Día: 2 abril, 2015

Geriátrico primaveral

La ciudad se ha quedado vacía, solo quedamos los viejos y los que nos cuidan. En realidad no se ha quedado vacía porque es muy grande y una ciudad tan grande nunca se vacía del todo. Salen unos y entran otros. Pero mi barrio sí está vacío, con un silencio que no me gusta, con un silencio que me asusta.

La señora que me cuida me saca de paseo a media tarde aprovechando que hace sol. A dar el paseito, me dice con un tono de voz falsamente animado. La primavera eatá empezando, algunos árboles han florecido, despuntan las yemas de otros, pequeñas hojas recién nacidas, suaves y nuevas, se mecen al sol, sus sombras sobre las tapias.

Llegamos hasta una plaza donde otros viejos como yo ocupan los bancos con sus cuidadores al lado.  Está el viejo tapado, arropado con bufandas, ese no habla, su cuidador siempre mira el móvil. También está la de la silla de ruedas y el de la gorra. La cuidadora de la primera aprovecha para fumar, la del otro para hacerse la manicura.

Nosotros los viejos, cascados y doloridos, buscamos algo en movimiento donde posar la mirada. A los viejos nos atrae el movimiento, ese del que carecemos, nos da sensación de vida. No nos gustan las cosas quietas como los bancos, las fuentes de las que no mana agua, el asfalto vacío. Cuando pasa un autobús  salimos de nuestro sopor para mirarlo: se mueve, avanza.

La ciudad vacía es triste, se han ido los niños, se han ido los jovenes, se han ido todos los apresurados, el ruido del tráfico que no nos molesta porque estamos medio sordos casi todos. A ratos pensamos que  nos han abandonado, que nunca volverán. Otros miramos con extrañeza esta ciudad de la que todos huyen en cuanto pueden.

A los viejos no nos gustan los días de fiesta, son aún más largos, más lentos, más desolados. No nos gusta estar solo entre viejos. A los viejos no nos gustan los viejos.

Deseamos que lleguen los días laborables con sus prisas, ruidos y jaleos, que la vida vuelva a recuperar su tono, que las tiendas abran, que la gente llene las calles, que los niños vayan y vuelvan del colegio, que cuando nos saquen los cuidadores a la plaza a eso de la media tarde,a tomar el sol de la primavera, tengamos algo que mirar, mucho que mirar y  no se nos caiga la cabeza para abajo ni la baba, invadidos por el sopor de una tarde de fiesta en la plaza vacía de esta ciudad con aires de geriátrico.

(Cuaderno de doña Marga )