Día: 6 octubre, 2014

La puerta azul

Los compañeros de clase del don Margarito tienen en común, además de haber  perdido la memoria, que se pasan el día buscando la puerta de salida con bastante desesperación. Esa puerta de salida, que está pintada de azul,  siempre está cerrada y por mucho que prueben a forzar el picaporte, no consiguen abrirla.

Exploran las paredes, deambulan por el pasillo en busca de otra puerta, investigan las ventanas y acaban tan cansados de sus fallidos intentos de fuga que terminan por dormirse en los sillones con una cajita de zumo entre las manos y el sonido de un televisor siempre encendido como nana demencial.  Cuando despiertan, recobradas las fuerzas, sueltan el zumo y vuelven a intentarlo de nuevo.

Y así hasta que alguien viene a buscarlos. El que sale lo hace muy deprisa y sin mirar atrás,con urgencia, sin querer saber nada de esos compañeros de desgracias que se arremolinan a su alrededor intentando aprovechar la apertura para escapar.

Las profesoras o guardianas o cuidadoras o todo ello a la vez, siempre alertas, los reconducen  con cansancio, llevan todo el día reconduciendo,  hacia las mesas donde volverán a jugar al quién tiene, a encajar piezas de madera en agujeros, a dar desganadas palmas al ritmo de una canción, a merendar derramando el café con leche y a mirar con ansia la puerta cerrada.

Porque aunque no se acuerden bien y les falten referencias  intuyen que algo no marcha bien, que ese no es un buen sitio, que después de ese sitio ya no hay otro y que la única salvación posible está tras la puerta, del otro lado, siempre del otro lado. Pero el otro lado ya no les pertenece, allí ya estuvieron haciendo eso de lo que ya no se acuerdan, siendo algo que han olvidado. Han cruzado la puerta azul, no hay vuelta.