Día: 21 mayo, 2015

El cuerpo

K tiene miedo de su cuerpo y por eso lo espía continuamente. Su cuerpo es un traidor en potencia y aunque hasta el momento se ha ido portando relativamente bien, con algún que otro altibajo y algún que otro susto, K no se fía.

Conoce la historia de demasiados cuerpos como para fiarse y nada le hace suponer que el suyo sea distinto o mejor que el resto. Sabe, porque está harto de verlo y de oírlo que, pasado un tiempo determinado y sin motivo aparente, a muchos cuerpos les da por la maldad y, como si se hubieran aburrido de su anterior conducta suave y tranquila, comienzan a comportarse de forma grosera y desagradable causando dolor y angustia en sus dueños. Matándolos, bastantes veces.

Por eso K no deja de espiarlo, de analizarlo, de investigarlo, de seguir cualquier indicio que pueda ponerle sobre la pista de un desliz, de un mal comportamiento, de una desviación moral. Hay tantos órganos y son tan complejas las relaciones entre ellos, son tantos los frentes que atender que K se agota.

Porque además, desde que lo espía, parece que el cuerpo de K se divierte asustándolo, enviándole señales falsas, alarmas que luego no son nada, el ruido de una sirena disparada a destiempo, pero que tienen a K en un estado de ansiedad constante.

El mundo exterior apenas existe para él, salvo que tenga o pueda tener una relación directa con su cuerpo y no es que ese mundo no le interese. Le importa y mucho, es lo único que le importa, circular libre por él como hacía antes de las sospechas, pero ya se encarga su cuerpo de impedirle el acceso, de instalarle murallas y parapetos, de bajarle las persianas.

Por todo eso K odia su amado cuerpo. Querría hacerlo desaparecer, suprimirlo, pero sabe que sin ese traidor,  sin ese infiel que después de un periodo de maltrato más o menos largo, va a terminar abandonádolo, él, K, no existiría.

(Cuaderno de doña Marga)