Los muertos simpáticos

Qué simpáticos, agradables y llenos de virtudes le parecían los vivos una vez muertos. Por eso les dejó espacio en el estante derecho del mueble del salón, justo al lado de las fotos de comunión de sus hijos, encima de la colección de búhos de cerámica, debajo de los quince tomos de la enciclopedia del saber que nadie consultaba pero que no se atrevía a tirar porque, ¿cómo iba a tirar un compendio así de saberes de todo tipo? Eso estaba mal, tan mal como no honrar a los muertos. Pero que no siguieran muriéndose porque ya le estaba faltando espacio y tampoco le hacía gracia que acapararan un segundo estante.

Todos los días los miraba un ratito, bueno, casi todos, algunos se olvidaba. Miraba más a los que estaban recién muertos y a los otros un poco menos porque la vista se acostumbra a todo y deja de ver lo que tiene delante. Le causaban emoción sus rostros congelados, sus facciones que en vida había detestado ahora le parecían puras y humanas. Habían sufrido, pobrecillos, habían acabado mal, muy mal, se habían muerto. Ella no. Con un plumerito les quitaba el polvo y los colocaba en líneas de tal manera que unos no taparan a otros, que no hubiera muertos protagonistas y otros secundarios.

Incluso hablaba un poco con ellos, no mucho que tampoco estaba loca, lo justo, alguna frase de cariño corta, algún mensaje breve. Los nombraba con apelativos entrañables, apelativos que nunca utilizó en vida porque en vida le caían mal todos esos parientes, hacían cosas ofensivas, eran egoístas, aprovechados, rencorosos, tacaños, glotones, lujuriosos, borrachos, relamidos, orgullosos, pesados, con halitosis. No cada uno todo ello junto pero  sí en conjunto. Y más defectos de los que ya no se acordaba porque no quería ponerse a sacar lo malo, qué lástima, cómo podía pensar eso de esas caras detenidas en un único gesto. De esas bocas que ya no hablaban para decir palabras hirientes o gastar bromas tontas o pedir, pedir, pedir.

Que tranquilos y apacibles y  amables y modestos eran los muertos, qué poco incordiaban encerrados en sus marcos de plata de ley. A veces, llevada por la emoción, por el perdón, por el amor les rezaba un padre nuestro rapidito.  Descansad en paz decía después con toda su benevolencia pero ya agarrando el bolso para salir a la calle llena de latosos y enredadores vivos.

( Cuaderno de doña Marga)

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10 comentarios en “Los muertos simpáticos

  1. Que bueno!, me encanta, es más me están viniendo a la cabeza imagenes de una tía abuela que tenía que era así(bueno no sé lo que era, realmente, era prima de mi abuela). ¡Mi abuela me obligaba a ir a verla! :s :s
    Un saludo

  2. Cuando llega “la hora de las alabanzas” se necesita que el que estuvo vivo sea ya una imagen, un icono. Pasa a ser uno más a los que dedicamos culto. La muerte es la penitencia que administra el sacramento de la vida. Por eso, después de morir, ya sólo podemos ser buenos. Imposible recaer en nuestras faltas.

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