Día: 15 abril, 2015

Por ahí detrás está el mar

Nos dijo que nos iba a llevar a ver el mar, un mar muy bravo, de enormes olas que rompían salvajemente contra las rocas. El mar estaba cerca pero no se veía desde donde estábamos así que había que andar un rato, tampoco mucho. Por ahí detrás, y el tío Andrés señalaba vagamente hacia el horizonte, veríamos una franja azul. Eso sería. El primero que la viera ganaría. ¿Pero qué ganaría? Pues la competición de ver el primero el mar.

Caminamos cuesta arriba durante bastante rato, nos pareció bastante aunque pudo ser menos de lo que nos pareció, mirábamos por dónde él nos había señalado, pero la franja azul no aparecía. Detrás del horizonte surgían más casas o unos montes o unas lomas o una fábrica de galletas, todo sólido, nada líquido como el mar, nada azul.

Empezábamos a estar cansados mi hermano y yo de dar tantas vueltas por la ciudad del tío Andrés, esa ciudad desde donde nos mandaba postales que siempre decían lo mismo, año tras año: “te deseo que pases un feliz cumpleaños en compañía de tus padres”, “te deseo feliz navidad y un próspero año nuevo”, con unas hojitas de acebo dibujadas en las esquinas. “Muchas felicidades en el día de tu santo”. Esas frases por detrás y por delante la foto de una playa, con su mar azul y la espuma blanca de las olas rozando la arena.

Por eso no desconfiamos de él cuando nos dijo que nos llevaría a ver el mar pero ya nos dolían los pies, nos dolían un poco las piernas y a mi hermano la tripa porque era pequeño y se cansaba antes y cuando se cansaba le dolía la tripa. Ya falta poco, nos animaba el tío Andrés, ya no falta nada, torcemos por aquí, subimos esa calle, giramos a la derecha donde está la ferretería y enseguida lo vais a ver. ¿Pero es que no lo oléis ya? El mar huele, a sal, a muchas cosas buenas, respirad hondo y el primero que lo note gana.

Yo lo noto, dijo mi hermano haciendo trampas; si ganaba, la tarde sería menos aburrida de lo que estaba siendo, no nos gustaba andar, no nos gustaba dar vueltas ni ver casas, calles, campos a lo lejos, fábricas de galletas solo por fuera. Continuamos dando vueltas, subiendo cuestas, esa ciudad tenía muchas, no era llana como la nuestra. Teníamos hambre.

¿Teneis hambre?, nos preguntó el tío Andrés como si lo hubiera adivinado. Os voy a llevar a merendar una cosa riquisima, es un pan con jamón y queso dentro, el queso se funde y se estira así, así, así y alargaba la mano con entusiasmo. Nos comimos los sándwiches mixtos aburridos y hartos, estaban buenos pero ya los habíamos comido muchas veces aunque él nos los presentara como una novedad y no supiera cómo se llamaban.

Cuando salimos de la cafetería que tenía unas palmeras verdes pintadas en las puertas, el tío Andrés se miró el reloj. Pues ya es de noche en el mar, estará negro, no se ve ya nada a estas horas. Otro día, mañana o pasado. ¿Que os ha parecido el queso fundido? Por ahí, por ahí ya muy cerquita está el mar, callad, callad, se puede oir, el primero que lo oiga, gana. Mi hermano dijo que lo acababa de oír, era muy competitivo y siempre quería ganar.

(Cuaderno de doña Marga)