Día: 26 junio, 2014

Salvadores

Doña Margarita, le he traído un bizcocho.

Gracias, Eva pero ahora no me apetece, déjalo sobre la mesa y ponte a leer que tenemos que acabar el libro.

Y dale con el libro de los hombres raros que estaban ingresados en un hospital, cada cual en un pabellón, que manía le ha entrado, ¿no podíamos leer algún poema de la Wislawa que es tan maja ella y tan simpática y dejamos a estos que se apañen como puedan? Además, que si leemos poemas podemos ,entre uno y otro y sin perder el hilo,  hincarle el diente al bizcocho. Mire que pinta más buena, elaborado con las propias manos del panadero de la esquina, el del delantal sucio. No me diga que no le entran ganas de comerse un poco.

No irás a llevarme la contraria en nuestro día de despedida, hoy tenemos que hacer lo que yo diga.

Eso es lo que hacemos siempre, doña Marga, decía yo de variar un poco.

Pero ella que no, que la merienda al final si da tiempo, que lea y lea y lea la historia de esos dos amigos, porque de eso trata el libro, de dos que son muy amigos, amigos de los raros por su escasez, de los que hay muy pocos a lo largo de la vida, de los que se pueden contar con los dedos de una mano y hasta nos van a sobrar dedos . Eso no lo digo yo, lo dice el autor que se llama Thomas Bernhard.

Pues leo, mirando de reojo el bizcocho que descansa orondo sobre la mesa,  leo y ella se ríe a veces del humor sarcástico del autor, otras asiente muy de acuerdo con lo que le leo, como cuando habla de salud y enfermedad y de lo difícil que es que sanos y enfermos se entiendan entre sí pero lo que le interesa es que llegue al final cuando el autor habla de la aparición en su vida de su amigo Paul.

“Y probablemente, en el punto más culminante de mi desesperación, apareció Paul. Fue para mí al instante un ser tan totalmente distinto y nuevo que inmediatamente tuve la sensación de que allí estaba mi salvador…y fue una amistad que no nos encontramos sencillamente y conservamos luego, sino que tuvimos que ganárnosla a pulso fatigosamente todo el tiempo, para poder conservarla teniendo en mente su fragilidad.”

Pues qué bonito lo que dice, ¿usted ha tenido algún salvador o salvadora de esos?

No me contesta, bien porque se está quedando dormida o porque no le da la gana. Me inclino mas por lo último porque con los ojos entrecerrados me señala el libro con el bastón para que  siga. Y sigo y leo esto otro.

 

“Y luego pensé en cómo encontré a aquel hombre que con tanta frecuencia hizo feliz en tan gran medida mi existencia, en sí no realmente desgraciada pero sin embargo la mayor parte del tiempo fatigosa. Que me ilustró sobre tantas cosas que para mí habían sido totalmente ajenas, me mostró caminos que no había conocido antes, me abrió puertas que antes me habían estado cerradas y me devolvió a mí mismo precisamente en el momento en que, posiblemente, hubiera perecido”

Entonces ells dice ya!,como si tanta declaración amistosa la  hubiera dejado sin fuerzas. Parte un pedazo de  bizcocho y me lo da muy sonriente, el Margarito también se apunta a la merienda y nos lo comemos entre los tres, yo pensando en eso del amigo que nos salva o al que nosotros salvamos, tal  vez sin saberlo siquiera. Ellos no sé en qué estarán pensando.

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