Día: 10 abril, 2015

Los Ascos

Nada más comer íbamos a buscar a Sara que siempre estaba vistiéndose o desvistiéndose, peinándose o despeinándose, pintándose o despintándose en mitad de un cuarto lleno de ropa amontonada, de gomas del pelo, de pinturas. La cama desecha con unos cuantos peluches sucios y apretujados en un rincón. Tardaba mucho en decidirse, se probaba todo pero nada le convencía, tampoco le convencíamos nosotras, nuestro atuendo sin gracia.

Pruébate esto, decía a una o a la otra sacando del revoltijo de prendas una camiseta o un pantalón o un collar, a ti te queda bien el rojo, a ti la coleta estirada no, pareces una monja. Y soltaba una carcajada estridente y bastante contagiosa. Se encendía un cigarro y fumigaba a la vez con colonia para que no oliera a humo pero entonces olía a humo con colonia.

En la casa de enfrente, dos hermanos tocaban la guitarra. Sara estaba enamorada de los dos pero dijo que se quedaba solo con uno y que el otro nos lo podíamos repartir. Eligió al de la derecha que era el más alto. De todas formas ellos no nos hacían caso, tenían un grupo con otro más que tocaba la batería. Un grupo, gritaba Sara muy emocionada quitándose la falda y probándose un vestido de tirantes. En el cuarto hacía mucho calor. En toda la casa hacía mucho calor porque no cerraban las ventanas. Creían que abrir era bueno para refrescar pero por la ventana entraban los cuarenta grados de fuera y ya no se marchaban.

Los hermanos de Sara veían la television tirados por los sofás, eran lánguidos, rubios y patilargos, como bichos palo. También eran guapos pero no nos gustaban porque Sara los odiaba y nos había contado que eran capaces de conductas tan ruines como esconder el chocolate o poner su nombre a los yogures de la nevera. Ellos también la odiaban y solo salían de su letargo para enzarzarse en violentas peleas y después, desfogados, volvían a su somnolencia. Daba igual, nosotras tampoco les gustábamos a ellos, por ser amigas de Sara y porque no.

No gustábamos a nadie ese verano, solo al grupo de los Ascos, unos que vivían abajo, por donde las vías del tren. Los Ascos eran cuatro, uno grande y tres pequeños, granujientos, con el pelo grasoso y camisetas feas. Una tarde nos invitaron a comer pipas junto a las vías del tren y, sin saber por qué, fuimos. Ponían monedas para que el tren las aplastara como si eso fuera algo emocionante, luego nos las regalaban. Cantaban canciones tontas y se reían de chistes horribles que sólo a ellos les hacían gracia. No queríamos gustarles a los Ascos porque eso era mucho peor que no gustar a nadie pero les gustábamos.

Los demás no nos hacían caso, eran mayores, eran atléticos, tenían grupos, tenían motos, tenían novias incluso. Cuando por fin Sara eligió el modelo, el peinado y el maquillaje salimos a la calle ardiente y nos sentamos  en un banco a comer pipas. No pasaba nadie. Nadie pasa a las cuatro de la tarde del mes de agosto.  Casi nadie porque a lo lejos, avanzando por la calle desierta y también comiendo pipas, vimos venir a los Ascos.

(Cuaderno de doña Marga)

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