Día: 16 noviembre, 2014

Días ciclotímicos

Hay días que vienen al mundo consecuentes con ellos mismos desde el principio hasta el final. Días que amanecen luminosos y permanecen así hasta que se mueren sin que una sola nube venga a estropearles sus fuertes principios. O días en los que llueve y llueve y no cabe otra posibilidad  más que agua cayendo de un cielo opaco. No mutan, ni se alteran, ni se contradicen. Qué aburridos me parecen esos días tan equilibrados.

Prefiero los días inestables, caprichosos y antojadizos que, conscientes de su brevedad, deciden probar diversas maneras de ser, capaces de pasar de un estado de la materia al otro inesperadamente. Pueden comenzar de forma gaseosa con nieblas envolviéndolos, nubes que se desplazan mezcladas con el humo que asciende de las chimeneas, la velocidad disminuida, la gente difuminada en su interior como si estuvieran a punto de volverse también ellos nube, niebla o humo.

Sin previo aviso el día se licúa, el agua que cae con fuerza se impone a tanta volatilidad afirmándose sobre el estado anterior. Llueve apasionadamente, el día entregado de lleno a su liquidez. Pero como es ciclotímico y no puede estarse quieto, de repente se cansa de lo acuático y se solidifica: se inunda de luz, regresan los cuerpos con toda su materialidad a recorrer las calles duras, de aristas bien definidas. Ya nada es vago ni impreciso ni flota, ni asciende ni se desdibuja.  Todo se muestra tal cual es, bien trazado, ejecutado con firmeza, virtudes y defectos bien a la vista, brillante, recién lavado.

Qué seguridad tiene lo sólido, qué capacidad para el engaño, qué bien finge la permanencia.

(Del cuaderno de la doña Marga)

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