Simbiosis

A la puerta de unos grandes almacecenes  por los que paso cada mañana cuando llevo al Jacobín al parque, un hombre ha instalado su despacho. Se sienta en una silla de oficina vieja y se apoya en una caja de cartón con el logo de esos mismos grandes almacenes. Sobre la caja mesa hay muchos libros de temáticas diversas: teoría de la comunicación, astronomía, un diccionario ingles/español, historia de las guerras mundiales, botánica. Todo un compendio de distintos saberes.

El hombre se pone sus gafas y lee, bebé café de una taza, anota conceptos en un cuadernillo, subraya algunos, los repasa, mira hacia el frente por donde ve venir los incesantes gentíos que se dirigen hacia las puertas de los almacenes que los engulle y vomita a cada momento. Algunos se paran y le dan unas monedas que él no ha pedido pero acepta. Otros quieren comprar los libros, no ha tenido más remedio que colocar un cartel sobre la mesa de su despacho que dice con letras bien grandes: no vendo libros. Todo hay que explicarlo.

Los grandes almacenes se han portado bien con él, lo dejan utilizar su esquina como repisa, le regalan cajas y libros viejos y él quiere corresponder, establecer una relación no de parasitismo sino de simbiosis. Por eso, sobre una de las maletas con ruedas que tiene detrás de la mes ha colocado otro letrero haciendo publicidad con estas elogiosas palabras: “El “CI” es un gran amigo de la inteligencia y las bellas artes siempre dispuesto a ayudar a las personalidades fuertes. Entre y compre sus libros porque solo la lectura le dará lo que está buscando”.

Los gentíos apresurados, que no lo saben porque no se han detenido a leer el cartel,  siguen buscando y buscando con desasosiego, entrando y saliendo, subiendo y bajando y cruzando delante de él. Los autobuses le envuelven en nubes de humo negro y él, cuya personalidad es fuerte,  lee, bebe, escribe, mira, es mirado, vuelve a leer.

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Un comentario en “Simbiosis

  1. Los mendigos, no sólo lectores, sino de todo tipo vuelven a poblar esquinas y entradas de comercios e iglesias. Pero, como son de ciudad, son pedigüeños en su mayor parte y ya casi no se ven los verdaderos, los de antes, los auténticos pordioseros. Algo es algo.

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