Mes: julio 2014

Alquitrán y deseos cumplidos

Los celos son malos, son feos, son pegajosos, son como un alquitrán que se queda pegado en mitad del pecho causando malestar. Los celos son chapapote del alma. Obsesivos, pesados y absorbentes, como hermanos perversos del amor, un amor invertido que duele y hiere.

Pues he decidido quitármelos porque no quiero vivir siendo la Otela .Si el Toni me quiere, que me quiera, si no me quiere ya y se ha enamorado de La V sin amigas, pues mala suerte. Eso me digo para animarme pero el caso es que no sé cómo deshacerme de esa cosa negra y viscosa porque tengo la sensación de que el único con poder disolvente es el causante del vertido. Pero tiene que haber otros métodos, a la Svetlana no se lo he querido contar porque me iba a desanimar con sus malas suertes,  así que he llamado a la Esme para que me de uno de sus consejos de mujer experimentada.

El diagnóstico de la Esme es que no me preocupe por V, que es claramente una lianta pero que el Toni no le interesa.

¿Dices que ella es muy guapa?,me pregunta.

Sí, es guapa, eso creo.

Pues entonces el Toni no tiene nada qué hacer, las guapas buscan a guapos.

No sé si me ha convencido ese argumento, primero porque es como decirme que yo soy fea, lo que tampoco es cierto, segundo porque las parejas dispares en lo físico existen, yo las he visto, y tecero porque el Toni tiene sus encantos. Ahora que tal vez es deseado por otra, se le han multiplicado a mis ojos y hasta lo que no me gustaba se me ha vuelto irresistible. Así somos los humanos de contradictorios. Y además, el problema no es tanto lo que quiera ella sino lo que quiera él aunque no lo logre, digo yo, vamos.

Que no Eva, que tú no sufras por eso, que el Toni te quiere a ti y en el caso de que no te quiera, te habrías librado de una buena porque es bastante pelmazo. A enemigo que huye…, intenta consolarme la Esme.
Pero es que a mí me gusta, yo lo quiero con sus manías y todo.
Pues ya querrás a otro, será por hombres en el mundo, ¿no hay quien te atraiga por ese sitio en el que andas?
No sé, creo que no pero hay un gato gris que me hace mucha gracia, se sube a los capós de los coches y duerme encima, vive en el garaje…
Me refiero humano, lela, no me seas gatofílica.
Humano….,bueno hay un vigilante muy simpático que cuida los paraísos pero tanto como atraer…
Vigilante, ya lo tienes, ese mismo, tiene V también, aprovecha y contraataca.
¿Me sugieres que dé celos al Toni con el vigilante?
Pues claro, esto es la guerra, si él ha movido ficha, mueve tú tres y quién sabe, igual te acaba gustando de verdad.
No me va a salir, no sé decir mentiras y el vigilante tiene pinta de bruto, así como con los dientes muy separados, como si se quisiera comer a alguien, y está demasiado fornido, la carne de gimnasio no es lo mío.
Eso el Toni no lo sabe ni lo tiene que saber.Tú inventa que eso a ti se te da muy bien. Y te dejo que tengo que ponerle hielo al Hipólito en el tobillo que tiene un esguince y yo me tengo que poner la manta eléctrica en la espalda que tengo lumbago.
Pues sí que estáis buenos!
Estamos muy bien, Eva, se ha cumplido nuestro deseo.
¿De qué deseo hablas, Esmeralda?
Pues del de envejecer juntos, cuál va ser, ya lo hemos conseguido y en tiempo récord. Es lo que tienen los noviazgos tardíos.

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V

V tiene sentido del humor. (Lo que se está riendo el Toni)

V tiene problemas. (Y yo estoy empezando a tenerlos)

V no tiene amigas, nunca las ha tenido. (Para mí eso es tan raro como si me dice que V es azul o que carece de orejas)

V, como no tiene amigas, le cuenta sus problemas al Toni porque se llevan bien. (Y ¿por qué no se los cuenta a su madre o a su hermana, con las que tendrá más confianza?)

V está deprimida pero, aún así, hace chistes y sonríe.

V a veces llora cuando no le ve nadie (pero casualmente pasaba por allí el  Toni y ha tenido que consolarla).

V esto, V lo otro, V por aquí, V por allí.

V dice, V piensa, V hace, V deshace.

V omnipresente.

V, V, V.

Adiós, V, va y me dice antes de colgar.

¿V?, ¿por qué me has llamado V? Esto empieza a ser de manual, no seas tan prototípico, Toni.

V no se enfada por tonterías

V!

La guapa

Anoche recibo la llamada habitual del Toni antes de irse a dormir. Me arrepollino en mi cama dispuesta a escuchar un variado surtido de quejas y protestas y me voy preparando para contraatacar con argumentos contrarios. Lo de siempre, vamos.

Pero lo de siempre no, el Toni, extrañamente, no se queja del calor (motivos tendría), ni del trabajo ni de su cuerpo doloroso ni de los otros seres que le rodean y con los que interactúa, ni siquiera suelta improperios contra el majo, ese compañero de bar que ve la vida en tecnicolor.

Pues todo muy bien, me suelta.

¿Pero tú eres Toni o has sufrido una mutación, te has tomado alguna sustancia de efectos muy poderosos?, algo te ha tenido que pasar porque no te percibo normal.
Que sí, hija, que soy yo y no me pasa nada, ¿es que no se puede estar contento?, siempre oyéndote decir que tengo que ser más alegre, que soy un muermo del diez, que todo lo veo negativo y para un día que digo que todo bien resulta que te molesta.

No es molestia, es asombro. Así que todo bien, pero, ¿ha pasado algo en el bar?, que el Manolo te ha subido el sueldo, que el majo se ha ido, que….

No, no se ha ido nadie pero sí ha venido alguien nuevo, Verónica, una chica muy maja que ha contratado el Manolo estos meses de verano para que atienda la terraza.
Muy maja, se pone. Lo que traducido del idioma de macho a hembra quiere decir otra cosa que tonta del todo no soy.
¿Y que tal es?, le pregunto así como por encima, sin que se note que quiero saber sus características más destacadas.
Es guapa, me contesta escuetamente.
Guapa, el Toni contento, son muchas emociones juntas a última hora del día. No me podía dormir y, cuando por fin me ha vencido el sueño, he tenido pesadillas en las que participaba la tal Verónica a la que de ahora en adelante llamaré V, que decir su nombre entero, no se por qué, me da rabia.

Repeticiones

Al igual que en Madrid llevaba al niño al parque cuando terminaba mis domésticos cometidos, aquí lo llevo a la piscina. Hay varias piscinas y una está especialmente ideada para los pequeños porque no cubre y ellos pueden chapotear con poco peligro. Poco pero no ninguno que el ahogamiento no está descartado y por eso no puedo dejar de mirarlo.

Mi atención tiene que estar concentrada en un punto y solo en uno: el Jacobín en remojo. Para ello me siento en el borde e introduzco los pies en esas aguas compuestas a partes iguales de cloro y pis. A veces tengo que meter algo más que los pies si el niño decide explorar esta procelosa piscina.

El caso es que al Jacobín no lo veo yo como un gran explorador de océanos, el agua le gusta regular pero lo que sí le atrae, y mucho, es subir y bajar escalones, los tres que tiene la piscina para ir entrando poco a poco. Baja uno, se detiene un rato y mira a su alrededor satisfecho de su hazaña, baja el siguiente con sus pies regordetes y me mira buscando mi aprobación. Yo le aplaudo y él se pone muy contento y cobra impulso para bajar el tercero y último. Una vez ahí grita biennnnn, biennnn y chapotea pleno de felicidad.
Cominza el ascenso que es exactamente igual que el descenso, en el primer peldaño se para, en el segundo le aplaudo y en el tercero grita biennnn, biennnn pero ya no chapotea porque está fuera del agua. Esa es la única variación sobre el mismo tema.

Y así las dos horas que pasamos en la piscina, baja los tres escalones, los vuelve a subir, repite la operación y la repite y repite y repite. He intentado distraerle con otros juegos acuáticos lanzándole pelotas, llenando cubos con agua y volcándolos luego, poniendo a navegar patitos y barquitos. Que no, que él no se quiere dispersar ni alejarse de su objetivo máximo vital: ser un virtuoso del descenso y ascenso de escalones piscineros.

Mientras tanto el sol me pega de pleno en la espalda y unos niños, desde otra piscina una poco más grande, juegan a un jueguito que me pone los nervios de punta. Uno dice Marco! Y el otro le contesta Polo! Y así sin parar ellos también. He intentado comprender el mecanismo del juego pero, bien porque estoy de espaldas, bien porque no tiene mecanismo alguno, no lo he conseguido.
Marco, Polo, bieeeennn, aplaudo, Marco, Polo, biennnn, aplaudo….la vida está hecha de repeticiones, la naturaleza es repetitiva por lo que si me repito en el blog tendréis que comprender que obedezco a leyes naturales y, por mucho que quiera, no siempre puedo apartarme de ellas.

Las camas y el universo

Creía que sabía hacer camas pero resulta que no sé, que las hago mal y que la manera correcta no es la mía. Me lo ha dicho la doña Perfect que creo que tiene un máster en embozos y otro en alisamientos de las colchas, ambos muy útiles.
Mientras yo estiro las sábanas, mullo las almohadas y coloco cada parte de la cama en su lugar, ella se posiciona en una esquina y me observa con el ceño fruncido y gesto de tensión.

Porque el peligro de hacer mal una cama es mucho aunque vosotros no lo sepáis y viváis tan frescos en esa ignorancia. El mundo puede tambalearse y derrumbarse si muchas personas poco doctas en este arte o ciencia, no lo tengo claro, se ponen cada mañana a hacerse la cama de cualquier manera. Porque cualquier manera no vale, por no hablar de los que no se la hacen y por la noche introducen sus cuerpos cansados en un burruño sabanoso. Inconscientes y temerarios, si luego acontecen desgracias que no digan que no han sido advertidos. Desde aquí os aviso.

 Error, me dice la Perfect mientras yo remeto un pico por un lado. ¿Pero es que no ves que las flores de la colcha están torcidas? Madre mía, esta mujer hace las camas con escuadra y cartabón.

Mal, pronuncia a continuación cuando ya me iba a poner a hacer otra cosa, otra cama en concreto. Mejor la deshaces  entera y vuelves a empezar que cuando el error es mucho la enmienda también tiene que serlo.

Vuelta a empezar con la camita y la doña Perfect observando al detalle mis maniobras desde la puerta. Nunca pensé que hacer una cama pudiera resultar una labor tan ardua y estresante.

Finalmente, y después de un rato largo larguísimo de hacer y deshacer, la doña Perrfect me ha dado el alta y hemos pasado a la siguiente. (Cama). Empiezo a odiar esta palabra que tan inocente y acogedora me parecía.

Clic clac, clic, clac, teclea la Patricia en su portátil sin enterarse o sin quererse enterar de los delirios maternos. Así cualquiera es literata. ¿De qué voy a escribir yo si me he pasado toda la mañana ajustando sábanas hasta rozar ,que no alcanzar, la suprema perfección? Pues de camas, está clarísimo. Cada uno escribe del mundo que le rodea, de lo que ve, de lo que tiene más a mano y dicen los entendidos, ¿quiénes serán esos? que de ese modo particular se llega a la universalidad.

¿Le importará al Universo que las camas estén mal hechas? A lo mejor sí, que el Universo es bastante puntilloso, cualquiera le mueve una estrella.

Artista

Circula por aquí un jardinero, de nombre Eusebio, que está decidido a cargarse en tres tardes el paraíso terrenal. A eso de las cinco y bien armado de enormes tijeras, máquina eléctrica podadora y unos cascos para proteger su audición del ruido que él mismo está a punto de producir,  se dedica a modelar árboles y arbustos como si su forma natural no fuera perfecta en sí misma.
El Eusebio o quién le da instrucciones en la sombra, que no sé si actúa por iniciativa propia u obedece órdenes, es un artista dispuesto a enmendar la la plana a la naturaleza por sosa y previsible.
Árbol que ve, árbol con el que se ensaña haciéndoles parecer platillos volantes, piruletas, helados, sombreros u objetos inexistentes. Al tiempo que poda, corta y crea volúmenes, maneja con gran habilidad un palillo entre los dientes. Lo mastica con un lado, lo mastica con el otro, le da la vuelta con la lengua, lo coloca en posición horizontal sujeto en el paladar, lo gira sorpresivamente. Qué dominio palillil!
Urracas, gorriones, carboneros y otros pájaros de la zona cuyos nombres desconozco, desconcertados, no se atreven a subirse a esas ramas tan extrañas. El Eusebio se quita los cascos de protección y observa con satisfacción la obra de arte que acaba de perpetrar. El palillo gira enloquecido en su creadora boca.

Las cuatro de la tarde

La Patricia quiere que el Jacobín duerma la siesta. La doña Perfect también. O, lo que es lo mismo, ambas quieren dormirse las suyas sin un niño enredador y molestoso. Por ello me encierran en un cuarto con el insome infante que lo último que desea es dormir.
Lo comprendo, yo también odiaba la siesta cuando era pequeña y a mí también me obligaban a dormirla en compañía de mi hermana Lauri. Pasábamos unos ratos muy entretenidos peleándonos a muerte y en silencio, lo cual tiene su dificultad.

Lo que me gustaría ahora que me obligaran a echarme la siesta, temo el momento de las cuatro de la tarde. Las cuatro de la tarde es una hora rara y bastante aborrecible a no ser que estés durmiendo. Es una hora que parece inventada solo para pasar a la siguiente, una zona muerta entre las horas, de paso. No me gustan las cuatro de la tarde, el mundo entero se petrifica y yo tengo la sensación de que siempre será verano, de que nunca saldré de este cuarto, de que el Jacobín no dejará jamás de incordiarme y de que siempre me pesarán los párpados pero no podré cerrarlos.

Le leo cuentos de ositos desobedientes, de topos que no encuentran su cama y de jirafas que hablan y se peinan pero él me los arrebata y los tira al suelo con saña,intento que haga un puzle, que arrastre en silencio sus cochecitos, que construya torres con tacos de colores. Nada, solo le gusta el instante destrucción y luego señala la puerta cada vez más furioso.

Y siguen siendo las cuatro de la tarde, la hora me ha engullido con su densidad pegajosa y nunca saldré de aquí, cantarán eternamente las chicharras y ese, junto al llanto del Jacobín, será el único sonido que oiré por los siglos de los siglos. Asustada, siento al niño en mi regazo y le canto una canción. Al principio me da patadas y forcejea pero, poco a poco, va cerrando los ojos, yo también los cierro, nos dormimos y, cuando despertamos, ya son las cinco. Por hoy, nos hemos salvado.