Día: 28 octubre, 2014

Nuevo y viejo

Ayer por la tarde llevé al Jacobín de visita a casa de doña Marga previo permiso de su madre. Pensé que a doña Margarita le gustaría ver un niño de cerca y estar en contacto con él. Y sí, le gustó mucho, se quedó muy admirada de lo nuevo que está en contraste con ella misma. Le miraba la cara, las manos, los pies como si no pudiera creer que existiera en el mundo algo tan sin estrenar.
El Jacobín también se entusiasmó bastante con la doña Marga, especialmente con su silla de ruedas y, más en concreto, con las ruedas de la misma. Tirado en el suelo las inspeccionaba como si fuera el mecánico de un taller. Es un niño que siente pasión por todo lo que implique rodamientos, lo mismo le pasa con las pelotas. Ruedas, pelotas y maquinaria pesada son sus grandes pasiones en esta vida y déjate de trazos.

Después de inspeccionarse mutuamente les di la merienda a ambos, los dos se manchan un poco al comer, la doña Marga de manera menos aparatosa y más contenida pero un poco también. Dice ella que por qué será que todo lo que resulta gracioso en un niño es repelente en un anciano, que todo lo que nos gusta mirar y nos provoca la risa y la ternura cuando proviene de una criatura pequeña nos repugna y nos da lástima en un viejo. Que no lo sabe y que no le parece justo.

Tampoco le parece justo que los niños puedan llevar esas prendas de vestir tan coloridas y alegres y los viejos se tengan que conformar con los colores apagados y ropas tan mustias como ellos.

Bueno, eso no será usted, le digo contemplando sus medias de gatos y sus trenzas con lazos amarillos. No, yo no, pero me tachan de ridícula y estrafalaria, claro que me da igual.

Todo transcurría idílicamente con lectura de cuento incluido aunque la Doña Marga daba cabezadas porque ella es más de literatura intensa y el Jacobín empujaba la silla por el cuarto comprobando la velocidad de la misma pero, de vez en cuando, hasta atendían.

Pensaba yo, qué tarde más buena, le voy a pedir a la Patricia que me deje traer más veces al niño, otro día podemos ir todos al parque….ideaba planes futuros cuando el reloj de cuco dijo son las seis.

Salió el cuco bruscamente y sin previo aviso, salieron después los tiroleses a bailar su danza pero ya era demasiado tarde. El Jacobín lloraba aterrorizado, se abrazaba a mis piernas, pataleaba contra el suelo, su cara nueva estaba lívida, tiraba de mí en dirección a la puerta, gritaba. Lo que se dice un ataque de pánico con todas sus aparatosos síntomas.

Es que es la primera vez que ve un reloj así y, sobre todo, es que no se lo esperaba, es el efecto sorpresa.

Ese que ya no me pilla nunca a mí, me contesta ella resignada a que el mundo no se avenga a sorprenderla y le muestre un día tras otro su misma cara petrificada.
Mejor llévatelo que lo está pasando mal. Pues sí, nos hemos tenido que marchar. Si sólo es un cuco, le he ido explicando por el camino, vive dentro del reloj y sale para dar las horas.

Cuco no, cuco no, negaba él sin prestar atención a mis poco lógicas explicaciones. Menos mal que en la calle un camión hormigonera girante y estruendoso ha conseguido hacerle olvidar sus penas. Camión sí, camión sí, decía agitando la cabeza con plena seguridad en sus preferencias vitales.