Las cuatro de la tarde

La Patricia quiere que el Jacobín duerma la siesta. La doña Perfect también. O, lo que es lo mismo, ambas quieren dormirse las suyas sin un niño enredador y molestoso. Por ello me encierran en un cuarto con el insome infante que lo último que desea es dormir.
Lo comprendo, yo también odiaba la siesta cuando era pequeña y a mí también me obligaban a dormirla en compañía de mi hermana Lauri. Pasábamos unos ratos muy entretenidos peleándonos a muerte y en silencio, lo cual tiene su dificultad.

Lo que me gustaría ahora que me obligaran a echarme la siesta, temo el momento de las cuatro de la tarde. Las cuatro de la tarde es una hora rara y bastante aborrecible a no ser que estés durmiendo. Es una hora que parece inventada solo para pasar a la siguiente, una zona muerta entre las horas, de paso. No me gustan las cuatro de la tarde, el mundo entero se petrifica y yo tengo la sensación de que siempre será verano, de que nunca saldré de este cuarto, de que el Jacobín no dejará jamás de incordiarme y de que siempre me pesarán los párpados pero no podré cerrarlos.

Le leo cuentos de ositos desobedientes, de topos que no encuentran su cama y de jirafas que hablan y se peinan pero él me los arrebata y los tira al suelo con saña,intento que haga un puzle, que arrastre en silencio sus cochecitos, que construya torres con tacos de colores. Nada, solo le gusta el instante destrucción y luego señala la puerta cada vez más furioso.

Y siguen siendo las cuatro de la tarde, la hora me ha engullido con su densidad pegajosa y nunca saldré de aquí, cantarán eternamente las chicharras y ese, junto al llanto del Jacobín, será el único sonido que oiré por los siglos de los siglos. Asustada, siento al niño en mi regazo y le canto una canción. Al principio me da patadas y forcejea pero, poco a poco, va cerrando los ojos, yo también los cierro, nos dormimos y, cuando despertamos, ya son las cinco. Por hoy, nos hemos salvado.

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12 comentarios en “Las cuatro de la tarde

  1. La próxima ve haces eso mismo pero haciéndole cosquillitas en la espalda y no dura ni 3 minutos. Una vez conseguido el objetivo ya tienes por lo menos hora y media para hacer lo que más te apetezca. Ya verás como las cuatro de la tarde pasa a ser una de tus horas preferidas.

  2. Éramos cinco y nos obligaban a echarnos la siesta. Como compartíamos habitación aquello era una jarana. Pero a los dos minutos aparecía nuestra madre con la zapatilla como un Santiago Maramoros y en un plis plas estábamos todos llorando y al momento, con la sofoquina, dormidos. Era una técnica materna muy efectiva y propia de aquellos tiempos en que ni siquiera se había inventado el “child abuse”.

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