Día: 23 febrero, 2015

Las manías de doña Marga

La doña Marga es muy maja y yo la adoro por todo lo que me enseña, por lo animada y original que es, por sus cuadernos, por cómo se viste con esas ropas tan coloristas, por cómo se peina con sus trenzas y horquillas de gatos, por las meriendas a las que me invita aunque ella casi no coma y se pase todo el tiempo mirando cómo zampo yo, creo que a ella le gustaría poder comer así pero su estómago es delicado y pequeño, el mío no. A veces se ríe y me dice que no entro en los cánones de belleza actuales pero que no me importe porque tengo mi personal atractivo. Vaya, que me llama gorda pero con mucha delicadeza, lo cual es de agradecer porque hay otros (no cito a nadie) que me lo llaman directamente.

Pero la doña Marga también tiene sus cosillas, quién no, y una de ellas es que es muy presumida y bastante competitiva. De lo que más le gusta presumir es de años, porque es poderosa en edad, claro está, que a ver quién puede decir que ha llegado a los ciento dos con la mente intacta y un cuerpo bastante saludable. Cierto que casi no puede andar, que está bastante cegata y un poco sorda pero dice ella que esas carencias no son tan malas en realidad porque le van preparando a uno para el despegue final. Cuando nos conocimos presumía mucho  de fortaleza física y longevidad pero conmigo ya no tiene bastante, me lo ha dicho ya tantas veces que el efecto sorpresa, que es de lo que ella disfruta, está agotado. Y por eso se dedica a contárselo a todo el mundo que ve por la calle cuando salimos de paseo, les conozca o no, mejor si no.

Nos paramos en un semáforo para cruzar y ya está ella moviendo la cabeza a un lado y a otro en busca de público. Generalmente la miran porque su atuendo, su silla de ruedas tuneada, toda ella es muy llamativa y atípica y entonces solo tiene que soltar su preguntita, “¿cuántos años crees que tengo? Antes de que el otro se decida a aventurar un número entre ochenta y noventa, nadie se atreve a más, ya esta ella proclamando: ciento dos y soltando la posterior carcajada de triunfo sobre la muerte, que es así como yo la interpreto.

Lo malo es que si no pillamos semáforos en rojo y el camino es más lineal, la doña Marga no se siente feliz del todo y va clavando el bastón en las piernas de los que pasan para que se paren y poderles preguntar la edad que creen que tiene. He intentado que deje el bastón en casa, total no lo utiliza en la calle porque va en su silla trono, pero no quiere. Cosas de centenaria, supongo, que tampoco conozco a tantas.

Y luego está lo del blog, es que se está volviendo muy acaparadora y competitiva. Todos los días me investiga,¿hoy que has escrito en el cacharro ese? Y si le digo que cosas mías, de la Esme, del Toni, del Jacobín o de la Patricia, mis temas habituales, noto que se enfada un poco aunque no lo diga abiertamente. Se calla poniendo el morro torcido y al rato vuelve a la carga, ¿y de mis cuadernos cuando vas a sacar algo? Pues ya saqué ayer y el martes también y hasta el domingo.
Ah, bueno, dice ella tocándose la trenza derecha y quedándose como pensativa. Y luego, ¿y gustó a las personas? No es que me importe, dice haciendo un gesto de indiferencia, pero por saber…vaya que si no le importa, tengo que leerle todos los comentarios y decirle el número de “me gusta” que ha cosechado.  Después me pregunta que cuántos me han puesto a mí y si ella tiene más le sale una sonrisita muy maligna y hasta los gatos de las horquillas lanzan destellos o esa sensación me da a mí.

y no quiere repartir los premios, dice que son nuestros, que nos los han dado a nosotras, más bien a ella sé que piensa, y que nada de ponerlos a circular por otros blogs, que se quedan aquí, con nosotras para siempre. He intentado explicarle el concepto de compartir, como si fuera el Jacobín, y la idea de que los premios se dan para que la gente se conozca y se lea y no para acapararlos. Pues se hace la dormida.

¡Qué cosas,a sus ciento dos años!