Día: 8 marzo, 2015

Tabiques

El vecino de la derecha tiene alergia a las arizónicas. Desde que ha empezado la temporada de polinización oigo sus violentos estornudos a través del tabique. Los sábados invita a comer a la familia – hermanos, sobrinos, cuñados y una madre- y discuten con voces desabridas tapando los estornudos. Al principio pensé que se llevaban mal pero, después de escuchar sus sobremesas sábado tras sábado, sé que no se pelean entre ellos sino que es su forma familiar y hasta entrañable de comunicarse, a gritos y con mucha indignación.

Al vecino de arriba le gusta cantar dos arias de ópera a la hora de la siesta. Yo no duermo la siesta por lo que me libro de la incomodidad que supondría quererla dormir y no poder a causa de Recóndita armonía o de Una furtiva lágrima, las dos que canta. Al tiempo que acomete esas dos arias, recoge la cocina con mucho ruido de platos y arrastrares de sillas. Luego se calla y solo oigo el zumbido del friegaplatos. Sospecho que él sí duerme la siesta.

La vecina de abajo insulta al marido, le llama idiota, lerdo, bobo y estúpido. Él le pide cosas, constantemente: Aurelia, mi pantalón; la toalla, Aurelia, que voy a ducharme; los platos , Aurelia, que estoy poniendo la mesa; el dinero, Aurelia, que bajo a comprar y la lista, Aurelia, que no sé lo que hay qué comprar. Eres idiota, idiota, idiota, oigo decir a Aurelia con mucha rabia, a punto de llorar. Imbécil, memo, añade luego. Qué hombre tan inútil, señor, no he visto nada igual. La puerta se abre y el ascensor recoge al marido idiota.

Achús, achús, achús, retoma su alergia el vecino del derecho cuando sus familiares ya se han ido, despidiéndose con mucho jaleo en el descansillo.  Y yo iba a ponerme a tararear el inicio, solo el inicio, de una Furtiva lágrima, es lo único que me sé y se me ha quedado grabado como la musiquilla mala de un anuncio de detergente, pero me callo porque me doy cuenta de que ellos están ahí, que pueden oírme. No quiero que el de la derecha me atribuya aficiones operísticas, que el de abajo crea que es una venganza burlesca para despertarle de su siesta, que Aurelia opine que soy tan idiota o más que su marido.

Voy a la cocina arrastrando los pies para no hacer ruido y me preparo un café, lo bebo mirando por la ventana, los calcetines del de la derecha son de rayas moradas y se agitan  en la cuerda como si quisieran enviarme algún mensaje cifrado.

(Cuaderno de doña Marga)