Día: 6 marzo, 2015

El parchís

Por las tardes, la abuela gorda y la abuela flaca juegan al parchís, alguien les coloca el tablero en la mesa que está entre medias de las mecedoras, sin preguntar si quieren jugar o no. A veces quieren y otras no tanto pero juegan igualmente cada tarde.

Mucho antes de que empiece la partida ya está la abuela flaca moviendo el dado dentro del cubilete rojo de plástico. A la abuela gorda le molesta ese clin, clin, clin anticipado, parece que la está amenazando. También le irrita que la otra mueva las fichas trazando pequeños redondeles sobre el tablero, pero esa molestia viene luego, cuando la partida ha comenzado. La abuela gorda mueve la ficha de forma lineal y decidida, como una flecha la hace avanzar por las casillas y como cuenta mentalmente, sabe muy bien dónde la va a colocar, no duda.

La abuela flaca sí duda, hace circulitos con la ficha contando sobre la marcha y la ficha se le queda pegada al dedo, la sacude y ya no sabe dónde la tenía que poner. Pero la abuela gorda sí lo sabe, se lo indica con la punta del abanico, la flaca desconfía. Como ella es tramposa piensa que la otra también lo es.

La abuela gorda siempre se pide el color azul, color que también se pediría la abuela flaca si no fuera porque la otra lo da por suyo. Por eso menea la ficha en el cubilete rojo antes de que empiece la partida, por fastidiar un poco, porque le toca el rojo o el verde o el amarillo pero nunca el azul y el azul es su color preferido. Su vestido es azul, azules sus zapatos, azul la chaqueta y el pañuelo que lleva en el bolsillo tiene un reborde azul y sus iniciales bordadas en azules.

La abuela gorda dice muy alto te como y cuento veinte y se da un golpe triunfal en el pecho con el abanico. La abuela flaca no dice nada pero come igual, sin perdonar jamás porque en los juegos no se perdona y, si puede, mueve la ficha hacia delante cuando la otra no mira y la mete en el seguro. No le gusta nada el rojo.

Cuando terminan la partida, la abuela flaca sigue agitando el dado dentro del cubilete mientras mira cómo juegan los niños o cómo se forman nubes de mosquitos y moscas en un rayo de sol. Si la abuela gorda ha ganado, el clin, clin, clin ya no le incomoda, como si no lo oyera. De hecho, no lo oye.

(Cuaderno de doña Marga)