Día: 15 octubre, 2014

Morirse

 

Ayer, mientras nos secábamos la mojadura del paseo de lluvia y charcos, la doña Marga se puso a hablar del morir. Y no digo a hablarme porque a veces no me habla a mí en concreto sino que se pone a pensar en voz alta sin importarle mucho el interlocutor que tenga delante.

Dice ella que debería haber cursos para aprender a morirse bien, que deberían ser obligatorios y que habría que matricularse pronto, sin esperar a tener ya encima el acontecimiento último, por llamarlo de alguna manera. Que no comprende cómo ese broche final que todos vamos a tener que poner a nuestro periplo se deja a la improvisación de cada cual.

Es que, perdone usted, la interrumpo yo, pero a esa academia tan fúnebre  no iba a querer apuntarse nadie, no iban a tener demanda.

Pues no entiendo el motivo, si la gente se muere tan mal es por falta de formación. He visto morir a muchos, a tantos y tantos…y salvo contadísimas excepciones, la mayoría lo hace de forma chapucera.

O eso o que el proceso en sí está mal diseñado, tiene un error de base y eso ya no hay clase que lo remedie. Deberíamos morir como el que apaga una luz, clic y se acabó, suavemente, sin agonías ni estertores ni dramáticas luchas. Abandonar el cuerpo como si de una cáscara se tratara, sin violencia ni dolor, ¿no te parece?, dice incluyéndome de repente en su charla al tiempo que me apunta con el bastón.

Baje el arma, doña Marga, que no sé si la lleva cargada y todavía no me he licenciado en morimientos. Además, ¿a qué viene tanta preocupación con la muerte si usted es inmortal?

Solo un poco, hija, solo un poco, dice con una risita y sacudiendo la mano en el aire como quitándose importancia.