Día: 13 noviembre, 2014

Pandemias

El Jacobín ha adquirido en su guardería un virus de poca monta. Mi intención y la de su madre era llevarle a clase con mocos y normalidad pero ha dicho la Isabel, la profesora del trazo y el botón, que mejor se quede en casa que no se quiere arriesgar a desencadenar una pandemia. Y dicha esta tontería nos ha dado con la puerta del aula en las narices para gran alegría, contento y alborozo del Jacobín que como todavía no tiene el concepto del tiempo muy establecido se ha debido de creer que no va a volver más.

Pues llévatelo un rato al parque que el aire puro le vendrá bien, me indica la Patricia que lo que quiere es quedarse sola como el árbol de su fondo de pantalla. Eso, digo yo, a que disemine el virus entre los infantes no escolarizados que los males compartidos son más fáciles de sobrellevar. Y hemos partido rumbo a nuestros antiguos territorios.

Mira, Jacobín, majo, ahí está la Esme más aburrida que una mona, ya verás qué contenta se va a poner cuando nos vea. Esmeralda, hemos vuelto, la he gritado agitando el brazo mientras el Jacobín iba derecho a la caja de las chuches y se aponsentaba en el mostrador cual reyezuelo que recupera el trono.

Me vienes muy bien, me suelta la Esme, porque he escrito un microrrelato y te lo voy a leer a ver qué te parece, es que me he apuntado a un taller y nos han puesto deberes.

Otra que escribe, esto si que está ya cobrando dimensiones de pandemia y no los mocos del muchachito. Vivo rodeada de grafómanas y tal vez yo misma lo sea. Algo no anda bien cuando a todas nos da por lo mismo, empiezo a sospechar.

¿Me escuchas o no?, me dice con impertinencia la Esme sacándome de mis reflexiones. Pongo cara de suma atención y oigo lo siguiente:

“Cuando despertó, el quiosco todavía estaba ahí”, ¿qué te parece, a qué es bueno?

Me parece que no vale porque ya existe, solo que donde tú has puesto quiosco el autor puso dinosaurio.

Tú misma lo has dicho, hay una palabra distinta y eso cambia el sentido de todo el relato, perdón, microrrelato. Total, que no es el mismo ni por asomo. El mío es mucho mejor, ni punto comparación.

¿Y eso por qué?

Porque se entiende lo que quiero decir y en el otro no. ¿O es que tú has entendido alguna vez esa chorrada del dinosaurio?

No mucho pero el tuyo tampoco lo entiendo y encima no es original.

Pero ¿cómo no lo vas a entender si me refleja por completo? He querido expresar mi cansancio, mi hastío, mi tedio vital y lo hartita que estoy de tener que venir a este puñetero quiosco cada mañana de mi vida. Y si no entiendes eso es que no sabes nada de microrrelatos ni de mí tampoco y una amiga que no sabe nada de la otra no puede llamarse amiga.

Menudo recibimiento que me estás dando Esmeralda, ya hablaremos tú y yo pero ahora tengo que ir a buscar al Jacobín que está amedrentando a ese grupo de niños sin lenguaje ni control de esfínteres.

Venga, niño, no abuses de tu poder con los de pañales por mucho calzoncillo de Bob Esponja que portes, pero qué caliente estás, yo creo que te ha subido la fiebre. Nos volvemos a casa, digo tirándole del brazo.

Mi microrrelato es muy bueno, me increpa la Esme desde el quiosco, y tengo más, todos con la misma estructura, todos empiezan con cuando se despertó y terminan con todavía estaba ahí pero la palabra del medio nunca es la misma.  ¿Tú crees que me podrían editar un libro? Yo lo veo bastante factible.

Claro, claro, le grito ya con un pie en la calle y una ligera tiritona. Pandemias, pandemias, pandemias, repite mi cerebro enfebrecido.