Día: 21 mayo, 2014

Nido vacío

Cuando la tía Adela contempla su casa ahora tan ordenada y silenciosa respira satisfecha como si por fin le hubieran regalado algo que llevaba mucho tiempo mereciendo. Algunas veces incluso se pasea de cuarto en cuarto recorriendo esos espacios que ya son solo para ella y se pregunta cómo pudo vivir tantos años en medio de tanta gente y no enloquecer.

Ella no tiene el síndrome del nido vacío, pese a haber sido madre de siete hijos, tiene el síndrome del nido liberado que se caracteriza por una gran sensación de paz y bienestar aunque empañada por el ligero temor de que los hijos vuelvan. Ese temor es real, puede suceder. A su vecina Marta, la del tercero, le sucedió. La pobre ahora carga con un hijo cuarentón separado y  dos nietos karatekas que le han destrozado el parqué recién acuchillado. Por si fuera poco, el hijo fuma sin parar impregnándole las cortinas de olor a tabaco negro.

Si el teléfono suena a horas fuera de las habituales y es alguno de sus hijos, la tía Adela se sobresalta, ya se han separado, piensa, les han echado del trabajo, especula, y se pone a temblar imaginando que repueblan su pacífico pasillo, que las múltiples camas brotarán de nuevo de paredes o de debajo de otras camas, que habrá que esperar para pasar al baño y, cuando por fin se pueda, todo estará mojado y empañado, que sonará música atronadora y horrible a todas horas, que habrá que pelear por el mando de la tele y ….Por suerte nada de eso ha pasado todavía pero la imagen del cataclismo le  ha conmovido tanto que decide bajar al tercero y ofrecerle a Marta ayuda o conversación. A todos nos puede suceder, reflexiona mientras baja las escaleras llena de empatía e inquietud.