Día: 17 junio, 2014

Persianas bajadas

Por sacar algún tema de conversación le pregunté ayer a doña Margarita que qué iba a hacer en el verano. Creo que hice mal, por su cara noté que no es una estación del año que le guste especialmente. No me dijo nada, sólo golpeó el suelo con el bastón como hace siempre que se enfada y me ordenó: sigue leyendo.

Seguí leyendo pero el libro que había elegido esta vez tampoco era como para alegrar a nadie porque trata de un señor que está en un hospital de enfermos del pulmón y visita de vez en cuando a un amigo que está en otro pabellón, el de los locos. Algunas veces el del pulmón, que es el que lo narra, decía cosas bonitas, pero otras era todo tan dramático que pensaba que estaba escrito para provocar la risa porque cuando la tragedia es mucha se rompe por sus propias costuras. 

Y así seguimos durante un buen rato, yo leyendo ese libro tan poco recomendable para subir el ánimo, los tiroleses del reloj pautando las horas con sus cantiquillos y el Margarito visionando la serie Perdidos en el cuarto de al lado a gran volumen mezclando así su mundo de ficción con el nuestro. A los enfermos con los perdidos. Qué lío. 

Justo cuando doña Margarita daba su primera cabezada y yo estaba dejando muy sigilosamente el libro sobre la mesa y de paso las desgracias de aquellos hombres que, por otra parte, me estaban cayendo bien porque eran rebeldes y atípicos y eso a mí me gusta, cuando llaman a la puerta. Veo unas perlas brillando en la penumbra del pasillo y al momento el rostro poco amistoso de la Doña Repolluda. 

Tía, dice ella muy marcial, despertando a doña Marga, ¿ya ha tomado alguna decisión?, tenemos el verano encima, hay que actuar.

Jesús, qué mujer tan ejecutanta.

Podéis probar estos meses la residencia y luego ya en septiembre decides si vuelves o te instalas. Porque si no, ¿qué vas a hacer este verano?

Lo que he hecho otros, contesta la doña Marga volviendo a cerrar los ojos, bajar las persianas.