Día: 23 abril, 2015

El gato del arqueológico

En los jardines del museo arqueológico vive un gato. Un gato gordo y rayado, tan corpulento que se da aires de tigre. Confianzudo se pasea entre las violetas recién nacidas, se apoltrona en los bancos, husmea en las papeleras y captura restos de meriendas que luego se come en el mejor rincón. Con el tronco de la palmera se rasca el lomo y, asombrado de su propia fortuna, se detiene a meditar con mirada de esfinge en mitad de una vereda.

Por la noche , cuando Livia, la mujer de Augusto, el sacerdote Harsomtus, las momias y las damas de Baza y de Elche descansan al fin de tantas visitas, el orondo y bien criado gato se va de farra por callejones y azoteas. Despeinado y ojeroso regresa por la mañana, justo a tiempo de desayunarse las viandas que le tira la vieja a través de la valla, que le trae de su casa el guarda de la puerta, que le lanzan con alborozo los niños del primer colegio.

Es una suerte ser el gato del arqueológico, se reafirma con la barriga llena tumbado sobre un rayo de sol, los ojos a punto de desaparecer, de hacerse dos finas líneas en su oronda cara.

(Cuaderno de doña Marga)

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