Día: 15 mayo, 2014

Inapetencia

Hubo una época, cuando mi hermana y yo todavía vivíamos en el pueblo y con mis padres, en la que mi madre dejó de comer. Decía que no tenía hambre, que la comida le sentaba mal, que le sentaban mal las legumbres, mal el pescado, mal el arroz, mal la carne, mal los guisos, mal todo. La mujer seguía cocinando porque era su obligación alimentarnos a todos y lo que cocinaba estaba bueno pero ella no lo probaba. Si acaso se ponía una mínima porción en el plato, le daba vueltas con la cuchara o el tenedor, comía dos o tres bocados y luego lo guardaba para la cena, auto castigándose, aunque sospecho que se perdonaba porque yo nunca le vi cenar esas sobras. Creo casi con toda seguridad que lo tiraba a la basura, solo que como se había pasado la vida oyendo decir y diciendo que tirar la comida era un pecado, no se atrevía a hacerlo delante de nosotros.

No es que quisiera adelgazar ni que tuviera la enfermedad de la anorexia es que, según sus propias palabras, tenía manía a su propia comida. Se alimentaba furtivamente de pan tostado, galletas, frutos secos, frutas y de algún huevo revuelto, hecho así para no tenerse que molestar en elaborarlo más. Se quejaba de dolores de tripa, de molestias digestivas de todo tipo, de que hasta el agua le caía mal.

Fue a muchos médicos y le hicieron pruebas más o menos desagradables, los resultados eran normales pero ella insistía en que la comida le daba asco y si se alimentaba mínimamente era por pura supervivencia. Es que, me explicó un día, creo que no puedo comer porque tengo la cabeza llena de comida. Me despierto por la mañana y lo primero que pienso es, ¿qué pongo hoy? Y empieza el baile de los alimentos. Los filetes de pollo dan vueltas en corro alrededor de los garbanzos, los garbanzos saltan como niños en la plaza del pueblo, la pescadilla se pone a nadar en un plato de sopa enorme igual que un mar y del cielo caen albóndigas como un granizo muy gordo y feo. Así todo el día siguen danzando los alimentos cocinados de una u otra manera, combinándose entre ellos así o asá como si jugaran o me hicieran burla.Me marean.

La pobre, quería pensar en otras cosas pero no podía, todo estaba contaminado por los alimentos, todos sus pensamientos llevaban adheridos comidas y combinaciones de las mismas en el tiempo y en el espacio. Si no hubiera sido una mujer sencilla de pueblo, lo más probable es que la hubieran mandado al psiquiatra que le hubiera recetado unos antidepresivos para que pudiera seguir cocinando y comprando y nutriendo a la familia y a ella misma sin sentir nauseas. Pero, lógicamente, nadie le hizo caso porque si los médicos habían dicho que no tenía nada pues no tenía nada y que se dejara de manías.

Y se dejó, empezó a comer otra vez en porciones pequeñas lo mismo que todos pese a que la angustia de lo que ella llama el “qué pongo” nunca se le ha llegado a quitar. Seguramente los alimentos siguen bailando en su mente, continúan pegados como lapas a sus otros pensamientos, invadiendo el territorio, amenzando con hacerse los amos y sepultar a todo lo demás. Solo que ella se ha ido acostumbrando a esa situación, como el que tiene la mosca en el ojo o pitidos en los oídos. ¿Qué hace?, pues vivir con ello, aprender a domarlos de alguna manera. Será por eso que cuando ya ha decidido el menú se queda tranquila un rato y dice como disfrutando de una tregua: “lo de hoy ya lo tengo”. Incluso a veces es capaz de poner cierta pasión en la cocina y de elaborar platos con interés como si de esa forma se impusiera ella como vencedora en esa batalla diaria. De todas maneras, no se fía,  sabe que mañana el cansino bailecito, la guerra del comer volverá a empezar.

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