Mes: marzo 2015

Como el mar

Que le recuerdo al mar, me ha soltado el Toni. Qué bonito, Toni, es lo más romántico que me has dicho en mucho tiempo (en cualquier tiempo, si me paro a pensarlo). El extraño suceso ha acaecido mientras lo estábamos mirando hipnotizados ( que así  es como lo miramos los seres de meseta profunda). Al instante se lo he guasapeado a la Noemi, es un defecto que tengo, lo guasapeo todo o, si no, lo blogueo o las dos acciones a la par. De las otras redes no tengo, no he querido por el bien de mi formación que también tengo que leer de vez en cuando.

No te fíes, ha sido su lacónica respuesta. Anda ésta, qué envidiosa, como a ella no tiene pareja estable… El último con el que estuvo le duró una semana,  lo justo para decirle, “Noe, te quiero lo que más ” y salir corriendo. El caso es que me he quedado pensativa mirando al mar por un lado y al Toni de reojo por el otro. Estaba muy quieto y callado, muy tacitúrnico. Digo, por romper tan incómoda situación: Toni, me ha gustado mucho esa comparación que has establecido entre mi persona y el mar, pero querría saber por qué. Yo creía que me iba a decir que por su misterio, su inmensidad, por la cantidad de bolsas de plástico que atesora que yo también soy muy de atesorar bolsas de plástico, pero no. Nada de eso. Que se lo recuerdo porque cuando parece que me voy a callar, vuelvo a empezar y así sigo infinitamente.

O sea, que soy un loro, digo propinadole un codazo. Yo no he dicho eso, me matiza, sino que entre una frase tuya y la siguiente hay muy poco espacio para el silencio, como entre una ola y otra. Eso no puede ser bueno pero no se lo quiero contar a la Noe porque me va a contestar con el odioso “ya te lo dije”. Por eso lo blogueo, para desahogarme, pero ahora me callo (a ver si puedo)  que estoy de vacaciones y tengo que mirar fijamente al mar para llevármelo de vuelta bien impreso en las retinas o donde quiera él imprimirse. Es verdad, parece que se calla pero luego no.  Vuelve otra vez y otra y otra.Igualito que yo.

Materiales

El poeta malo se ha estado fijando, con gran atención lo ha hecho. A base de tiempo, estudio y anotaciones ya lo tiene, ahí está todo lo necesario extendido sobre la mesa. Tiene la luna, unas cuántas estrellas, tiene la lluvia, vientos y mares, montes y pájaros. Un páramo también. Tiene desolación en abundancia, miedo a la muerte, amor, amor tiene muchísimo, sexo bastante, desesperación, pesar por el paso del tiempo. Tiene hasta una lata de sardinas y un vagón de metro. Sangre, calles vacías y llenas, vísceras, abundancia de atardeceres con diferentes colores y matices. Y manos y bocas y muslos y pubis y pechos. Soledad para poner por las esquinas.

No le faltan infancias ni madres ni troncos secos, tumbas ni cunas, tormentas, agujeros negros, brisas, besos. Por si acaso se ha agenciado además un contenedor de basuras, un semáforo, una caja y un espejo. Por ir alternando. Alternando va con todo eso. Lo mezcla, lo conjuga, lo rima, lo compone, lo gira, lo mueve, lo ordena. Colocado no está mal pero queda un poco tieso.

En sus minuciosos análisis ha visto que a veces es mejor desordenar, dejar que el caos fluya.  Tira todo abajo, deja fluir el caos. Y el caos fluye, inunda todo el poema,  lo desborda, es un mal poema muy caótico, con todos esos materiales flotando sobre su turbia superficie, a la deriva. No entiende el motivo. Lo lee una vez con un ritmo, otra con otro, más deprisa, más despacio, cambiando de entonación, sentado mirando al frente primero y paseándose cabizbajo después. No sabe qué ha podido pasar, por qué al otro, con esos mismos elementos, incluso con alguno menos,  le salió esa maravilla que todos alaban con emoción, recitan y hasta citan y al él ese  poema tan malo que lo más que da es risa y hasta un poco de vergüenza.

(Cuaderno de doña Marga)

Padre, madre y niña con palo

Cansados de la larga tarde de fiesta, del sofá, de las paredes, de los cuadros colgados en ellas, de los cantos de los libros en las estanterías, de las fotos de sí mismos, de lámpara que parpadea, de la lluvia que ha estado cayendo, el padre, la madre y la niña salen a dar un paseo.

Ponen los leotardos a la niña, el abrigo a la niña, el gorro a la niña. La niña protesta por los leotardos, por el abrigo, por el gorro. Forcejea, lloriquea y se retuerce pero, al fin, sofocados, salen.

La calle está muy vacía y silenciosa porque es fiesta, parece otra calle distinta y no la suya de todos los dias, hace viento  y los charcos del suelo indican que ha llovido mucho. Se encuentran con otras familias que han tenido la misma idea, pero las calles siguen, aun así, estando mucho más vacías de lo que suelen, hasta se oye algún pájaro trinando en los árboles. La madre se lo comunica al padre. El padre no dice nada o porque no le interesan los pájaros o porque no tiene la necesidad de comunicar lo que ve, siente o piensa.

La madre sí, la madre sí tiene esa necesidad, le gusta ir relatando  todo lo que va viendo y entremezclarlo con sus pensamientos y sensaciones. Mira esa casa qué rotas tiene las ventanas, ¿vivirá alguien? Pero si esa tienda es nueva, a ver lo que dura abierta, de las tres que te dije que había nuevas  han cerrado dos. El padre no se acuerda de las tres que le dijo pero se calla porque, de no hacerlo, la madre lo explicaría y esa explicación se iría encadenando con otras y con otras más.

Caminan muy despacio porque tienen que seguir el ritmo de la niña, el de sus cortas y rechonchas piernas que se tambalean ligeramente, todavía no han logrado la destreza de un andar seguro y entrenado. La niña se distrae con todo. Si ve un pequeño escalón quiere subirlo y lo sube, luego quiere bajarlo y lo baja. Subir  y bajar, subir y bajar es muy divertido y nada fácil, con cada intento está a punto de caerse y el padre tiene que agarrar su mano aunque ella, rebelde, intenta zafarse.

No me quiere dar la mano,se queja el padre a la madre. Nunca quiere, por eso es mejor que vaya en sillita. Pero queremos que se canse, opina el padre. En eso están de acuerdo, en eso y en que son ellos los que se están cansando con ese paseo tan lento por sus calles habituales pero vacías. No se lo confiesan porque se quieren y están dando un paseo con su hija pequeña, a la que adoran, en un día de fiesta. Eso tiene que ser bueno, eso es bueno aunque sea aburrido.

La niña acaba de ver un palo tirado en el suelo, un palo es un juguete maravilloso, se agacha torpemente y lo coge feliz.  Tira ese palo, le ordena el padre, el palo está sucio, advierte la madre. Pero la niña no quiere tirar el palo, quiere dar sus torpes pasos con el palo en la mano, meterlo dentro de los charcos y revolver como si fuera una sopa, batir , agitar salpicando la ropa a sus padres y avanzar con el palo en alto o arrastrarlo por la pared para que raspe.

Ahora sí que no avanzan, se han quedado detenidos en una esquina, justo en la esquina donde se juntan las corrientes de tres calles y el viento sopla con fuerza. Los pelos de la madre se levantan, el chaquetón del padre se agita, el vestido de la niña se infla como un globo. El padre sube a la niña sobre sus hombros y trota, necesita mover las piernas, correr, desfogarse un pco. El palo le va rozando en la sien y una vez se le mete en el ojo.  La niña se ríe con gran histerismo.

Mira, va comentando la madre, están saliéndoles las hojas a los árboles, qué bonito, me gusta la primavera cuando empieza, por ahí vienen otros con un niño, él sí va en sillita, en esta cafetería tienen unos pasteles buenísimos, cuando estuvimos en Lisboa los comimos, qué bien nos lo pasamos en ese viaje.  El padre no dice nada, bastante tiene con salvaguardarse del palo. De vez en cuando trota, la niña ríe, la madre ríe, el padre ríe.

Parecen una familia feliz y es verdad que  son felices aunque el padre piense que la madre habla mucho y la madre piense que el padre no habla nada, aunque  se aburran con una intensidad que nunca creyeron que experimentarían. Tan fuerte que parece que los empuja contra el suelo y los deja convertidos en aplastadas siluetas.

(Cuaderno de doña Marga)

Comentarios de los viajeros

Estoy contenta porque la Patricia me ha dado unos días de vacaciones y he conseguido que el Toni se avenga a salir de su zonas de confort ( el sofá y el monte de nuestro pueblo). Aunque todavía no las tengo todas conmigo porque él es muy de cambiar de idea en el último momento y alegando alguna enfermedad  potencialmente mortal deshace la maleta y me deja tirada. Ya he vivido esta experiencia en anteriores ocasiones. Por eso digo que no termino de fiarme. Es que aborrece viajar, es un ser sumamente sedentario que sufre cuando le apartan de sus terruños.

Venga, Toni, anima esa cara, le digo esta mañana, que nos vamos a hacer una escapada. En buena hora he pronunciado esa palabra. Que no diga escapada, que odia ese vocablo casi tanto como el de “finde”, que es sólo oírlo y le dan ganas de matarse y de matar. Será al revés, digo yo, porque si te matas primero pocas fuerzas te van a quedar ya para lo segundo. Y como le he preguntado cómo tenía que llamar a una salida de tres días, que viaje me parecía un poco desmedido, me ha dicho que lo llame ganas de enredar, moverse por no estarse quieto o desplazamiento sin sentido con alto riesgo de atasco.

Bueno, accedo a no decir escapada nunca más en mi vida pero ve buscando un hotel barato para nuestro desplazamiento sin sentido. Mal, si es que no escarmiento, del alojamiento me tengo que encargar yo porque a él nada le parece bien. Es un forofo de mirar esas páginas donde la gente que ha estado antes deja sus comentarios pero, en lugar de fijarse en los cuadraditos verdes que justo al lado viene lo positivo, él anda a la caza de los rojos donde ponen lo malo y así va descartando uno tras otro.

Aquí ni de coña, le oigo hablando solo, sábanas rotas, serán guarros… Este tampoco, “ruido entre habitaciones y ruido de la calle”. A ver este, “olor a cañerías”, para oler a cañerías me quedo en casa que también huelen pero por lo menos son las mías.  “Hacía un frío que pelaba en las habitaciones, óxido en la bañera”, pues si que…, “mosquitos, no pudimos dormir en toda la noche”, descartado. Almohada muy alta, me levanté con dolor de cervicales”, fuera también. “Almohada demasiado baja, el colchón se hundía y hacían ruido los muelles”, otro que no. “No había cacahuetes en el mini bar”, hombre pues vaya mierda.

Lo que os digo, como siga así me veo pernoctando en un cajero automático, único lugar donde los que duermen no dejan comentarios.

Pasado, futuro y presente continuo

Resulta que sí, que la Esme tuvo un novio presidiario, me lo ha contado esta mañana al resguardo del quiosco mientras la lluvia caía sobre el tejado de chapa haciendo el ruido que hace la lluvia cuando cae sobre los tejados de chapa. Justamente ese.

Ante mi cara de pasmo se ha justificado con que en aquellos tiempos, los de su juventud, era bastante normal pasar por el talego (ella usa ese argot delincuencial), era el auge de las drogas y no sabían ni que eran tan malas ni las aberraciones que te empujaban a  cometer. Éramos inocentes y jóvenes y consumíamos sustancias mientras escuchábamos los alaridos de Janis Joplin y la guitarra de Hendrix, nosotras nos pedíamos a Janis y ellos al Jimmy. Nos creíamos inmortales, invulnerables y especiales y ya ves. Una masacre, guapa.

Madre mía, la Esme politoxicómana y yo sin saberlo. Pero oye, Esmeralda, sigo indagando morbosamente mientras la lluvia arrecia, ¿tú has sido drogadicta? Me responde que no, que ha conocido a muchos, que ha visto degenerarse a otros tantos y hasta a morir a alguno pero que ella, aunque algo cató porque estaba en el ambiente, se mantuvo bastante al margen.

O sea,digo yo por aclararme las ideas y por liarla un poco que no tengo ganas de irme a trabajar, que la droga en los tiempos esos que dices caía del cielo como el maná bíblico y te entraba por la boca y por otros orificios como si fuera aire.

Que tampoco es eso, que algo de voluntad también había que poner.

¿Y al novio ese, por qué lo metieron preso?, sigo con mi interrogatorio. Lo enchironaron porque trapicheaba, me aclara ella utilizando de nuevo su más escogido vocabulario. Poca cosa, era un pringaíllo. Todos lo éramos. Por qué habré perdido yo tanto el tiempo, se pone a lamentarse agarrándose de los pelos o mesándose los cabellos, como más os guste. Si hubiera estudiado cuando tuve la ocasión ahora podría ser física nuclear, jueza o  cirujana y no una quiosquera de medio pelo.

Qué raro que una persona cambie tanto, si la Esme es uno de los seres humanos más sanos que conozco, no me la imagino yo en ese papel. Se lo digo para ver por dónde me sale: no te imagino,si llevas una vida de lo más sano, no fumas, odias el tabaco y eres hasta talibana de los humos, no bebes más que zumos y agua, sigues la dieta de Serrat, la del Mediterráneo, caminas tu hora al día con tacones y todo. Vamos, que eres todo un ejemplo viviente de buenos hábitos, deberías ser portada de la revista gratuita de la farmacia.

Mi cuerpo es mi santuario, se pone ella frunciendo los labios en plan monje cisterciense. Sí, claro,  lo del gregoriano será ahora , pero antes de reciclarse de santuario me parece a mí que fue más bien un garito con mucho trajín. Esto solo lo he pensado pero no lo he dicho que se tira de los pelos otra vez o me tira de los mios, justo hoy que me he pasado la plancha para que no se me enfosque con la humedad.

O sea que la Janis, le digo dejando caer lo de su modelo a imitar. No dice nada, se ve que ya no quiere hablar más así que tengo que tomar de nuevo la palabra. Yo sólo he conocido a uno que se drogaba en mi pueblo , le llamaban el yinyanes porque se aficionó a los tripis con ese motivo dibujado. Acabó muy malamente, se tiró desde lo alto de unas rocas creyendo que podía volar pero no pudo, menos mal que cayó a la presa, que ese verano llevaba agua y mucho no le pasó. Luego se quedó sin dos dientes delanteros pero por otros motivos. No sé qué habrá sido de él, no le he vuelto a ver.

Cállate ya, Eva, me dice el santuario ,que se me está poniendo mal cuerpo. Hablemos mejor del futuro que del pasado, el pasado ya no tiene remedio pero el futuro lo podemos diseñar a nuestro antojo. Se me está ocurriendo un plan, la lluvia es muy inspiradora, ¿no crees?

A mí me inspira más el sol y en cuanto al futuro que sepas que no existe porque cuando llega ya es presente. El presente continuo es lo único que tenemos.

Pues va y se enfada porque dice que le plagio las frases, que eso me lo dijo ella a mí hace no tanto y que cómo tengo el morro de intentarle colar como propio semejante concepto .

Pues yo estoy convencida de que esa idea tirando a filosofal, como la piedra, es mía, qué queréis que os diga.

Juegos

Una hilera de niños sigue a Manuel el portero cuando a media tarde abandona el crucigrama y se levanta para colocar los cubos de basura o regar. Los niños están jugando a carreras, a policías y ladrones o al escondite pero, en cuanto ven que Manuel sale, interrumpen el juego y se colocan en fila detrás, cojeando como él.

Es muy divertido imitar los andares rengos del portero, sentir lo que siente desplazándose con una pierna normal y otra estirada detrás que se arrastra. Les sale muy bien porque han ensayado muchas tardes. Algunas veces incluso prueban cuando no está el portero, igual que cuando juegan a ser ciegos avanzando con los ojos cerrados y tanteando con las manos. Es bastante más difícil ser ciego que cojo. Ser cojo es fácil, no tiene tanto mérito Manuel.

El portero nunca se enfada ni les regaña ni les insulta ni va con el cuento a los padres. Él sigue a lo suyo, indiferente a la cola infantil que se mueve tras él, como si no se diera cuenta de que acarrea una fila de imitadores. Lo sabe porque, a veces, riéndose, se gira repentinamente y les apunta con la manguera como si les fuera a mojar. No les moja aunque podría.

La manga riega que aquí no llega, le gritan los niños nerviosos deshaciendo la fila y dispersándose. Desearían que se atreviera a mojarlos, que los empapara, que los persiguiera cojeando, que se defendiera. Pero solo los asusta un poco, solo apunta y, si acaso, lanza un poco de agua hacia un árbol lejano y se ríe mostrando unos dientes desparejos. Luego vuelve a su mesa, despacio, con la pierna a rastras y ya sentado, retoma el crucigrama.

El juego divertido ha terminado, se acabó por hoy la fila de falsos cojos detrás del cojo verdadero. Vuelven al escondite, a las carreras, a policías y ladrones pero desganados, sin el interés de antes. A última hora de la tarde se sientan a comer pipas sobre la valla. Manuel también descansa, se fuma un cigarro apoyado en el cubo de basura. Mira a lo lejos, por detrás de los árboles, donde empieza la carretera, su cara difuminada por las volutas de humo.

(Cuaderno de doña Marga)

Traumas de infancia

Hoy vengo a traer (esta es una frase que se dice mucho en los blogs y a continuación te exponen lo que traen, ya sea la receta de una tarta de moras o una funda de ganchillo para el móvil) Pues yo vengo, porque vengo que antes no estaba aquí y ahora sí y eso es venir. Y a traer, porque algo traigo y esto es: dos traumas de infancia. Todos tenemos los nuestros, yo os enseño los míos y así comparamos. Habrá quién diga, pues no, no me los hallo, mi infancia fue un paraíso de armonía y felicidad. Me alegro y hasta lo comparto, yo también fui básicamente feliz lo que no quita para que no haya podido almacenar un par de traumas con los que adornar mi vulgar biografía. Tener un traumilla que otro anima la vida de cualquiera y le da otro aire.

Suéltalo ya, pesada, estoy oyendo gritar al otro lado. (Oigo voces que me increpan, esto empieza a ser grave). Que ya voy, qué impaciencia, los hay que no saben disfrutar de los preliminares. Aquí está:  mi trauma empezó con una cancioncilla popular que me enseñó mi madre (ojo a las depuradas técnicas de desarrollo de la autoestima de mi progenitora) y que yo bailaba y cantaba sin atisbo de rubor, como suele decirse. En mi inocencia y panfilez no sabía que esas personas que se reían no lo hacían por mi gracia intrínseca sino por lo que decía la canción.

El cántico lo iniciaba algún familiar con la siguiente entrada: ¿a dónde vas culona con tanto cuuuulo? (La música os la podéis inventar, era animadilla), a lo que yo, dándome la vuelta y meneando esa parte de mi anatomía, contestaba con alegría y buen humor: “a la pescadería a por un besuuuugo”. Todos se reían entusiasmados con mi arte( eso creía yo), me aplaudían y jaleaban y el número se repetía unas cuántas veces. Menos mal que entonces no existían las redes sociales, de la que me libré. Así hasta que descubrí que me estaban llamando gorda y dejé de entrar al trapo. Pues no sé por qué ya no quieres bailar, protestó mi madre cuando me negué, con lo graciosa que estabas. Este es mi trauma número uno. Sigue leyendo (no te lo dice la plantilla del wordpress, te lo digo yo)

Para obtener mi segundo trauma infantil tuve que esperar unos cuantos veranos. Frisaba los ocho años, al igual que los protagonistas de ciertas novelas que nunca tienen una edad definida sino que la frisan. Pues frisando los ocho estaba cuando hete aquí, que pega mucho con frisaba, que mis padres decidieron alquilar junto a mis tíos y su numerosa prole una casa en un pueblo todavía más pequeño y palurdo que el mío.

El por qué de esa decisión tan absurda lo desconozco. Cuánto mejor hubiéramos estado en una playa abarrotada torrándonos sin protección solar y esquilmando el Mediterráneo. Pero no, eligieron ruralizarse aún más y alquilaron una casa con vaquería incluída. Sí, ese lugar donde viven las vacas. También vivían dos toros, se llamaban Eusebito y Gustavín. De los nombres de ellas no me acuerdo, eran muchas, excepto de una, de esa me acuerdo y me acordaré siempre porque se llamaba igual que yo: Eva.

No hace falta que explique el juego que dio a los bestias de mis primos (lo eran, no es venganza post traumática) que una vaca compartiera nombre conmigo ni la de mugidos que tuve que escuchar de sus necias bocas. Tampoco voy a describir  aquel verano porque no me va el papel de niña atormentada. Solo os diré que a todos ellos, eran seis, les apasionaba ordeñar, también hay que tener mal gusto, y que todos se peleaban por ordeñar a mi tocaya. Y este es mi segundo trauma de infancia: compartir nombre con una vaca y ser ordeñada simbólicamente por mis primos.

Y como he visto que también hacen en otros blogs para fomentar los comentarios, copio la estrategia sin cortarme un pelo y termino con una pregunta: ¿cuáles son vuestros traumas de infancia? Animaos a contarlos que esto no lo lee nadie y no os voy a cobrar la consulta. Permaneceré en silencio y sin opinar al modo de los más prestigiosos terapeutas.

Postpost: todo lo contado en esta entrada no es ficción aunque pueda parecerlo. Basado en hechos demasiado reales (para mi gusto)