Mes: agosto 2014

La abubilla

Qué bonito es despertarse con una buena tanda de martillazos acompañados de la música heavy que se pone el Diego para amenizarse la faena. La canción en concreto que estaba escuchando, él y medio pueblo dado el volumen de la misma, se llama lloviendo sangre que me lo ha dicho con mucho orgullo mientras atacaba las maderas esas a las que estaba asesinando.
Pues no creo que eso sea bueno para el desarrollo fetal, le he insinuado por ver si así se retractaba pero nada, él a lo suyo y la Lauri también a lo suyo, mano en el vientre, mirada ausente.
Que vayas a la compra, Eva, me ordena mi madre poniéndome en las manos uno de esos carros que tanto odio porque me quitan el poco glamour que poseo. Y también es mala suerte pero cuando ya volvía cargada de viandas (mi madre se piensa que la Lauri alberga quintillizos) y los puerros asomando con descaro por una esquina, veo venir de frente al Toni. Y yo que tenía pensado hacerme la interesante….
¿Se puede saber por qué no me contestas los mensajes ni a las llamadas de teléfono?, que sé que los lees.
Pues porque no me da la gana, Toni, por eso mismo, le digo sin dejar de arrastrar el carro cuesta arriba.
Ya sé que estás enfadada por lo de la chica nueva del bar pero si no ha pasado nada….si tampoco me gustaba tanto, va y se pone.
Es que te quiero recuperar, me grita pero sin ayudarme a subir el carro.
Pues te apuntas a una academia y a ver si tienes más suerte que con las matemáticas. Además, que sepas que mañana me voy, que vuelvo a trabajar.
Pero Eva, que he visto una abubilla, eso tiene que ser un augurio o algo, ¿tú sabes la de tiempo que estaba queriendo verla y se me resistía? Y ayer, cuando menos me lo esperaba, la abubilla con su cresta y sus alas rayadas plantada en un árbol. Y vuela como una mariposa gigante, mira así.
Pues no te creas que a mí me gustan esos pájaros porque huelen muy mal, son como las mofetas del aire.
Y ahí lo he dejado haciendo el abubillo porque si me paro se me van las fuerzas y a lo mejor me convence.

Me acuerdo

Existe un libro que se titula así, lo sé porque lo he visto en la estantería de la Patri mientras quitaba el polvo pero no he tenido la ocasión de leerlo, así que no sé de qué se acordaba el autor. Yo hoy me estoy acordando de cuando conocí al Toni.

Fue en la aquí llamada Universidad del Besugo, una academia que abría los veranos para los que suspendían las matemáticas, la física, la química o las tres a la vez, que también se daba el caso. No le habían puesto ese nombre tan marino por lo brutos que éramos todo los que íbamos sino porque su profesor, el tal Bermabé, tenía unos ojos abesugaos y en los pueblos la gente no deja escapar ni media. Que así de paso nos llamaban también besugos a los alumnos, pues, oye, dos pájaros de un tiro.

La academia era la casa del propio Bernabé que había habilitado uno de sus cuartos como aula. El cuarto daba un patio que tenía una parra con uvas y aunque estaban verdes sacábamos la mano por la ventana y las arrancábamos para comerlas, por hacer algo, cualquier cosa menos atender al Besugo .

El Bernabé tenía unos dedos muy largos y muy flacos y decía: cogemos un logaritmo y estiraba los dedos en el aire como pinzas apresando los invisibles logaritmos.
De eso me acuerdo, de eso y de que el Toni, sentado tres filas por delante se daba constantemente la vuelta para mirarme. Así no avanzamos, Antonio, le reprendía el Bernabé y tenía razón porque el Toni suspendió en septiembre y eso que ya estaba repitiendo.
Pues así, entre uvas verdes, logaritmos que volaban por los aires dejándose agarrar por esos dedos flacos, alumnos sudorosos que fumaban y hacían círculos con el humo (el Bernabé dejaba fumar porque él también fumaba) y un calor que nos dormía se inició nuestro romance. En la mismita Universidad del Besugo, de eso me acuerdo.

Buena nueva

Tañen y repican las campanas (son campanas, no se les puede pedir otro comportamiento), suenan y resuenan músicas triunfales, el sol brilla con más fuerza, el agua de las fuentes es más fresca y clara, dejan de ladrar los perros y hasta las chicharras se detienen para coger impulso y volver de nuevo con su hilo musical del verano. Algo va a pasar, algo está pasando, mi madre se desata el delantal con arrebato y lo arroja por los aires, mi padre se levanta de la silla que parecía tener adherida al cuerpo (resulta que no).
¿Qué pasa, qué acontece? Ah, ahora ya lo veo desde la ventana, ha llegado la Lauri y en estos momentos atraviesa la puerta del patio y avanza, despacio pero firme, conociendo muy bien el terreno que pisa, hasta abrazar a mis padres. Detrás de ella va el Diego cargado con unos tablones de madera. El Diego es su marido y nació con la tara de la afición  al bricolaje, pobre criatura. Pues ya estamos todos, o casi todos.

Bajo a saludar a mi hermana y por su sonrisita enigmática adivino que tiene una noticia que darnos. Sí, esa, que está embarazada. La tal noticia  provoca un delirium tremens a mi madre y una alegría contenida a mi padre. Yo también me pongo contenta porque voy a ser tía.

Una vez soltada la primicia,  la Lauri se mete de lleno en su papel de embarazada lánguida ( ella ya es bastante lánguida de por sí) y con una mano colocada sobre su tripa más plana que la mía se dedica a lanzar suspiros y a bostezar y a decir que todo huele muy mal, hasta el jabón. El Diego da martillazos a las tablas construyendo no se sabe qué, tal vez una cuna, tal vez nada y solo martillea de felicidad pre  paternal, mi madre sale por patas y en zapatillas a contárselo a sus amigas del hogar del ama de casa y mi padre vuelve a su silla, aún caliente, para informar al perro, no vaya a quedarse el animal en la ignorancia. Y yo, como no sé qué hacer, lo escribo en el blog.

Cierto que nuevos seres llegan al mundo a todas las horas del día y de la noche al igual que viejos seres lo abandonan, cierto que no es nada especial nacer como no lo es morir, son acciones muy generalizadas y, sin embargo, el nacimiento y la muerte, cuando son cercanos, siempre nos alteran y conmueven.  Qué señalados nos sentimos cuando nos atañen directamente, qué únicos y particulares como si la vida nos hubiera elegido solo a nosotros para desvelarnos parte de su misterio.

 

Media hora

Vamos a comer, anuncia mi padre a las tres cuando ya estamos sentados, las servilletas puestas y el tenedor en la mano. Él lo anuncia todo, si se va a lavar los dientes, lo anuncia, si se sienta también y si luego se levanta lo vuelve a anunciar. No le gusta pillar a nadie por sorpresa. Las noticias, avisa a continuación y le da al mando de la tele.
Masticamos virus mortíferos que se expanden sin control, tragamos bombardeos, niños ensangrentados, terremotos, ciudades en ruinas, accidentes de tráfico. Deglutimos casos de corrupción, mujeres asesinadas, intervenciones de bancos.
De vez en cuando y como si los responsables de los informativos se apiadaran de nosotros, se cuela alguna noticia veraniega como una playa abarrotada o una tortilla de patata gigante.

Pues vaya tontería, dice mi padre, se nota que no tienen nada qué contar. Si es que….cabecea mi madre. Qué mona es esta chica nueva, ¿verdad?, se da un aire a la Letizia.
Seguimos comiendo entre desgracias y tormentos ajenos relatados con impasibilidad por la presentadora mona. La comida nos sabe bien  y el sol entra por la ventana.  Un perro ladra y otro le contesta dos casas más allá, un pájaro trina, alguien da golpes con un martillo, pasa una moto ruidosa. Cuando llegan los deportes hemos terminado.
Estaba todo muy bueno, dice mi padre limpiándose con la servilleta.
Pues ya hemos comido y tan ricamente, pronuncia mi madre a las tres y media.