Día: 17 marzo, 2015

La vida misma

Se ha recuperado. El don Margarito, digo. Y le han dado el alta con gran disgusto por parte de la doña Repolluda que ya se veía liberada de por lo menos uno. Salía él muy contento del hospital, también iba muy contento por la calle pero una vez que nos metimos en el taxi de camino hacia su casa empezó a ponerse nervioso. Y en su casa se puso más nervioso todavía y quería irse otra vez. Es lo que le pasa, que siempre quiere irse de donde está porque no sabe dónde está y cree, en su confusión mental, que hay otro lugar mejor. Ahora que lo pienso, eso nos pasa un poco a todos, que nunca queremos estar precisamente donde estamos y la inquietud por buscar otro destino nos reconcome. Bueno, a mí eso me pasa poco porque soy un ser acomodaticio en grado sumo pero sé de otros muchos que sí y no es necesario que señale a nadie.

Qué tragedia más grande, clamaba la doña Repolluda por el pasillo, qué pena de ocasión desperdiciada, hasta cuándo, hasta cuándo (Catilina vas a abusar de nuestra paciencia), me salía a mí sin saber por qué. Son de estos conocimientos provenientes de la etapa escolar que se te quedan grabados sin relación con nada más y salen a relucir cuando menos te lo esperas.

Lo cierto es que el don Margarito ha salido del hospital mejor de los pulmones pero mucho peor de todo lo demás. Dice la Esme que eso es muy típico, que a un novio que tuvo ella le pasó lo mismo cuando salió de la cárcel, que estaba peor que antes, más malechor. Digo, pero Esme, ¿tú has tenido un novio presidiario? No, mujer, que era un broma, se pone ella con cara de para qué habré hablado. Vamos, que sí aunque ahora diga que no. La Esme tiene un pasado un poco turbulento que trata de ocultar aunque a veces se le escapan datos.

Y hablando de datos y por hilar finamente un párrafo con otro, este es el nuevo dato que os aporto: mi jefa está embarazada. Si ya sin criatura en las entrañas es bastante mística no me quiero ni imaginar lo que puede ser ahora que el llamado milagro de la vida se gesta en su interior. Ella ya sabe lo que viene después pero mi hermana Lauri no lo sabía y anda muy desesperada, pues no me llama ayer toda llorosa y me confiesa que no sabe si le gusta ser madre. Dice que le da miedo quedarse sola con la niña pero que más miedo le da cuando vienen las abuelas a ayudarla e irrumpen en su hogar opinando de todo y marimangoneando. A ver, Lauri, aclárate, sola o acompañada. No lo sé, no sé nada, me duelen los puntos, tengo sueño, no me da tiempo ni a ducharme, la Manuela tiene cólicos y yo parezco una vaca lechera. La vida misma, Lauri, ya eres una madre pero que muy real y no esas pánfilas idílicas que habitan en los ficticios mundos de las revistas.

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