Día: 28 abril, 2015

Extraños en el sofá

No sé cómo hacen algunos para escribir a diario, ayer estuve todo el día y quién dice todo dice los diez minutos del café, dándole vueltas a algún tema para ofreceros, me terminé el café, miré al horizonte, o más bien a un castaño que tengo delante del quiosco, puse una cara lo más parecida posible a la de Virginia Woolf y la conclusión fue: nada.

Así que quité la cara de escritora de relumbre que ni me da resultados prácticos ni me favorece. Lo sé porque me hice un selfi para colgarlo en mi instagram y tuve que borrarlo. La de selfis que borro, para salir bien en uno me tengo que hacer veinte. Es la edad porque yo he sido guapa no, lo que viene a continuación. Qué pena de pretérito imperfecto. El pretérito se va y te quedas con el imperfecto a secas.

Sin embargo anoche, a la hora de la cena, tuve una iluminación o flash, como se decía en mis tiempos mozos, al contemplar a los dos habitantes de mi sofá, esos extraños a los que un día llamé hijos y ahora se lo sigo llamando más por costumbre o por inercia que porque de verdad se comporten como tales. A veces creo que son los del tercero que han subido para usar mi wifi cómodamente aposentados.

En latín de andar por casa: mea culpa. Les eduqué mal, a lo que me iba saliendo, sin leerme libros ni ir a la escuela de padres, les eduqué como pude y a veces, me temo que más veces de la cuenta, les dejé a su libre albedrío para que ellos me dejaran al mío. Intenté inculcarles hábitos cívicos como el de ayudar en las tareas del hogar pero si a la cuarta vez que yo pedía que pusieran la mesa ninguno se movía o si se movían era para matarse entre ellos por ver quién hacía menos, terminaba poniéndola yo para acabar antes y evitar masacres.Y este es el resultado de mi poca paciencia: los extraños del sofá. Parece el título de una película de terror, ¿a que sí?, por algo será.

Para que no se diga que no  me trabajo  la unión familiar y que ya lo he dado todo por perdido, saqué un tema de conversación al azar y se lo lancé a las carnes de mi carne. Vamos a hablar, leches, que somos una familia y las familias se comunican, se cuentan lo que han hecho durante el día, se transmiten sus anhelos y esperanzas. Yo hablaba y, mientras, esos dos desconocidos, sin separar la vista de sus pantallas, movían las cabezas como aquellos perritos que antaño, pero que muy antaño, estuvieron de moda en la parte trasera de los coches.  Luego ya dejaron de moverla no les fuera a dar una tortícolis. Qué agradecida es la maternidad.

Seguí un poco más hablando a mis cojines de punto de cruz hasta que desistí. ¿Qué hay de cena?, dijo  al cabo de un rato uno de los dos, ahora no me acuerdo si la chica o el chico, en un alarde de comunicación extrema. Puré de verduras, respondí  ¿Otra vez?, puf o puag, dijo el otro o tal vez el mismo. Pues hazte tú otra cosa que ya eres mayorcito,  vergüenza debería daros, blablabla, introduce la frase de madre que más te guste porque da igual, ya no me oían.

Ahí acabó todo,  volví a mirarlos con extrañeza, preguntandome, ¿pero de verdad estos dos han vivido  nueve meses en mis entrañas, de verdad fueron aquellos niños adorables (a ratos) a los que ponía gorritos y se dejaban abrazar, me decían mami te quiero y me dibujaban con una corona de reina y muchos corazones rodeándome? No puede ser, son los del tercero.

Si te ha gustado este tema, te sientes identificado porque tú tampoco tienes paciencia ni pedagogía, habitan extraños en tu sofá o piensas que habitarán  algún día, te da pena de mí, me quieres ayudar o , simplemente, te atrae, y mucho,  el micromecenazgo, deja un comentario, y algo en la hucha, no seas rata.

Se despide hasta el próximo post que se me ocurra vuestra desinteresada amiga, Esmeralda.

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