El Universo conspira

Tienes que pasarte hoy por el parque sea como sea, me comunica Esmeralda telefónicamente a media mañana.

No va a ser fácil, Esme, es que…

Yo no he dicho que fuera fácil, he dicho que te vengas que voy a enseñarte una cosa que te vas a quedar alucinada.

Pues si no me avanzas algo no voy, tienes que tentarme más.

De acuerdo, visualiza la situación: diez de la mañana, avanzo hacia el quiosco envuelta en nieblas, qué día más asqueroso, ¿verdad? como sucio, me están dando ganas de lavarlo.

Ibas muy bien pero te has torcido, sigue por donde la niebla, cíñete a la información y no metas opiniones que lo estropeas.

Bueno, retomo: Esmeralda, una atractiva mujer de…(los años no los digo que ya lo sabes y tampoco es un dato relevante)…avanza casi a ciegas entre la niebla en dirección a su puesto de trabajo, un quiosco en mitad de un bello parque. Bello sí puedo decir, ¿no? porque aunque esto de la belleza es bastante relativo, todos estamos de acuerdo en que el parque del Retiro es muy bello. Y atractiva también por el mismo motivo.

Venga, puedes pero hasta ahora no percibo novedad alguna en lo que me estás contando, ergo, no voy.

No sé de dónde te has sacado el ergo y casi que no quiero saberlo, atenta: la tal Esmeralda camina con desencanto, eso se nota en que arrastra los pies y mira hacia abajo en vez de hacia arriba. Su desencanto es debido a que todos sus proyectos se frustran pese a ser buenísimos, el por qué lo desconoce, lo que sí conoce es a otras personas mucho más necias que ella, dónde va a parar, que alcanzan el triunfo y llegan a las metas que se han propuesto con gran regocijo. Ella tiene pocos regocijos de esos.

Ahí has metido otra vez opinión y no sé dónde quieres desembocar.

Pues en el instante en que la protagonista de este relato breve, muy breve, es decir, yo misma, ve posado en un banco gélido un objeto rectangular. Se acerca a mirar pensando que será cualquier chorrada sin importancia que alguien se ha dejado por descuido, no olvides que está muy desencantada. Al acercarse ve que es un libro. Se pone las gafas de cerca sin las cuáles no ve nada, no por la edad sino por la niebla, y lee: el alquimista. Qué coñazo, piensa la mujer bella y misteriosa.

Me está entrando la risa

Nada de risas que me estropeas el momento cumbre o álgido, como prefieras: lo abre al azar y, ¿qué lee?

No sé, ¿qué?

Esto: “el universo conspira para que tus deseos se cumplan”. Música apoteósica, apertura de cielos y rayos de sol incendiando su magnífica cabellera sin teñir porque no le hace falta, que no tiene canas. Eso no ha pasado pero no me digas que lo de encontrar el libro, que eso sí, no es una señal.

¿Una señal de qué?

De que mis deseos están próximos a hacerse realidad porque si el Universo conspira…

Te advierto, Esme, que esa frase está mal construida porque conspirar quiere decir que entre varios se pongan de acuerdo para lograr algo malo o perjudicial, luego, por no decir otra vez ergo, tus deseos no se pueden cumplir si provienen de una conspiración.

Primero que si ergo y ahora que si te defino conspiración, no sé qué haces dándole al mocho cuando podrías estar sentadita en la RAE. Mejor no vengas porque tienes una de esas mañanas pedantes,racionales y agoreras y me vas a chafar la ilusión. Estoy convencida de que esto es una señal, una advertencia del destino, un aviso, todo eso y mucho más.

Escucha el final: la mujer llega a su puesto de trabajo, abre el quiosco y se sienta en su interior esperando clientes, no llegan porque hace una mañana de perros que pa qué,pero no le importa porque sabe que grandes acontecimientos aguardan. Acaricia el libro, se cruza de brazos y espera tranquilamente a que sea el Universo quién dé el primer paso, que no queda bien tomar siempre la iniciativa, delata ansia.

Adiós, Esme, cuelgo que viene mi jefa por el pasillo con cara de que también conspira y no precisamente para que mis deseos se cumplan.

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4 comentarios en “El Universo conspira

  1. Qué bien te manejas con todo eso del desencanto y todas esa frases hechas que todos copiamos incluso aunque, oídas en otros, nos riamos de ellas. Pero durante toda la vida el lenguaje lo vamos adquiriendo por impregnación y nada impregna más que la tele y la radio. Nos lo dan hecho.

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