Día: 10 marzo, 2015

Dos maneras de estar muerto

Manera uno

Justo amanecía cuando un pájaro pequeño, posiblemente un gorrión, sacó con el pico el alma de R que se hallaba prisionera en un cuerpo dolorido y desgastado y se la llevó por la ventana. Sobre la cama de hospital quedó una cáscara en pijama a la que tontamente se abrazaron llorando sus familiares. Mientras tanto, el alma feliz de R pasaba por encima de los tejados, por encima de los montes, por encima de las carreteras, los ríos, los puentes. Le gustaba esa sensación de no pertenecer a nada, esa liviandad, esa ligereza.

El pájaro dejó el alma de R junto a un arroyo, sobre zarzas y hierbas salvajes. Otras almas retozaban por ahí, esperando el momento de volver a encerrarse en un cuerpo, de definirse, de establecerse. Reían alocadamente, saltaban de una piedra a otra, se revolcaban por el suelo, jugaban cuando querían jugar y dormían cuando querían dormir. El alma de R en ningún momento sintió añoranza de su anterior vida y lamentó no haber perdido antes el miedo a dejar de ser.

Manera dos

Fue un mirlo el que se encargó de arrancar del cuerpo del señor D su alma enamorada. Lo hizo bruscamente y con esfuerzo porque el cuerpo estaba aceptablemente sano y oponía resistencia, no quería dejar de transitar por el mundo. Con un recorrido similar al del gorrión la lanzó desde arriba, ahí, donde el arroyo y las zarzas.

El alma de D era nostálgica y poco adaptable a los cambios. No entendía la alegría de todas esas locas ni sus risas ni sus juegos, se sentía perdida y fuera de lugar y trató, sin éxito, de volver a su antiguo cuerpo. Huyó del arroyo y se instaló en un parque infantil, debajo de su casa. Algunas tardes la que había sido su mujer bajaba con el que había sido su nieto a los columpios. El alma de D, disfrazada de bolsa de plástico, se le enredaba entre las piernas. Qué sucia es la gente, decía ella, agarrando la bolsa con rabia y tirándola a la papelera.

(Cuaderno de doña Marga)

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