Día: 20 febrero, 2015

Novio claro y novio oscuro

La casa del novio oscuro era, como es lógico, oscura. Las cortinas, de tela pesada, estaban siempre echadas, los muebles eran oscuros y también los objetos que había sobre ellos. El largo pasillo era oscuro y desembocaba en una cocina oscura y grande, con todos los instrumentos precisos pero muy utilizados, deslustrados ya.
Los padres no estaban nunca en la casa pero a veces sí un hermano al que era mejor no ver ni que tampoco nos viera, por lo que cuando se oían sus pasos, corríamos a escondernos en el cuarto del novio oscuro que siempre estaba lleno de libros amontonados. Al otro lado del tabique se oía la tos del hermano o un movimiento de silla. Nos reíamos. La risa del novio oscuro era muy clara. Antes de salir de su casa oscura nos mirábamos en el espejo de la entrada, abrazados, y nuestra imagen era luminosa y feliz.

La madre del novio claro pintaba cuadros en la cocina. Eran cuadros alegres de escenas cotidianas con muchas flores, pájaros, árboles y coloridas casas. Todas las paredes estaban llenas de esos cuadros y por toda la casa había plantas, música, hermanas gritonas que se peleaban y reían a la vez, que entraban y salían de la cocina donde pintaba la madre como si fuera un escenario y ellas las actrices. Aunque mi deseo era estar con el novio claro en su cuarto, antes tenía que participar en esas escenas de conversaciones locas y risas con café y galletas mientras el novio claro miraba oscuramente desde una esquina, sin sentarse a merendar, analizando.
A la salida, junto a la puerta, la madre había colocado un retrato del novio claro cuando era niño. Era un cuadro gris y verde, sin flores ni pájaros ni casas, en el que destacaba la mirada negra y secreta del novio claro.

(Cuaderno de doña Marga)