Día: 12 diciembre, 2014

Silla rota con nubes al fondo

Hace días se rompió una silla del comedor. La separé de las otras y la puse en un rincón para que nadie se sentara. La miro y pienso que hay que arreglarla, que no se puede quedar eternamente una silla rota en un rincón, el rincón de la silla rota. También pienso que las otras no están rotas pero emiten un crujido sospechoso, que seguro que en cualquier momento se rompen ellas también y no sé si debería llevarlas a arreglar antes de que se quiebren y tenga que buscar más rincones para irlas aislando, como si fueran infecciosas, y la mesa se quede vacía, sin nada a su alrededor y los rincones se llenen de sillas inservibles.

Todo eso pienso mientras miro la silla y me acerco a tocar el travesaño partido, astillado, con una madera en punta muy peligrosa y aprieto ese saliente contra el resto del respaldo como si por apretarlo con el dedo se fuera a recuperar. La silla pesa y no puedo llevarla sin ayuda a una tienda de arreglar sillas, tampoco sé dónde está esa tienda ni si existe. Tengo apuntado el teléfono de un carpintero que vino una vez a arreglar dos puertas. Lo busco y lo leo pero no marco, solo miro la silla en su rincón y el hueco que ha quedado en la mesa. Y me siento en las otras sillas y compruebo que sí, que crujen, que están cansadas y a punto de reventar, como yo.

Me desplazo hasta el sofá y miro por la ventana, pasan nubes cambiando de forma, el viento las lleva alegremente hacia el norte. Mirando el viaje de las nubes se me contagia su felicidad, su ligereza y me olvido del carpintero, de la silla rota, del hueco que queda en la mesa, de que todo se rompe, de que yo también crujo y me astillo y me parto y ningún carpintero va a venir a encolarme.

(Cuaderno de doña Marga)