Mes: octubre 2014

Maneras de volar

Cuando cuido de la doña Marga y se duerme, cosa que ocurre con bastante frecuencia, me pongo a mirar por la ventana. Su ventana no es como la mía que solo se ve una pared de ladrillos, su ventana es más bien un ventanal y por ella entra un buen pedazo del cielo de Madrid con todos sus ingredientes. También entran otras cosas según hacia donde enfoques. Si miras para abajo ves el patio de un colegio con sus niños jugando dentro, saltando, corriendo, pateando balones, dando volteretas, empujándose, deambulando, formando corros y otras muchas actividades que desempeñan los niños en los patios.  Si desplazas la vista hacia el frente ves a esos mismos niños, serán otros pero parecen los mismos, dentro de las clases sentados en sus pupitres y la silueta de un profesor paseándose entre las mesas. A veces dos o tres de esos niños se asoman a la ventana, cuando se va la silueta,  a reírse, escupir o lanzar papeles.

En el tejado del colegio vive una urraca, posiblemente es más de una pero me pasa como con los niños, que me parece siempre la misma. Es una urraca muy dispuesta y afanosa, se pasa la tarde haciendo recados y gestiones. Vuela en línea recta, decidida y segura, en dirección a otro tejado que no veo, pasa allí un rato haciendo lo que tenga que hacer y vuelve a su casa. Y así varias veces, sin perder el tiempo ni entretenerse como hago yo siempre que puedo, con las ideas muy claras. Cuando empieza a anochecer se acomoda en una antena, tiesas las dos, y observa un rato su porción de mundo.

Justo en ese mismo momento un pequeño murciélago sale de su guarida dando tumbos, revolotea atolondrado, confuso, perdido el rumbo. Ay, que se choca contra una acacia, contra la fachada de la casa de enfrente, contra la farola. Pero justo antes de estrellarse cambia el sentido del vuelo, es un poco vacilón. Como hace calor los insectos no se han muerto todavía, por lo que abre la boca y se llena sin esfuerzo. Ya saciado sigue dando vueltas por el puro placer de darlas, los pájaros se han retirado a dormir y tiene el cielo solo para él.

¿Qué miras tanto por la ventana, qué hora es, llevo mucho rato dormida?, todo eso me pregunta doña Marga cuando intentaba decidirme sobre qué me gusta más si el vuelo flecha decidido, seguro de dónde va o el vuelo remolino atolondrao que hace virajes inesperados. Creo que soy más partidaria del segundo pero, por eso mismo, podría cambiar de opinión en cualquier momento.

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Punto y final

La editora empoderada ha vuelto con mucho trajín de tacones por el pasillo. A su lado el hada, que cuando se desplaza no hace nada de ruido, lo que para mí supone un gran inconveniente, parecía un ser frágil y etéreo a puntito de disolverse. No hay que engañarse que la Patricia tiene mucha fuerza interna y esas que pisan tan fuerte y hablan tan alto no son tan poderosas como quieren parecer.

Lo de su elevado tono de voz me ha venido muy bien para enterarme de toda la conversación sin necesidad de agazaparme tras ningún mueble. Instalada cómodamente en la cocina, tabla de la plancha de por medio, he podido escuchar la perorata entera. Resulta que tan emocionada que estaba con el libro de la Patricia y ahora le ve una pega y no menor, según ella: el final. Dice que parece un libro sin acabar, como si se hubiera cansado de la historia y la hubiera dejado tirada así, como el que se aburre de lo que se está comiendo y lo deja en una esquina del plato. (Eso lo hará ella porque yo me lo como todo y hasta rebaño).

Qué mujer más tonta, para ser del mundo editorial no sabe que eso es un final abierto, que no es que te hayas cansado, ni mucho menos, que por ti seguirías eternamente dándole vueltas a lo mismo pero que comprendes que todo tiene que acabar y, con gran dolor, cortas bruscamente porque si no lo haces de golpe y sin pensar ya no serías capaz de hacerlo y seguirías toda tu vida enfangada en los mismos personajes y la misma trama.

Esa es mi opinión aunque la de la Patricia no la sé porque ella, al contrario que su editora, habla en susurros. Pues no contenta con eso va y le sigue diciendo que no sólo parece que se ha cansado sino que también tiene la sensación de que no sabía por dónde seguir. Eso la verdad es que yo también lo pensé cuando leí su anterior libro, de cuyo título no quiero acordarme que luego me entran pervertidos al blog, pero es porque entonces todavía no estaba formada como lectora ni era culta, ahora tampoco pero algunos trucos del oficio ya me sé.

Patricia, perdóname que te sea tan sincera, se pone (ay madre, los sinceros qué peligro tienen) sabes que soy amante de tu literatura y profunda admiradora de tu modo de narrar (y muy cursi, también) pero creo que esta vez has sido un poco, ¿cómo decírtelo?, chapucera. (¿Chapucera mi hada?, qué ganas me estaban dando de soltar la camisa del Pelayo e intervenir).

A continuación he oído susurros durante bastante rato hasta el punto de que me estaba quedando medido dormida y mareada de ver rayas porque las camisas del Pelayo producen un efecto bastante psicotrópico si las miras fijamente, pero la empoderada ha vuelto por sus fueros librándome de las alucinaciones. Que le da un plazo de un par de semanas, tres a lo sumo, para que arregle ese cierre. Y se ha marchado taconeando con gran seguridad mientras el hada se quedaba toda espachurrada en su silla mirando fijamente la pantalla del ordenador. Tiene de fondo un único árbol en mitad de un campo como si se representara a ella misma en su soledad creativa.
Fíjate que por un momento me he sentido contenta con mis nada complicadas labores, no me gustaría a mí verme metida en ese lío. Ala, maja, a pensar finales que yo voy a seguir planchando rayas que se mueven.

(Resulta que me acaban de comunicar los del WordPress, que tampoco es que corran mucho, estarían ocupados repartiendo limones por los blogs, que hoy es mi primer aniversario. Yo creía que era mañana y tenía pensado algo especial pero ya que es hoy me podéis felicitar y el sorteo del jamón virtual  lo dejo para otro día.)

Nuevo y viejo

Ayer por la tarde llevé al Jacobín de visita a casa de doña Marga previo permiso de su madre. Pensé que a doña Margarita le gustaría ver un niño de cerca y estar en contacto con él. Y sí, le gustó mucho, se quedó muy admirada de lo nuevo que está en contraste con ella misma. Le miraba la cara, las manos, los pies como si no pudiera creer que existiera en el mundo algo tan sin estrenar.
El Jacobín también se entusiasmó bastante con la doña Marga, especialmente con su silla de ruedas y, más en concreto, con las ruedas de la misma. Tirado en el suelo las inspeccionaba como si fuera el mecánico de un taller. Es un niño que siente pasión por todo lo que implique rodamientos, lo mismo le pasa con las pelotas. Ruedas, pelotas y maquinaria pesada son sus grandes pasiones en esta vida y déjate de trazos.

Después de inspeccionarse mutuamente les di la merienda a ambos, los dos se manchan un poco al comer, la doña Marga de manera menos aparatosa y más contenida pero un poco también. Dice ella que por qué será que todo lo que resulta gracioso en un niño es repelente en un anciano, que todo lo que nos gusta mirar y nos provoca la risa y la ternura cuando proviene de una criatura pequeña nos repugna y nos da lástima en un viejo. Que no lo sabe y que no le parece justo.

Tampoco le parece justo que los niños puedan llevar esas prendas de vestir tan coloridas y alegres y los viejos se tengan que conformar con los colores apagados y ropas tan mustias como ellos.

Bueno, eso no será usted, le digo contemplando sus medias de gatos y sus trenzas con lazos amarillos. No, yo no, pero me tachan de ridícula y estrafalaria, claro que me da igual.

Todo transcurría idílicamente con lectura de cuento incluido aunque la Doña Marga daba cabezadas porque ella es más de literatura intensa y el Jacobín empujaba la silla por el cuarto comprobando la velocidad de la misma pero, de vez en cuando, hasta atendían.

Pensaba yo, qué tarde más buena, le voy a pedir a la Patricia que me deje traer más veces al niño, otro día podemos ir todos al parque….ideaba planes futuros cuando el reloj de cuco dijo son las seis.

Salió el cuco bruscamente y sin previo aviso, salieron después los tiroleses a bailar su danza pero ya era demasiado tarde. El Jacobín lloraba aterrorizado, se abrazaba a mis piernas, pataleaba contra el suelo, su cara nueva estaba lívida, tiraba de mí en dirección a la puerta, gritaba. Lo que se dice un ataque de pánico con todas sus aparatosos síntomas.

Es que es la primera vez que ve un reloj así y, sobre todo, es que no se lo esperaba, es el efecto sorpresa.

Ese que ya no me pilla nunca a mí, me contesta ella resignada a que el mundo no se avenga a sorprenderla y le muestre un día tras otro su misma cara petrificada.
Mejor llévatelo que lo está pasando mal. Pues sí, nos hemos tenido que marchar. Si sólo es un cuco, le he ido explicando por el camino, vive dentro del reloj y sale para dar las horas.

Cuco no, cuco no, negaba él sin prestar atención a mis poco lógicas explicaciones. Menos mal que en la calle un camión hormigonera girante y estruendoso ha conseguido hacerle olvidar sus penas. Camión sí, camión sí, decía agitando la cabeza con plena seguridad en sus preferencias vitales.

Mi madre por teléfono ( 10)

¿Hija?, ¿ estás ahí, verdad?

Sí, aquí estoy.

Pues justamente ahí es donde no tendrías que estar. Ni tú ni la Noemi. Qué disgusto tiene su madre y con razón, mira que ponerse a trabajar para los chinos…si es que os creéis modernas pero estáis desfasás, si ahora lo que se lleva es volverse a los pueblos, poner un huerto y vivir de vender los tomates y los calabacines por internet. Eso es lo moderno y no las vidas tan tontas que os habéis montado.

Es que a mí el campo no me gusta para vivir, ya lo sabes, es muy aburrido.

Eso según y depende, de todas maneras ya estoy más tranquila que hace unas semanas. Hay buenas noticias. Como me he despertado de madrugada y no me podía volver a dormir ,que desde que la Lauri está embarazada me dan sobresaltos, pues me he puesto la radio, la que tengo siempre bajo la almohada por si las moscas. Y lo han dicho.

¿Pero el qué?

Tanto Madrid, tanto Madrid y no vives en la actualidad, qué va a ser, que de eso malo de la corrupción hay pero poco, lo ha dicho el Mariano, el de la tele, y que los bancos ya no están estresaos, que les han hecho la prueba de los nervios y les ha dado bien, normal.

No sé muy bien de qué me hablas pero me alegro de que oigas cosas buenas por la radio

Sí,muy buenas. Mira, le voy a hacer la prueba del estrés a tu padre, a ver qué le sale. El perro, el perro, que se ha vuelto a escapar. Huy, este no la supera, le va a dar mal, si hasta se le ha caído la silla.

Qué mala idea tienes, pobrecillo, déjalo en paz.

Ya salió la defensora del padre, si ya sé que es tu preferido pero no te lo voy a tener en cuenta porque las madres lo perdonamos todo, todo pero todo, ya lo verás cuando seas madre, si es que lo eres. Y piénsate lo del huerto, te despejo la parte del fondo del patio y lo pones ahí, luego te abres una página web y cierras ya esa risión de blog que no te da beneficio alguno. Eso sí, tienes que meterle por algún lado la palabra ecológico, tú verás dónde se la quieres poner. El negocio ya lo tienes, hazme caso y deja al Toni.

¿Y qué tiene que ver el Toni con el negocio?

Nada pero una cosa no quita la otra. Y me voy que tengo que ir donde el Mariano a por filetes. El de la tele no, el de verdad, el de aquí de siempre, el carnicero.

Vía libre

Pertrechado con sus prismáticos, su mochila y su chaleco partió el Toni la madrugada del sábado destino el monte de sus amores. El Hipólito lo esperaba abajo, igualmente pertrechado, en el interior de su taxi. Que no entiende cómo me puedo quedar aquí con toda la contaminación y las carreras populares amenazándome por doquier.

Es que he quedado con la Noemi.

Peor me lo pones, zanja huyendo por las escaleras y mirando a izquierda y a derecha por si se topa con la mujer fea del perro feo.

Noemi, le grito por el móvil porque hay cosas que tienen que ser gritadas, ¡vía libre! El Toni no está, en cuanto termines de trabajar esta tarde, nos vemos. Y nos hemos visto, como para no verla.

Madre, mía, Noemi, qué junglesca vienes, pantalones de serpiente, camisa de pantera, bolso de vaca y zapatos de cocodrilo. Todo auténticamente falso por suerte para la fauna.

Se llama animal print, por si quieres saberlo, y es el must del otoño.

Ah, pues será eso. No si guapa vas, porque tú eres guapa congénita y llamativa también, así que….Mira, esa que viene por ahí es mi amiga la Esme.

Qué vieja, apunta groseramente la Noemi.

No es vieja, es madura que no es lo mismo.Pero tú, por si acaso, no le hables de edades que se pone muy violenta.

Una vez hechas las presentaciones nos hemos lanzado Gran Vía arriba. La Noemi iba todo el tiempo buscando famosos, la pobre es que acaba de llegar del pueblo y no sabe que la gente famosa no tiene ningún interés.

Que si ese era seguro el Cristian de Pasapalabra, que si ese otro le ha parecido el Fito de los  Fitipaldis y que si esa era la infanta Cristina con muy mala cara.

Digo, mira Noemi, es que los modelos fisionómicos están contados, no te creas que hay tanta variedad, si ves famosos es porque quieres verlos y deja ya de mandar guasaps a la Nerea y a la Nuri que todavía no has visto a ninguno de verdad.

Que paleta es tu amiga, ¿no?, me susurra la Esme parapetándose tras el abanico que siempre porta consigo para defenderse del cambio climático. Y yo que pensaba que se iban a llevar bien, se ve que la diosa de una repele a la diosa de otra como los polos iguales de un imán.

Nuestro paseo ha proseguido un buen rato entrando  y saliendo de tiendas y buscando lugares donde la Esme pudiera satisfacer sus urgencias urinarias. Ya veréis, monas, ya veréis las vejigas cómo se os van deteriorando, nos ha amenazado desapareciendo en el interior de un burger.

Y entonces, mientras esperábamos fuera entre la riada humana, ha aparecido un cazador (de tendencias) y al ver lo tendenciosísima que iba la Noemi ha decidido capturarla para su página web. La envidia que le ha dado a la Esme ver cómo era fotografiada mi amiga íntima.

Pues no lo entiendo, refunfuñaba, si va horrorosa a más no poder. Mira yo qué clase tengo y nadie me para ni me capta ni me dice nada. Se ha perdido el buen gusto y el mundo está del revés.

Ten cuidado con lo que dices, Esme, que esas frases son típicas de señora mayor, le he advertido con la mejor de mis intenciones. Pues le ha sentado mal y ha dicho que se iba, que no tenía ella por qué aguantar, a sus años (otra vez los años), semejantes groserías. Y se la ha tragado la boca del  metro de Banco de España.

Mira, Noemi, le digo para culturizarla un poco, eso de ahí enfrente es el Ayuntamiento y mas arriba está la Puerta de Alcalá. ¿Habrá famosos?, me pregunta ella toda obsesiva y después: ¿tú creees que tengo futuro como it girl? Hija, Noemi, para ser la del tomate que anglosajónica te me has vuelto.

Anda, ya ves, me contesta ella con esa frase típica de nuestro pueblo que vale para todo.

Los tres felices

Ya he contado que buscar la puerta de salida es la principal ocupación de don Margarito y sus compañeros de clase y aunque es verdad que la mayoría dedican sus energías a intentar escapar hay tres que se mantienen al margen. No es porque lleven más tiempo y se hayan rendido, es porque son más desmemoriados y ni siquiera tienen la intuición de que hay otro mundo cruzando la puerta. Se encuentran cómodos donde están porque ya no tienen referencias con las que comparar y han encontrado un nuevo papel que desempeñar en esta vida que tienen ahora.

La primera es la mujer madre, siempre lleva un muñeco entre los brazos y lo acuna, arropa, besa y achucha como si fuera de verdad. A su lado se sienta la segunda, otra mujer, la que dice nueve. Nueve, nueve, nueve, recita con una voz muy grave y convencida de la importancia de su misión. Una mañana logró pasar al diez y se asustó tanto que le tuvieron que dar una tila por haber roto sus rutinas tan de golpe. Al cabo de un rato y tras tres nueves temblorosos volvió con seguridad a su número de siempre.

El tercero es el hombre bueno de los jerseys tejidos a mano. Nunca se enfada con nadie y obedece ciegamente a las cuidadoras, come cuando hay que comer, duerme cuando le mandan dormir, canta cuando le dicen que cante y trata de calmar a los inquietos buscadores de puertas llevándoles de la mano y con mucha paciencia hacia sus sillones.

No sé por qué me dan casi más pena que los desasosegados que buscan la salida, por qué los compadezco si ellos son felices, a lo mejor es porque pienso que para ser feliz de verdad hay que ser consciente de la propia felicidad o porque yo, que los observo, sé sobre sus vidas algo que ellos no saben. Pero eso tal vez nos pase a todos si nos miran desde fuera.

Rutinario yo

Entre la doña Marga y sus diseños de muerte y el Toni con sus disertaciones mañaneras me van a volver tarumba. Que no se puede una tomar el café con leche sin tener a uno rumiando filosofías raras.

Pues no dice ahora que se aburre de ser él, que le cansa su cara, la forma de su cuerpo, sus dolores y lesiones pero también sus alegrías, aficiones, preferencias, deseos, temores, todos sus sus le hartan por demasiado conocidos.

¿No crees que es una parrafada demasiado larga y densa para estar recién levantados? Yo es que hasta que no ingiero el café, no rijo.

Pero él dale que dale: que qué difícil resulta a veces la convivencia con ese ser que somos y del que no existe divorcio posible, que qué limitado y cansino es ser siempre el mismo, conocerse tanto, anticiparse, saberse de memoria, pasar la vida encajonado, metido sin remedio dentro de las mismas fronteras, atados a nuestra particular forma de ver, entender e interpretar el mundo.

Eso no es del todo verdad, le digo ya con el café por la mitad y despierta a medias, porque las personas cambiamos, evolucionamos, no somos siempre iguales.

Sí bueno, pero el cambio s tan paulatino y lento, como una especie de erosión que ni si quiera nos damos cuenta, de modo que la familiaridad con el sujeto se mantiene.

Familiaridad con el sujeto pero, ¿de qué me hablas, Toni, hermoso? Además que te gustan mucho las frases pero si ahora mismo te anuncian que mañana te vas a morir y por lo tanto a separarte para siempre del sujeto ese, ¿estarías feliz o aterrorizado?

Pues ahí está la paradoja que no me aguanto pero tampoco soportaría abandonarme porque esa libertad del no ser da miedo y nos aferramos a lo único que tenemos y conocemos, a ese que siempre hemos sido y que por muy pesado y aburrido que sea, tanto, tantísimo queremos.

Bueno, pues cambiando de tema para aligerar un poco, no te lo he dicho, ¿sabes que la Noemi se ha venido a Madrid?

Pues lo que le faltaba a Madrid, me salta. Va a ser verdad que no puede dejar de ser él mismo.