Día: 12 marzo, 2015

Aberraciones de la vida

El don Margarito lleva unos días ingresado en un hospital a consecuencia de una neumonía. La doña Marga está muy agobiada porque no puede ir a verlo y porque piensa que se va a morir. No es la única que lo piensa, también lo piensan los médicos y las enfermeras y por supuesto la doña Repolluda que prácticamente ya está organizando el funeral y no deja de repetir la frase “es lo mejor que podía pasar” y eso que todavía no ha pasado.

No estoy yo tan segura de que la muerte del don Margarito sea inminente, ayer la doña Marga me mandó de visita para que le trajera información y otro punto de vista y a mí me pareció que el don Margarito tiene impulso vital suficiente para ir tirando otra temporadita y mala leche para rato.

Sus ansias de fuga siguen intactas, su odio a las enfermeras feas, también, su afán de meter mano a las guapas, lo mismo, y sus ganas de fumar están estables porque hasta con el oxígeno puesto se lleva un imaginario cigarrillo a la boca y expulsa un humo invisible con la mar de estilo.

La verdad es que daba bastante pena verlo con esas canillas tan flacas que le asomaban por debajo del camisón del hospital y escupiendo el puré que trataban de darle. Comprendo su aversión a semejante potingue, mira que yo me como casi todo pero eso tenía una pintarra pero que muy mala. Le ofrecí un poco de mi bocadillo de chorizo y se comió un trozo o más bien lo royó, luego me lanzó muchos besos con la mano como si le hubiera salvado de algo terrible.

Eso mismo le he explicado a doña Marga para animarla pero mucho caso tampoco me ha hecho. Parecía que hablaba sola, decía que la vida permite aberraciones tales como que un hijo muera antes que una madre o que una madre llegue a desear la muerte de un hijo. Después se puso a disparar con el bastón a los tiroleses del reloj, de nada tienen la culpa esos muñequitos danzantes pero hay que reconocer que si no tienes buen día pueden resultar muy molestos.

Por hacerle un favor  me puse a quitarle la cuerda pero la doña Repolluda me lo impidió alegando que los relojes de cuco, además de informar de la hora, hacen mucha compañía.  Cuando se iba por el pasillo en dirección a la cocina, la doña Marga la disparó a ella también.