Mes: julio 2014

Modos de comunicación

Ya está aquí, la tercera guerra mundial que auguran algunos, tiene que ser eso, nos están bombardeando. El perro corre a refugiarse bajo la mesa aullando de terror y a puntito estoy de meterme con él cuando mi cerebro recupera la información perdida por alguna de sus circunvoluciones y me ubica en el aquí y el ahora, como dicen los libros de auto ayuda de la Patri. Las fiestas, majos, que empiezan a petardazo limpio y así siguen durante unos cuantos días.

Que sepáis los que no sois de pueblo que el petardazo es una forma de expresión como otra cualquiera y no hay que quitarle méritos comunicativos. Cuanto más sorpresivo sea, mucho mejor. Un petardo bien tirado expresa alegría, júbilo, que viene a ser lo mismo que alegría pero hacia afuera, afirmación de la personalidad propia y pertenencia a un grupo (el grupo de los que tiran petardos y de los que se ponen muy contentos cuando los oyen).

El primer petardo es el mejor por lo que tiene de iniciático, los siguientes no están mal pero han perdido el elemento sorpresa y por lo tanto parte de su valor. Eso lo sabe el profesional del petardeo y por eso escoge momentos del día especiales para su faena como puede ser la hora de la siesta o las siete de la mañana. Diréis que qué mala leche. Pues no, es que son fiestas y tiene que enterarse todo el mundo.

El Toni odia los petardos con toda su alma, dice que son la máxima representación de la burricie popular y de la absurdez humana pero, ¿qué hago?, si no quiero hablar del Toni, que en estos momentos es mi enemigo más acérrimo. Acérrimo no sé lo que significa, luego lo busco, pero va, de siempre, pegado a enemigo.

Y tú, Pancho, sal de debajo de la mesa y deja de lloriquear que estamos en fiestas, perro más tonto.

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Cosas raras

Digo yo esta mañana asomándome a la ventana del patio y viéndolo tan despejado, pero si parece el cuarto del yoga de la Patricia, con unos cuantos trastos viejos por los rincones y un perro durmiendo al sol en una esquina pero, por lo demás, igual de minimalista. Anda, pero si yo sé unas posturas básicas que practiqué en el parque con la Esme antes de que nos pusiéramos a emprender de cartománticas. Pues las voy a hacer, así me perfecciono a mí misma que nunca viene mal.

Y me he salido al patio con unas toallas a modo de colchoneta y me he puesto a practicar el saludo al sol que ya que se toma la molestia de salir, no está de más decirle hola y todo eso. En esos menesteres me encontraba sintiéndome como una Patricia rural cuando la cara de mi madre se asoma a la ventana y me mira atónita.

Así no vas a adelgazar, Eva, te lo advierto, si quieres perder kilos súbete la cuesta y de paso traes el pan que se me ha olvidado.

Que no, que no es adelgazar, que estoy haciendo yoga que es una disciplina milenaria buena para el cuerpo y la mente.

No te irá a dar ahora por las cosas raras como al hijo de la Jovita que se ha metido a gurú. Dice que no lo llamemos Carlos que ahora se llama Kavir, así con k. Será aplargato, cambiarse el nombre y darle ese disgusto a su madre…no me darás tú disgustos.

Si no dejas de hablarme no puedo hacer yoga, que se requiere silencio y concentración.

Pues si quieres concentración, entra y le echas un vistazo a las lentejas mientras yo rebozo el pescao, verás tú qué bien te concentras mirando la cazuela.

Eso luego, ahora déjame que voy a hacer el cadáver.

Lo que te decía, a darme disgustos, con lo poco que me gustan a mí las cosas fúnebres. Mira que hoy es miércoles y han puesto el mercadillo, tienen unas bragas efecto tanga que son la mar de apañás, te regalo unas, si quieres, pero deja de hacer el indio.

Precisamente el yoga viene de ahí, de la India, le aclaro tendida sobre las toallas intentando que el cuerpo me pese y pese. Y sí que estaba pesando.

Que te levantes ya del suelo y encima con mis toallas, si es que cuando yo le digo a tu padre que has vuelto rara, él dice que no, que te ve como siempre pero yo digo que sí y a las pruebas me remito.

Que esto no es raro, es yoga.

Pues eso, cosas raras.

Caja de galletas

Es una caja de latón verde un poco abollada en la tapa y con la pintura descascarillada en las esquinas. Sobre la tapa hay un dibujo de una granja, de una granja como tal vez solo pueda existir en una caja de galletas. Una granjera muy mona, cubierta la cabeza con una pañoleta de cuadros rojos a juego con su delantal da de comer alegremente a gallinas y pollitos. También se ve un pozo, una casa y tres árboles a lo lejos.

Esa caja de galletas con ese dibujo que mirábamos mucho cuando éramos pequeñas mientras desayunábamos y luego ya dejamos de mirar y hasta de ver, se ha fosilizado en la cocina de mis padres y, anclada en un rincón, desafía el paso del tiempo. He abierto la tapa y dentro había unas galletas que podrían datar de hace más de veinte años tranquilamente. He pretendido tirarlas y sustituir la caja por otra más moderna y sin abollar pero no se me ha permitido.

Por aquí el valor de los objetos no va unido a su modernidad sino todo lo contrario. Un objeto es más valioso cuanto más resiste y persiste. La caja verde ha vuelto a su rincón, muy ufana y triunfante, para que la granjera sonriente y mona pueda seguir alimentando sin obstáculos a gallinas y pollitos con su pañoleta a cuadros rojos a juego con el delantal. Se ve que los imaginarios mundos felices no tienen fecha de caducidad aunque contengan en su interior galletas en descomposición.

Saltar por los aires

 

Desde que he llegado al pueblo de mis ancestros más ancestrales, me he instalado de nuevo en el cuarto de mi infancia y he regresado a los parajes familiares tengo una sensación extraña: la de que va a pasar algo. Claro, siempre pasa algo, es imposible que no pase nada aunque sólo sea el tiempo pero yo no me refiero a ese ir pasando y modificándonos lentamente de tal modo que ni nos damos cuenta, me refiero a un cambio más brusco y repentino, una especie de cataclismo.

Y con ese barrunto andaba esta mañana cuando para quitarme los malos pensamientos me he puesto leer Canadá de Richard Ford y me he dado de bruces con el siguiente párrafo que espero que no sea premonitorio:

“A lo largo de todos estos años mi hábito de pensamiento da por hecho que toda situación en la que se ve envuelto el ser humano puede dar la vuelta. Todo lo que alguien me asegura que es verdad puede no serlo. Todo pilar de creencia sobre el que el mundo se sustenta puede estar y puede no estar a punto de saltar por los aires. La mayoría de las cosas no siguen mucho tiempo como están. No doy nada por sentado y trato de estar preparado para el cambio que ha de llegar”.

¿Y cómo se prepara uno para eso? Yo no lo sé. Richard Ford me estás asustando.

En el autobús

Lo iba a titular on the road para hacerme un poco la interesante pero digo, ¿dónde vas dándotelas de aventurera si solo vuelves a tu pueblo? De todas formas me ha dado por inventarme, por pasar el rato más que nada, que era una de esas protagonistas de las películas americanas que dejan atrás sus vidas poco satisfactorias y, así como con pena pero también con muchas esperanzas, se suben a un autobús y miran por la ventanilla con cara de melancólicas.

He probado yo a poner la cara esa de melancólica pero por lo que he visto reflejado en el cristal no me ha salido del todo. De fondo tiene que sonar una música un poco marchosa para inspirar la idea de todo lo bueno que le aguarda a la muchacha aunque ella no lo sepa, pero a mí no me sonaba ninguna y, oye, así a palo seco no hay quién se meta en el papel debidamente.

Campos y campos amarillos y pajizos, agostados antes de agosto, venga de meseta reseca y de planicie polvorienta , girasoles y más girasoles, que me perdone Antonio Machado pero qué aburrimiento me estaba entrando.

En la película, la protagonista o bien llega enseguida a un lugar, preferentemente ciudad con rascacielos en la que le empiezan a pasar cosas nada más poner un pie en el suelo , o bien ya en el mismo autobús conoce a alguien interesante. Pues a mi lado iba sentado un hombre viejo con un manojo de cebollinos saliéndole del bolsillo de la camisa. Qué difícil me lo pone la realidad, venga a tirarme encima todo lo prosaico que tiene, que es mucho.

Pues me da igual, yo, a lo mío, a creerme que soy la chica esa que viaja y a la que pasan aventuras sin par. En las películas a las que me refiero, que le sucedan cosas a una chica siempre quiere decir, más o menos disimulado, que aparece un hombre apuesto y se enamoran. Que tontería, ahora que lo pienso. El amor está muy sobrevalorado aunque hay que reconocer que algo tiene. Me he puesto yo a imaginar quién podría ser ese hombre con el que me voy a topar y siempre, no se por qué, se me aparecía el Enrique con su bocota llena de risa y dientes. Pero si a mí no me gusta el Enrique…

Mira, me he dicho, mejor saca del bolso el libro que le has sustraído a la Patricia como pago en especie por el mesecito que te ha dado,  ponte a leer y deja ya de creerte que eres la Jeniffer Aniston que no te pareces en nada. Bueno, en una cosa sí, en que a ella también le dejó el novio por otra más guapa,  claro que a mí todavía no me ha dejado. Como me estaba liando me puse a leer y así entre aromas cebollinescos y  lectura arribé a mi destino.

¿Qué dice la Evi?, oí nada más bajarme del autobús. Qué majo mi padre, si ha venido a buscarme.

La Evi dice demasiadas cosas, estar callada no es lo suyo, pensé pero solo dije en alto ay, pero cuántas ganas tenía de verte.

Deconstruyendo

Si repites muchas veces una palabra deja de tener significado. Por ejemplo, luna. luna, luna, luna, luna muchas veces y luna ya no es el satélite de la tierra que pone misterio y encanto a nuestras noches. Luna ya no es nada, palabra libre y hueca que cada uno puede rellenar a su antojo.

Si te miras mucho rato en el espejo o si observas detenidamente una porción de ti, ocurre un fenómeno parecido. Qué extraño es un pie cuando deja de serlo, qué rareza es una cara con sus orificios y protuberancias, qué alucinante resulta una boca hablando.

La deconstrucción del mundo es un pasatiempo muy entretenido que aconsejo a cualquiera invadido por el hartazgo, es un poco como cuando eras pequeño y te ponías cabeza abajo para verlo todo desde otra perspectiva.

A deconstruir me he puesto mientras hacía mi maleta, porque en breve abandono los paraísos verdiazules, me he deshecho a mí misma de arriba a abajo. Ya no era Eva haciendo un equipaje, con su cansancio y su desamor y sus ganas de ser feliz, no sé lo que era, tal vez no era nada, por unos instantes he dejado de ser y, liberada de mí misma, he sentido un gran alivio. Qué tontas me han parecido vistas desde fuera mis penurias y preocupaciones, qué nueva me he sentido, qué deconstruída.

Me voy al pueblo a descansar en casa de mis padres, volveré a ser hija por unos días, puede que ya no me guste ser hija otra vez o puede que sí pero, de pronto, ya no me ha importado. Tengo el sistema: una buena sacudida, un montaje distinto de las mismas piezas y la posibilidad de ser de nuevo.

No es el calor

Mira tú que la Svet ha dejado esta mañana la aspiradora apoyada de cualquier manera en una esquina y liberando a las pelusas de su muerte segura, se ha ofrecido para ir a los recados.
La compra muy importante, señora, ha aducido como excusa para salir por patas al encuentro de Enrique, el fornido.
Bueno, bueno, pero no tardes, le ha concedido la doña Perfect sin sospechar nada de los turbulentos mundos interiores de su mucama predilecta.
Desde la ventana la he visto recorriendo los jardines con arrebato, olisqueando flores, suspirando entre calada y calada y expulsando flemas tras los matorrales.
A la vuelta, toda sudorosa y cargada de viandas, se ha derrumbado sobre una silla de la cocina y me ha expresado su desilusión.
Yo visto al hombre guapo. Mucha risa, mucho cuerpo, mucho guapo. Yo risa también, jajajajaja los dos. Y luego él, ¿dónde Eva, cosa hace Eva, cosa dice Eva?, todo Eva. Yo cincuenta, dice luego encogiéndose de hombros con resignación y espantando con la mano sus deseos como si fueran moscas.
No te preocupes, Svet, que a mí el Enrique no me gusta, soy de ideas fijas, te lo cedo graciosamente.
Suspira ella sabiéndose no correspondida,  suspiro yo sospechando que tampoco lo soy, suspiramos las dos hasta que entra la doña Perfect a cortar tanto desamor matinal  con sus regaños.
¿Se puede saber qué os pasa hoy que no os cunde la mañana? Estáis como aletargadas, será el calor.
Pues no es el calor, doña Perfect, no es el calor.