Mes: mayo 2015

A bandazo limpio

De la vocación, escribe la de los cuadernos.  Sobre una tal P que no sabía qué hacer con su vida. Sin ánimo de criticar pero a mí eso me parece una chorrada. El verdadero problema no es no saber qué hacer con la vida de uno sino saberlo muy claramente pero que no te dejen ni rozarlo. Por si no lo habías notado, soy Esmeralda, no te hagas líos, y yo sí tengo una vocación clara desde mi infancia: los escenarios.

Fui (no hace tanto) la típica niña que siempre se está disfrazando, que canta, que baila, que interpreta. Papeles protagonistas, por supuesto, los secundarios los hacían mis hermanas que son un par de sosainas. Me aplaudían hasta dolerles las manos porque llevo la interpretación pero que muy dentro. Eso es lo que me hubiera gustado a mí, el cine, el teatro, las series de televisión, vivir las vidas de otros porque una sola me sabe a aperitivo, no a comida de verdad. Hacer reír, llorar, pensar, sentir, emocionar. No habré ensayado veces miradas y poses pero en vez de en la alfombra roja, en la alfombrilla del baño.

Pero, qué, no pudo ser. Se murió mi madre y como yo era la mayor me tuve que quedar de guardiana de las esencias hogareñas y al cuidado de Perla y de Rubi, mis hermanas, los panes sin sal. Luego dice  mi padre que les he puesto a mis hijos nombres estrafalarios, pues anda que él con las piedras preciosas. Sinceramente, esa función de ama de casa precoz a mí no me iba nada porque todo lo que sea hogareño, humilde, servicial y de puertas para dentro me da urticaria.

Por eso digo que eso de la vocación es un lujo para gente con tiempo y dinero, la mayoría hacemos lo que podemos y principalmente lo que nos dejan. Cuando  estamos a punto de intentar algo que nos gusta, que es nuestra pasión,  llega la vida y ,toma del frasco, Carrasco, te pega un meneo que te descoloca por completo y te lleva justo a la casilla en la que no querías estar. Pues te aguantas y a seguir jugando a ver si hay más suerte. Así vamos, a bandazo limpio. Esta es mi visión del asunto.

Pero en una cosa sí coincido con la misteriosa y cansina P. del relato de doña Marga, alias la de los cuadernitos, en que no me gustan nada esas fiestas en las que hay que ver videos resumen de la vida del homenajeado. Si no eres tú, te tragas un rollo de cuidado. No me interesa lo mono que era de pequeño ese que ahora está tan feo ni lo bien que se lo pasó en su viaje de fin de curso a Italia, me da envidia, nunca he estado en Italia. Y si eres tú  la que cumple, tampoco me gusta porque se aprecia que no veas, que sí que lo ves y muy claramente, el deterioro vital. Luego todos te dicen con una copa en la mano, que para eso hay barra libre: estás igual, igual, igual. No has cambiado nada. Qué van a decir las criaturas si van medio borrachas y están hartas de ver fotos.

Y con todo este discurso ya no puedo hablar de lo que tenía previsto, de un árbol, él sí tiene una decidida vocación, la de expandirse todo lo que pueda y comerles el terreno a los demás. A mí me cae muy bien pero tiene muchos detractores. Otro día te lo cuento, cuando me deje la jefa. Se llama A, así, al estilo de doña Marga, con inicial intrigante.

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La vocación

Los dos hermanos de P habían tenido lo que se llama una vocación, desde pequeños la habían tenido. Sabían con certeza hacia dónde querían dirigirse, lo que deseaban llegar a ser. Esa vocación los definía y acentuaba sus características convirtiéndolos en personas sólidas y delimitadas, con los contornos firmemente trazados, sin resquicios ni puntos de fuga.

P, por el contrario, dudaba entre esto y lo otro y, a medida que los años iban pasando,  seguía sin encontrar su camino, no llegaba a concretarse en nada, a establecerse, siempre volátil, errática. P sufría por esa condición suya y se comparaba continuamente con sus hermanos. Sabía que entre ellos hablaban y que también lo hacían con sus padres lamentando la poca voluntad de P, su inconstancia e incapacidad para decidir algo y mantenerlo.

Como nunca supo qué camino escoger transitó por muchos, pero en ninguno hallaba acomodo. En algunos era excesivo el calor o había demasiadas piedras que le dañaban los pies o terminaban en un callejón sin salida o se bifurcaban a su vez en múltiples vías secundarias aparentemente atractivas de recorrer. Las recorría pero nunca llegaba a tener la sensación de hallarse en el lugar correcto.

Cuando sus hermanos cumplieron los cuarenta celebraron fiestas. Hubo videos en los que se mostraban imagenes de ellos con sus personalidades bien marcadas desde la infancia, con sus inclinaciones ya apuntando y consolidándose después. P no quiso festejar sus cuarenta, se escabulló como solía. Tenía miedo de que esas fotos revelaran su imprecisión, su volubilidad.

A veces, aunque no era creyente, rezaba para que Dios, en el caso de existir, le otorgara un lugar en el mundo, un papel claro al que pudiera ajustarse. Como ya se temía: silencio administrativo. P comenzó a pensar que tal vez era de esas personas que descubren su vocación y el sentido de su vida tarde y  bruscamente, cuando ya todo parecía perdido. Pero otras, esa esperanza desaparecía y creía, cada vez más, que su vocación era no tener ninguna y su papel en el mundo carecer de él interpretando a la que se pierde, la que no sabe, la que busca sin hallar, la dubitativa , la vacilante.

Suponiendo que ese fuera su papel, hay que reconocer que P lo estaba bordando.

(Cuaderno de doña Marga)

Moça tan fermosa

El Toni está dándole vueltas a posibles trabajos que desempeñar. Pero, vamos, que tampoco es que las vueltas que le está dando sean de sofocarse, más bien es como esos que mueven el guiso con la cuchara de madera muy despacio y sin prestar atención porque están pensando en otra cosa. Auguro, como auguranta que fui no hace tanto, que se le van a pegar las lentejas como no le dé más aire.

Digo este fin de semana, a ver, Toni, ¿has pensado ya en qué te vas a poner a trabajar aquí en el pueblo?

No me agobies, se me pone, que me estoy tomando un tiempo de reflexión interna y de relajación porque vivía muy estresado, siempre corriendo.

No sé a qué carreras se referirá porque yo al Toni corriendo, del verbo correr,  no lo he visto nunca. Igual corría por dentro, eso sí puede ser, una maratón interna.

Pues a lo mejor me pongo de pastor, me salta luego como gran opción. Hombre, Toni, no creo que los pastores ganen mucho dinero y, además, en nuestro pueblo no hay ovejas. Razón de más, me dice, las voy a hacer volver, igual hasta me dan una subvención por recuperar un oficio en vías de extinción y lo de la transhumancia y todo eso.

Sí, seguro que te la dan, le digo por no llevarle la contraria. Pues menudo panorama, esto no mejora, pastor, que los pastores se llenan de pulgas, entre otras pegas. Creo que ha leído en algún sitio que hay un pastor poeta y ya se ve él entre cencerro y cencerro componiendo sus bucolismos.

Y encima se lo he contado a la doña Marga, a la Patricia no que no tengo confianza y además lo utilizaría en sus escritos satíricos costumbristas, y va y le defiende. Dice que los hombres tienen que pelear por sus sueños, construir sus destinos y no dejar que sea la vida la que los construya a ellos. Que nuestro paso por este mundo es muy breve,  menos el suyo que está siendo larguísimo, y que no se puede desperdiciar haciendo lo que no nos gusta. Y después de esta perorata pro Toni, va y me pregunta. Y ese Toni que quiere ser pastor, ¿quién es?

Se lo iba a explicar, porque no sé qué le pasa con él que nunca le ubica o hace como que no le ubica, pero no me ha dado ocasión porque se ha puesto a reír y me ha dicho con cara maliciosa, ¿y de que quiere ser pastor: de ovejas, de cabras o de vacas? Porque si es de vacas, tú serías la vaquera y te podrían recitar este poema tan bonito.

Y se pone a recitarme acompañada de golpecitos de bastón y balanceos de trenzas: “Moça tan fermosa non vi en la frontera como la vaquera de la Finojosa. En un verde prado de rosas y flores guardando ganado con otros pastores la vi tan graciosa que apenas creyera que fuera vaquera de la Finojosa”.

Era más largo pero no me acuerdo de más. Luego le ha dado la risa y la tos y yo también me he reído, qué remedio, por lo menos seré una moça fermosa aunque de la Finojosa no, que mi pueblo no se llama así.

Batir de huevos

Los más feos, los más raros del barrio viven en mi edificio, lo tengo más que comprobado. Cada vez que veo por la calle a alguien poco agraciado o desfigurado o muy anciano o estrafalario ya sé dónde va: al 35. Y también sé cómo entrará: con aire furtivo. Como si ese portal fuera, más que el acceso a un edificio cualquiera, el pasaje a una cueva o guarida de seres perseguidos y acosados.

Preferiría vivir en el 33 que siempre está muy limpio y cuya lámpara brillante lanza destellos amigables o en el 37 con esos techos altos y unas pulidas escaleras que invitan a subir. En cualquiera de los otros de la calle, en realidad. Menos en el 35, el del felpudo renegrido, las escaleras rotas, las cuatro moscas flotando y la puerta siempre abierta invitando a los ladrones. Entran, claro, pero no a robar, es que viven en el 35.

Feos, malencarados, desarrapados, estrafalarios, contrahechos y revirados cruzan a todas horas la puerta del 35, la que no tiene picaporte y luce un agujero mellado. Entran y salen de medio lado acarreando bolsas de supermercados baratos o tironeando de correas de perros. Perros que se les parecen. Perros del 35.

Procuro no coincidir con mis vecinos, los evito. Si veo que voy a entrar a la vez que alguno aminoro el paso y doy media vuelta a la manzana o me paro a mirar con fingido interés un escaparate mil veces visto. Mañas para no acceder en compañía al siniestro portal de los siniestros.

Cuando llego a mi casa lo primero que hago es mirarme en el espejo de la entrada para comprobar que no soy feo ni tullido ni estrafalario ni decrépito ni harapiento. Y me parece que no lo soy, me veo bastante normal, aceptable por lo menos. Pero después me asalta la duda de si los otros vecinos acabarán de hacer idénticas comprobaciones en sus espejos y, dándose por satisfechos, se habrán puesto a batir huevos como estoy haciendo yo justo ahora.

Abro un poco la ventana y oigo un batir de huevos que, escapando de cada cocina, asciende uniforme y hermanado por el patio de luces.

(Cuaderno de doña Marga)

Envidia

La niña morena del pelo corto tiene envidia de su prima por su coleta larga y rubia adornada cada día con un pasador diferente. Envidia porque mueve muy bien las piernas largas y flacas saltando a la goma y llega a sextas sin caerse, enredarse ni tropezar. Envidia porque dibuja con destreza, con suma pulcritud y armonía en cuidados cuadernos cuyas hojas nunca están arrugadas ni sudadas ni emborronadas.

Envidia porque no se asusta con los problemas de matemáticas y se queda quieta en la silla, serena y concentrada hasta que los resuelve, sin llorar ni pegar a la mesa ni lanzar con desesperación la goma y el lápiz ni sentir deseos de matar a alguien, a ese que ha redactado el enunciado desde algún lugar recóndito.

Envidia porque dos hermanos mayores la protegen cuando niños hostiles se aproximan con intenciones aviesas. Porque su armario, siempre ordenado, contiene mucha ropa bonita nunca heredada de otro, organizada por colores y hasta una caja tapizada en tela llena de diademas, pasadores y gomas para el pelo.

Por todo eso y tal vez por algo más siente envidia. Y como la morena del pelo corto pasa todas las vacaciones de verano con su prima, son tres largos meses de envidia y sol ardiente y, a medida que su piel se va poniendo más y mas oscura, el deseo de ser como la otra se acrecienta hasta hacerse insoportable, como el picor de la piel reseca por el cloro y el sol.

Finalmente los días se acortan, un viento fresco y húmedo agita las hojas de los árboles que ya empiezan a amarillear y cada una se traslada a su ciudad de origen. Así, a medida que la luz mengua y su piel se descama y recupera su tono original, la envidia se va disolviendo. Sin la imagen ideal de la prima rubia en la litera de arriba, recupera la alegría de ser como es: morena, con un pelo  tan corto que no admite adornos, torpe en matemáticas,  y con unas botas de goma heredadas de una hermana mayor que la ignora con las que pisa feliz los charcos camino del colegio.

(Cuaderno de doña Marga)

El Negundo

Lo que mentimos las personas con tal de quedar bien, unas más que otras, eso también. Lo digo por lo de las croquetas, pero si Eva no tiene ni pajolera idea de cocina, es lo más zote entre cazuelas que os podáis imaginar. De las literarias no juzgo pero de las de comer…Sí, soy Esme y no estoy entrando a saco como la otra vez, estoy entrando por lo legal, con permiso de la titular o apoderada auque cuando lea que la critico me va a quitar la custodia. Arriesgo, que tiene más gracia.

Os cuento: hace no tanto, cosa de dos o tres meses, me trajo, a modo de ofrenda para contentar a la diosa, o sea, yo, tres croquetas envueltas en un papel de cocina pringoso. Me comí la primera por no desairarla porque la pinta ya echaba para atrás y las otras dos las tiré cerca del castaño en cuanto se dio la media vuelta. De vez en cuando miro por la zona por si se da el  milagro de la siembra y brota un matojo o árbol croquetero. De momento no, pero haciendo esa búsqueda es como me he topado recientemente (hoy) con el Arce Negundo.

¿Que quién es ese? Anda que tú también…es un árbol que vive en este parque y me gusta, y mucho, como novio de Paulonia Tormentosa, ahora voy a explicar por qué.

Es uno de los árboles más resistentes del mundo, tolera el aire contaminado, el suelo compacto, el frío extremo y cortos periodos en aguas estancadas. Vive donde ningún otro árbol podría sobrevivir. Todo esta información la estoy fusilando de un cartel que tiene el árbol delante, no me quiero hacer la falsa experta como Eva con el punto de la bechamel.

Pero lo que más me ha atraído es que es un árbol solidario porque produce tantas semillas comestibles que es clave para la supervivencia de numerosas clases de animales. En concreto hay un pájaro, el picogordo vespertino, que depende casi en su totalidad del Negundo. Y esto, no digo que me haya conmovido, tampoco soy tan fácil de conmover, pero sí me ha tocado levemente la fibra.

No sé  si Paulonia  Tormentosa puede ver al Negundo desde donde está ubicada pero si lo ve va a caer rendida a sus raíces , estoy segura porque a mí me pasó lo mismo con Hipólito. Él también es muy solidario, aguanta el aire contaminado todo el día a bordo de su taxi y numerosas especies, o lo que sean, pero numerosas, lo necesitan para subsistir : sus dos hijas, su  madre,  su ex mujer ( qué mal me cae ) y dos hermanos que tiene en el  paro, ¿te parece poco? Tiene gran vitalidad y fortaleza, el Negundo, lo dice el cartel. Hipólito igual no tanto que se queja de la espalda.

Y esta es mi aportación botánica de hoy. Deja un comentario, no seas muermo, que me aburro mucho en el quiosco.

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Unas croquetillas

Tengo que reconocer que en el aspecto puramente material, se vive mejor con la Noemi que con el Toni. La Noemi es tan activa, tan dispuesta y tan apañá que me tiene el piso reluciente, al suelo solo le falta lanzar destellos como en los anuncios, y no hace más que introducir lo que ella llama mejoras. Ha cosido unas cortinas con una tela que se ha sacado de no sé dónde, ha forrado por dentro el armario con unos papeles de colores y está pintando un trampantojo en la pared frente al sofá. Es un mar con palmeras y dice que cuando nos sentemos con las piernas en alto nos vamos a sentir como en la mismísima riviera maya.

Su teoría, ella es muy de teorías, es que con todas esas mejoras en los interiorismos, el espíritu del Toni se va a sentir tan incómodo que se va a marchar. A mí me parece todo lo contrario, que va a estar tan agusto mirando al mar o dentro del armario forrado, pongo por caso, que de aquí no lo mueve nadie. En el fondo no quiero que se marche por mucho que me haga decir cosas siniestras y apocalípticas que no pegan nada con mi alegre y desenfadado ser. Así somos las personas enamoradas,  muy tontas vistas desde fuera.

Pero bueno, dejémonos de tonis y de reformas del hogar que hace mucho que no os cuento nada de mi jefa y señora, la Patricia, la escritora gestante y meditante. Pues mira, ultimamente escribe mucho menos y esto me tiene a mí muy descolocada. No me gusta trabajar sin saberla recluída en su cuarto de la creación, ella lo llama despacho, bien aposentada en su silla giratoria y con los deditos en movimiento sobre las teclas siguiendo sus impulsos cerebrales. Me desconcierta.

Ahora me la encuentro cada dos por tres por los pasillos o choco con ella cuando voy a salir de la cocina y ella va a entrar y no sé qué decir ni qué cara poner cuando me mira con sus escrutadores ojos azules. No estoy acostumbrada a que me mire, hasta el presente solo miraba la pantalla de su ordenador. También intenta entablar conversación conmigo sacando todo tipo de temas pero yo no le entro al trapo, para trapo bastante tengo con el del polvo. Si se cree que le voy a proporcionar ideas fáciles para un relato sin salir de casa, va lista. Permanezco callada porque sé que todo lo que diga puede ser utilizado como material literario.

Y lo sé porque yo hago lo mismo, todo lo utilizo,  es como las croquetas que las puedes hacer prácticamente de cualquier cosa y muy mala mano tienes que tener para que no te queden ricas. Al final es cuestión de darle vueltas y de pillarle el punto a la bechamel.

Pues eso quiere hacer la Patricia conmigo: croquetas de Eva. A mí tú no me vas a hacer picadillo, he pensado esquivándola cuando me ha preguntado, ¿y qué tal en tu pueblo este fin de semana? Normalito, he respondido a sabiendas de que con eso no tiene relleno suficiente. Es que albergo la sospecha de que escribe de mí. A veces me mira, se ríe y luego va corriendo a su ordenador con cara de felicidad. Mira que si me hace protagonista de un best seller de fama mundial. No me veo, ese papel le va más a la Esme.

Por cierto, ya le he perdonado por profanarme el blog. Soy buena, es verdad, pero también tengo que reconocer que con lo que me cuenta me hago una buena tanda de croquetas. Algunas hasta las congelo para sacarlas esos días que dices, qué pongo hoy, qué pongo que no tengo ganas de trabajar. Pues unas croquetillas de la Esme. Justamente.