lauri eran algo digno de verse y de contemplarse y manadas de mujeres, hordas femeninas o como se les quiera llamar, estuvieron irrumpiendo largo tiempo en mi casa adentrándose sin ningún recato en nuestro cuarto, con mi madre de cicerone.

La Lauri y yo nos encontrábamos por lo general en el trance de hacer los deberes, ella con su mesa muy bien organizada y yo con la mía en mi personal estilo. Entraban las mujeres, formaban un círculo alrededor del armario, mi madre abría sus puertas con mucho teatro y aparecían los cuatro cajones. Ellas solo iban a ver los dos de arriba, los de la Lauri. ¿Estáis preparadas?, decía siempre mi madre creando intriga y tensión y abría el primero. Dentro había bragas, sujetadores y calcetines pero tan perfectamente colocados y distribuidos en el espacio del cajón, tan simétricamente organizados, tan bien conjugados los colores,  que semejaba una obra de arte de clásica elegancia. Ohhhhhh, exclamaban conmovidas las mujeres, algunas hasta se tapaban las bocas del puro asombro.

Pues ahora el de  abajo, anunciaba la guía turística. Y el segundo cajón se deslizaba silencioso por el riel mostrando su contenido: camisetas. El orden era tan perfecto que no parecía del planeta Tierra. Las mujeres desviaban entonces la mirada hacia la cabeza de Lauri que, pulcramente peinada y olorosa a colonia, (nunca he entendido por qué mi hermana se ponía colonia en el pelo antes de hacer los deberes), seguía reclinada sobre sus libros y cuadernos intentando pasar desapercibida. Solo les faltaba arrodillarse y adorarla.

¿Y los dos de abajo?, preguntaba alguna avispada pasándose de lista. Esos mejor no abrirlos porque dan pena, son los de la Eva, soltaba mi madre sin ningún miedo a traumatizarme de por vida. Las mujeres volvían la vista hacia mí con gesto de reproche, meneaban la cabeza con disgusto y, lo que es peor, algunas se reían.

Qué tontas y qué ignorantes, pues si el interior de mis cajones también era arte, pero de otro tipo, mucho más moderno y vanguardista. Un arte en el que lo que importa no es la armonía sino el comunicar todo el caos y la confusión del mundo. Esas señoras tan academicistas y apegadas a los modelos canónicos no sabían mirar ni estaban preparadas para entender mi lenguaje artístico. Paletas.