Primavera en el 42

Se sabe que es primavera en el 42 porque una entretenida tertulia comienza a formarse al atardecer en torno a los contenedores de basura colocados justo en su puerta. Es el portero, nacido Mohamed pero rebautizado Pepe, quién inicia el movimiento primaveral. Agarrado a su plumero de siete colas confeccionado por él mismo con restos de trapos, se acoda en los contenedores y espera.

No tarda mucho en caer la primera presa. La señora que recoge colillas y las guarda en una cajita de latón se para y enseña su botín a Pepe, algunas están muy enteras, la gente enciende, da dos caladas y tira alegremente. Pepe, contrario a cualquier tipo de derroche, fustiga el aire con el plumero  y le hace un hueco a su lado a la recolectora. Puede que esa primera tarde sean solo dos y una mosca pequeña que, tímida, ensaya torpes arabescos sobre la escalera, pero, a medida que los días se alargan y el aire se calienta,  la tertulia se va animando.

Llega Conchita, la del perro que sufrió maltrato y al que ahora viste con licras rosas de lentejuelas. Llega el fontanero, el que coloca los grifos del revés, revirado también él, a fumarse sus pitillos. Llega el profesor de matemáticas de cara amarga a pasar el rato en acompañado silencio y llega el niño chino de patas gordas a hacer los deberes sobre la tapa del contenedor. Es listísimo, dice Conchita, si llegó en enero y no sabía ni hablar. Mírale, ya hace números y eso que los números allí no serán iguales que aquí. Todos asienten muy admirados del espabile oriental menos el profesor de matemáticas que abre la boca para decir algo pero al momento la cierra. No ha venido a hablar ni a explicar. Por encima de sus cabezas, sobre un cielo ya rojizo, los vencejos vuelan enloquecidos  exterminando insectos como pequeños aviones de guerra.

Ya son tres las moscas y cuatro y cinco y diez. Pepe, de vez en cuando, chasca el aire con el plumero-látigo para espantarlas. Se dispersan un momento ante la hilaridad y el contento general, pero enseguida forman de nuevo un pelotón zumbante sobre el tercer escalón. El borracho del primero abre la ventana y  también la cajita de música. Suena una musiquilla de tiovivo que dirige con un dedo batuta temblón. El chaval de la guitarra eléctrica, desde el balcón del tercero, lleva toda la tarde llamando a las puertas del cielo sin obtener respuesta.

Ya es primavera y muy avanzada, casi rozando el verano, en el número 42.

(Cuaderno de DM)

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13 comentarios en “Primavera en el 42

      1. Me pasa a menudo, eva, hace poco vi a Montoro como venía a verme y … cerré los ojos, una claridad envidiable para la edad que tengo … dice mi neuróloga

  1. Estos corrillos son la leche, se habla de todo y de nada. Entiendo al profesor de matemáticas, vio que era demasiado esfuerzo intervenir, demasiadas explicaciones que dar. A mi a veces me pasa, oigo comentarios tan absurdos que no merece la pena abrir la boca, pero no por soberbia sino por no soliviantar.

  2. Este pasaje me recuerda, para bien, algunos de La Colmena, de C.J. Cela.
    Uno de los primeros marroquíes que conocí, al preguntarle su nombre, me dijo que se llamaba Moromi. Como los árabes tienen nombre con significado le pregunté qué significaba el suyo.
    Me dijo que se lo llamaban cariñosamente en el barrio, como abreviatura de moro de mierda.
    Lo de Pepe es menos cruel.

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