Día: 21 agosto, 2014

Las enseñanzas del Josean

El Josean, marido de la Pili y encargado de los jardines y el mantenimiento, es un hombre muy didáctico como he podido comprobar en un paseo que nos hemos dado el Jacobín y yo en su compañía. Ha considerado él que no era bueno que una muchacha y un niño de corta edad se adentraran en soledad por parajes tan poco transitados y dejando de lado sus herramientas y aperos se ha venido con nosotros.

Y dices tú, ha dicho la Pili, este hombre no sabe estarse en casa, cualquier excusa le vale para salir escopetao. Buena compañía llevas, eso sí, que se conoce el terreno mejor que el que lo creó y que Dios me perdone.

Hemos salido los tres seguidos a ratos y prcedidos a otros por los dos perros que siempre le acompañan, el Mulay y la Trinina. Ambos son chuchos y muy feos,cada uno en su estilo. El Mulay en estilo mazacote y la Trinina en esmirriao. Además esta última es coja y tuerta, características que no impiden que el Josean la adore. Es mi favorita, ha proclamado mirándola con arrobo, muchos perros ha tenido esta casa pero como ella ninguno. Menos mal, he pensado yo.

Yo quería coger moras pero el Josean me ha advertido de los peligros que la zarza entraña. Resulta que conoce él varios casos de personas que, con la intención de hacerse con sus frutos, han caído dentro de una y atrapados entre sus pinchos ya no han podido salir. Y yo sin saber a lo que me estaba arriesgando, qué cosas!

También dice que se puede beber del mismo lugar del que beban los perros porque son animales inteligentes y saben lo que se hacen. Tanto el Mulay como la Trinina han bebido de unos charcos ponzoñosos. Bebe, chica, bebe si tienes sed que no pasa ná, me ha instado el Joseán, y dale de beber al niño también. De donde beben estos animales es sitio seguro. Ya luego si eso, le he dicho por no decepcionarle, que todavía no tenemos sed. (Ni ganas de atrapar el tifus)
A continuación los perros se han puesto a comer con mucha ilusión moñigas secas de vaca pero de poder comer lo mismo que coman ellos, el Joseán no ha dicho nada. Qué alivio!

Cada vez que pasaba un coche, el Joseán se agachaba, agarraba una piedra pequeña y se la lanzaba a las ruedas, luego nos escondíamos detrás de una roca. Esto, hija, me ha explicado, no lo hago por maldad ni por diversión sino para que los perros aprendan que el coche es malo y no se acerquen. La Trinina ya lo sabe, ella es lista como nada, pero el Mulay todavía no y hay que enseñarle. Hay mucho atropello de perros, ¿me comprendes? Al Jacobín le ha gustado mucho el juego de lapidar coches, menos mal que pasaban pocos y que sus lanzamientos han resultado fallidos.

Por el camino de vuelta, espantándonos moscas y avispas con unas ramas, el Joseán me iba explicando la diferencia entre la picadura de avispa y la de abeja. No se qué iba diciendo de que una era noble y la otra no, de que una iba a la carne sana y otra a la podrida. Ya no le estaba prestando mucha atención, bastante tenía con aguantarme la sed y contener los lanzamientos de piedras del Jacobín que, aburrido de no alcanzar a los coches, empezaba a probar puntería con los ciclistas.