Día: 19 mayo, 2015

A bandazo limpio

De la vocación, escribe la de los cuadernos.  Sobre una tal P que no sabía qué hacer con su vida. Sin ánimo de criticar pero a mí eso me parece una chorrada. El verdadero problema no es no saber qué hacer con la vida de uno sino saberlo muy claramente pero que no te dejen ni rozarlo. Por si no lo habías notado, soy Esmeralda, no te hagas líos, y yo sí tengo una vocación clara desde mi infancia: los escenarios.

Fui (no hace tanto) la típica niña que siempre se está disfrazando, que canta, que baila, que interpreta. Papeles protagonistas, por supuesto, los secundarios los hacían mis hermanas que son un par de sosainas. Me aplaudían hasta dolerles las manos porque llevo la interpretación pero que muy dentro. Eso es lo que me hubiera gustado a mí, el cine, el teatro, las series de televisión, vivir las vidas de otros porque una sola me sabe a aperitivo, no a comida de verdad. Hacer reír, llorar, pensar, sentir, emocionar. No habré ensayado veces miradas y poses pero en vez de en la alfombra roja, en la alfombrilla del baño.

Pero, qué, no pudo ser. Se murió mi madre y como yo era la mayor me tuve que quedar de guardiana de las esencias hogareñas y al cuidado de Perla y de Rubi, mis hermanas, los panes sin sal. Luego dice  mi padre que les he puesto a mis hijos nombres estrafalarios, pues anda que él con las piedras preciosas. Sinceramente, esa función de ama de casa precoz a mí no me iba nada porque todo lo que sea hogareño, humilde, servicial y de puertas para dentro me da urticaria.

Por eso digo que eso de la vocación es un lujo para gente con tiempo y dinero, la mayoría hacemos lo que podemos y principalmente lo que nos dejan. Cuando  estamos a punto de intentar algo que nos gusta, que es nuestra pasión,  llega la vida y ,toma del frasco, Carrasco, te pega un meneo que te descoloca por completo y te lleva justo a la casilla en la que no querías estar. Pues te aguantas y a seguir jugando a ver si hay más suerte. Así vamos, a bandazo limpio. Esta es mi visión del asunto.

Pero en una cosa sí coincido con la misteriosa y cansina P. del relato de doña Marga, alias la de los cuadernitos, en que no me gustan nada esas fiestas en las que hay que ver videos resumen de la vida del homenajeado. Si no eres tú, te tragas un rollo de cuidado. No me interesa lo mono que era de pequeño ese que ahora está tan feo ni lo bien que se lo pasó en su viaje de fin de curso a Italia, me da envidia, nunca he estado en Italia. Y si eres tú  la que cumple, tampoco me gusta porque se aprecia que no veas, que sí que lo ves y muy claramente, el deterioro vital. Luego todos te dicen con una copa en la mano, que para eso hay barra libre: estás igual, igual, igual. No has cambiado nada. Qué van a decir las criaturas si van medio borrachas y están hartas de ver fotos.

Y con todo este discurso ya no puedo hablar de lo que tenía previsto, de un árbol, él sí tiene una decidida vocación, la de expandirse todo lo que pueda y comerles el terreno a los demás. A mí me cae muy bien pero tiene muchos detractores. Otro día te lo cuento, cuando me deje la jefa. Se llama A, así, al estilo de doña Marga, con inicial intrigante.

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La vocación

Los dos hermanos de P habían tenido lo que se llama una vocación, desde pequeños la habían tenido. Sabían con certeza hacia dónde querían dirigirse, lo que deseaban llegar a ser. Esa vocación los definía y acentuaba sus características convirtiéndolos en personas sólidas y delimitadas, con los contornos firmemente trazados, sin resquicios ni puntos de fuga.

P, por el contrario, dudaba entre esto y lo otro y, a medida que los años iban pasando,  seguía sin encontrar su camino, no llegaba a concretarse en nada, a establecerse, siempre volátil, errática. P sufría por esa condición suya y se comparaba continuamente con sus hermanos. Sabía que entre ellos hablaban y que también lo hacían con sus padres lamentando la poca voluntad de P, su inconstancia e incapacidad para decidir algo y mantenerlo.

Como nunca supo qué camino escoger transitó por muchos, pero en ninguno hallaba acomodo. En algunos era excesivo el calor o había demasiadas piedras que le dañaban los pies o terminaban en un callejón sin salida o se bifurcaban a su vez en múltiples vías secundarias aparentemente atractivas de recorrer. Las recorría pero nunca llegaba a tener la sensación de hallarse en el lugar correcto.

Cuando sus hermanos cumplieron los cuarenta celebraron fiestas. Hubo videos en los que se mostraban imagenes de ellos con sus personalidades bien marcadas desde la infancia, con sus inclinaciones ya apuntando y consolidándose después. P no quiso festejar sus cuarenta, se escabulló como solía. Tenía miedo de que esas fotos revelaran su imprecisión, su volubilidad.

A veces, aunque no era creyente, rezaba para que Dios, en el caso de existir, le otorgara un lugar en el mundo, un papel claro al que pudiera ajustarse. Como ya se temía: silencio administrativo. P comenzó a pensar que tal vez era de esas personas que descubren su vocación y el sentido de su vida tarde y  bruscamente, cuando ya todo parecía perdido. Pero otras, esa esperanza desaparecía y creía, cada vez más, que su vocación era no tener ninguna y su papel en el mundo carecer de él interpretando a la que se pierde, la que no sabe, la que busca sin hallar, la dubitativa , la vacilante.

Suponiendo que ese fuera su papel, hay que reconocer que P lo estaba bordando.

(Cuaderno de doña Marga)