Día: 4 abril, 2015

De rondón

Así es como, según el Toni, nos la han colado. Resulta que muy cerca de los parajes naturales por donde hemos estado estos días hay otro paraje más natural todavía. Ese lugar no se puede visitar libre y alegremente, si te pica la curiosidad tienes que apuntarte a una visita guiada. A mí me picó desde el primer momento pero no conseguía sacar al Toni del estudio minucioso del entorno marino que estaba llevando a cabo. Que a él no lo movía nadie de ese banco de piedra puesto en lo alto desde donde se divisa toda la costa, porque el Toni a la playa no baja, a él le gusta tomarse las cosas con perspectiva.

Total, que me puse tan pesada que accedió. Sacamos dos entradas y nos presentamos bien temprano a las puertas, imaginarias, porque puertas propiamente dichas no tiene,  del paraje  natural a más no poder con sus especies protegidas y todo. En esas mismas puertas imaginarias aguardaban ya otros tantos como nosotros pero mucho mejor pertrechados. Toni, le digo por lo bajo, no venimos preparados, llevan todos  botas de montaña, chalecos con bolsillos, sombreros para el sol, cámaras profesionales y palos de selfis.

Panda gilipollas, yo me largo, reculó él al observar el artilugio en cuestión. Odio este tipo de cosas organizadas. Pero como odia prácticamente todo, no le hice caso. Calla, majo, que por aquí viene el guía, míralo qué apañao, ya hemos pagado y ahora no nos vamos a quedar sin ver los parajes incorruptos. En unos folletos decía que han sido muy poco hollados por los pies del hombre.

Por los pies del hombre no sé, pero por las ruedas del jeep en el que nos subieron y de los otros que nos precedían sí. Porque no había solo uno, eran varios y llevaban números, como los autobues de Madrid. Por hollar que no quede. Qué ilusión, Toni, le digo apretándole el brazo, ya salimos. Esto me huele a timo, expresó él con la alegría y confianza que le caracteriza.

La verdad es que mucho no se veía, pinos a un lado y a otro, hierbajos, matorrales, lo típico de estos territorios. Eso sí, pegábamos muchos botes porque el guía conductor no perdonaba un bache, conducta que quieras que no, le ponía cierta emoción al asunto y te inducía a pensar que estabas contemplando algo fuera de lo común. La gente sacaba sus cámaras con objetivos enormes por las ventanillas y fotografiaba cosas, cosas que nosotros no veíamos pero que el guía decía que estaban ahí y cosas que sí veíamos pero que no nos parecían dignas de ser fotografiadas.

Estos subnormales se  creen que son del National Geographic, decía el Toni cada vez más indignado. Y es que el guía, que hablaba más que yo y sin tan siquiera la deferencia de un breve silencio entre una parrafada y la siguiente, acababa de detener el jeep con violento frenazo, como debe ser, para explicarnos, in situ,  lo que era el romero y la lavanda. En nuestro pueblo hay de eso a patadas, de ahí el cabreo del Toni. Uno de los intrépidos expedicionarios aprovechó la parada para echarle una foto a un escarabajo que se paseaba por el suelo del lugar.

Hay que ser pardillo, pues no se pone a hacer fotos de un bicho que si lo ve a las puertas de su casa le pega un pisotón…No es lo mismo, Toni, este escarabajo es de paraje natural no hollado por humanos pies, compréndelo, y se pasea por encima de un acuífero, que lo acaba de decir el hombre. Es que no prestas atención, te pasa lo mismo que en el colegio.

Huy, qué cabreo se agarró, que por qué siempre le tengo que enredar con tonterías, que qué manera tan necia de tirar el dinero, que la poca fe que tenía en la humanidad la acababa de peder,  que nos la habían colado de rondón y que seguro que le habían quitado el sitio en su banco de otear horizontes y mares. Por moverse. Un poco de razón sí que tenía porque la verdad es que el monte de nuestro pueblo es igual o hasta más bonito y tiene unos escarabajos mucho más gordos, ni punto comparación. Y sí, el banco estaba ocupado.

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Parecidos

En el número 44 de la calle  vive una mujer que se parece a mí, que se parece mucho a mí. Por las mañanas, a eso de las ocho, cuando salgo  de casa para ir a trabajar, ella sale también. Cruzamos casi a la vez por el mismo paso de cebra y llegamos hasta la misma parada de autobús. Mientras esperamos nos miramos de reojo.

Como ella se baja un poco antes no puede saber que el edificio de oficinas en el que trabaja es muy parecido al edificio en el que yo trabajo. Tan parecido que podría ser el mismo solo que no lo es. Ignoro qué tipo de tarea desempeñará en su interior pero, sea la que sea, le deja, como a mi, la tarde libre.

Algunas de esas tardes me la encuentro paseando por el mismo parque que yo frecuento, un parque pequeño con pinos raquíticos y una fuente en medio.  Se ha quitado la ropa de oficina, como hago yo, y la ha sustituido por una vestimenta del estilo de la que yo llevo: zapatos cómodos tirando a feos, vaqueros, una  simple chaqueta azul. No me gusta como viste. Casi siempre va de azul como si ese color fuera, al igual que el mío, su preferido.

También solemos coincidir en el supermercado barato  donde llena el carro de yogures con bífidus, pan de molde integral, pavo en lonchas, manzanas…cosas así, sosas, aburridas, siempre de marca blanca, como las que llenan mi carro.

En el parque, la he visto, se para de vez en cuando para hacer fotos con el móvil a las flores, a las ramas, a las piedras, a las sombras. Luego se sienta en un banco y abre un libro que apenas lee, como si le costara concentrarse.  Nunca he sido capaz de leer en los parques, no me puedo concentrar, y también me paro a hacer fotos a flores, ramas, piedras, sombras y otras ridiculeces.

Qué mal me cae la mujer que se parece a mí, que se parece mucho a mí, que se parece tanto a mí que perfectamente podría ser yo misma. Solo que no lo soy. Yo soy yo.

Esta mañana, mientras esperábamos el autobús, me ha sonreído como si, consciente de nuestras afinidades, quisiera iniciar un acercamiento. He mirado para otro lado, ni loca me haría amiga de alguien así.

(Cuaderno de doña Marga)